Notas sobre librosSeptember 30, 2006 2:18 pm

Como un regalo delicadísimo recibimos el nuevo libro de Astrid Lander publicado por la Editorial Diosa Blanca. Se trata de la Antología de Versos de Poetisas Venezolanas. En él Lander ha seleccionado un verso de cada una de las poetisas, y con ellos ha reescrito un poema de extraordinaria fuerza y belleza. El libro recoge los nombres y poemarios de cada una de las escritoras, trabajo que obedece a una investigación cuidadosa y reúne por primera vez en una Antología, como en aquel Itinerario del Espíritu que una vez publicó  Elena Vera, a cien poetas venezolanas, entre ellas María Calcaño, Enriqueta Arvelo Larriva, Luz Machado, Elena Vera, Ida Gramcko, Antonia Palacios, Hanni Ossot, Elizabeth Schön, Lucila Velásquez, Ana Enriqueta Terán, Helena Sassone.  De las nuevas generaciones figuran entre otras Sonia Chocrón, Margara Rusotto, Ana María Hernandez, María Antonieta Flores, Teresa Cacique, Yolanda Pantin, Lidia Salas, Magali Salazar, Marisol Marrero, Ana María Hernández, Belkys Arredondo, Edda Armas, Blanca Elena Pantin, Anabelle Aguilar, Ana María Del Re.

La propia Astrid escribe en el prefacio:
“Antologar es la acción de escoger flores. Qué mejor selección la de recoger como pétalos cada uno de estos versos de las poetisas venezolanas elegidas. Todas ellas marcan su presencia en esta muestra poética. (…). Cada verso se sostiene por sí solo y, a la vez, se apoya en los otros como puentes, cadenas, eslabones, para la arquitectura del poema.  Priva la atracción que ejerce en mí cada línea, ya sea por su sintaxis o por su audacia sensible, en ese azar mágico que de por sí juega la poesía. Tomé, de cada una, los versos que me hubiese gustado escribir. No son míos, los hice míos recogiéndolos, del diálogo derivado de la lectura, para con ellos reescribir un poema único que los reuniera en esta obra intitulada Antología de Versos de Poetisas Venezolan

Astrid se refiere a la técnica usada en este trabajo, que recopila  y reconstruye lúdicamente, “una línea entre todos los poemas y poemarios de cada una de las cien poetisas venezolanas antologadas”, acertando en la hechura el poema único, “contando con la licencia poética y salvaguardando la esencia vital de la poesía”.
Esta original trama de versos apuesta a la confianza de que un verso auténtico se sostiene por sí solo, es una joya en sí mismo. Escribe Lander: “Los antecedentes pueden hallarse en el “cadáver exquisito”, en el “collage”, y es más que eso, no es un cadáver exquisito ni un collage. “
Están tan bien elegidos los versos y sobre todo, tan mágicamente entramados, que dan lugar a un poema de largo aliento y exquisita arquitectura. Se respira amor con todo su transcurrir de péndulo entre la dicha y la esperanza, la desolación y agonía, “el respiro del bienestar, la contemplación Natura, el refugio hogareño de la casa, lo que somos de Penélope o Eurídice, Ana Isabel o María Eugenia Alonso. La complejidad de la mujer y la completitud del quehacer poético.”

La autora recuerda a Oscar Sambrano Urdaneta, en su libro titulado Por mano de mujer, quien evita el calificativo de femenina aplicado al sustantivo poesía”…“la poesía ha procurado perpetuar, no lo femenino ni lo masculino, sino lo esencialmente humano.”
Finalmente el prólogo destaca la reflexión de Menéndez y Pelayo: “las antologías breves y de amenidad…para dar apacible solaz al ánimo de las personas amigas de lo bello y para exprimir en breves hojas el jugo y la quintaesencia…” 
Astrid Lander ha leído con el alma abierta los poemas de las mujeres venezolanas. Un duende rondó su mesa de trabajo para realizar este valioso libro, en el cual me complazco y le doy gracias por haber elegido unos de los versos de mi libro Escribe un poema para mí. No pudo ser más acertada su elección, porque en verdad:
Mi camino es el verso

Carmen Cristina Wolf

CrónicasSeptember 29, 2006 2:41 pm

Una tarde de septiembre, mientras hojeaba una revista de modas, me fijé en la publicidad de un reloj casi idéntico al que guardo en mi gaveta de objetos valiosos. Gozo un imperio cada vez que empiezo a tratar, __trato y  nunca lo logro__ de poner orden en su contenido nostálgico. Allí están los medios bañados en oro de mi matrimonio, eran trece si no recuerdo mal y ahora quedan sólo seis. El novio y yo, después de haber intentado avenirnos, decidimos tomar cada uno su camino. Reconozco no obstante que la boda fue hermosa y la decisión acertada, tomando en cuenta a mis dos hijas, que son un encanto. Guardo un papel que acredita la legitimidad de una piel de mink que compró una tía en la quinta avenida de Nueva York. Sólo me la puse una vez. Están las medallas de “Aplicación” y “Buena Conducta” de mi colegio, la de la universidad, con  su cinta roja, la insignia de mi abuelo que le acreditaba como fundador de la sociedad venezolana de esperanto y la orden Andrés Bello de mi abuela por su obra musical. Los anillos de graduación, cartas y fotos de dos enamorados que me traen magníficos recuerdos, pañuelos de encaje de mi mamá y no sigo enumerando porque it¨s too much
Hay una caja con broches, lo que llamaban antes prendedores. Los hay de amatista, de piedras que imitan esmeraldas, de perlas y oro cochano. Pero también están las insignias del Café Sócrates, metálicas con su esmalte, como las que le ponen los muchachos a sus chaquetas deportivas. Conservo un pin de Singapur, otro del Banco donde trabajé, collares de madera, de pukas, plásticos y de fantasía alemana. Ah!, y la colección de rosarios: el de nácar de la primera comunión, el de  cristal de roca con cruz de plata de mi abuela, aquel de palo de rosa que traje de la Colonia Tovar, el de madera de sándalo, el de  plata y perlitas. Y unos lentes de miope de papá, algo sentimental.
Ahora, regresando al reloj que vi en la revista, casi idéntico al que guardo en la gaveta, abrí la caja cubierta de raso azul y me extasié viéndolo, no sé desde cuando lo tengo ni por que nunca lo he estrenado. Más contenta
que un veinticinco de diciembre corrí a guardarlo en el bolso. ¡Había que ponerle la pila! Y salí rauda por el bulevar de La Carlota  rumbo al centro comercial Los Ruices. Entré en la joyería y con una sonrisa triunfal le pedí a la señorita de la tienda que le pusiera pila nueva a mi reloj, ahora convertido en fashion y “de furor” en la moda femenina.
Salí de la joyería entre sonreída y decepcionada.  Decidí ponerme el reloj que parecía de platino aunque fuera de adorno. Sí, y pondría un relojito que diera la hora dentro de mi cartera para saber cómo pasaba el tiempo.  Me serviría para cumplir los compromisos, no para saber cómo pasamos nosotros por el Tiempo.
Había recibido una respuesta que me retrocedió  a mis veinticinco años, y me vino al recuerdo por qué nunca llegué a estrenarlo. Era un hermoso reloj de cuerda que nunca funcionó.

Carmen Cristina Wolf

Mis poemasSeptember 20, 2006 1:32 pm

Florecemos… en un abismo Rafael Cadenas

 

Permanecía guarecido  en su bosque de palabras.
Apenas, un postigo entreabierto. Nada más un vértigo hondo de presencia.  No conocí a nadie como él, tan dado a partir  y regresar intacto, crecido de raíces, más cercano cuanto más distante
El podía a la vez ser sin estar del todo. Si bien, no era fácil atisbar la altura de su torre.
Nadie sabía la esencia de su fuente.
Él era un manantial de  verbo impredecible.
Salía muy pocas veces de su fortaleza y emprendía un paseo cortés. 
En aquellos instantes  aparecía una sonrisa un si es no es gentil,  algo traviesa, ¿indecible? irónica o distraída.
Un día le vi sonreír y unas líneas de melaza aparecieron allá lejos al fondo de sus pestañas.
En esas raras ocasiones,  ofrecía miradas sin cuidarse del ojo perspicaz del alma, que todo lo presiente.
                                                * * *
Aquel día nada presintió. Y llegó  una mirada de ámbar cortado en el primer minuto de la aurora.
Él se dejó mirar y algo muy hondo le encendió la  frente.
Pudo haber sido la pluma de un ave, o un alfiler de jade en el centro de la nostalgia.
Lo cierto fue que un corazón quedó al desnudo y se abrió de luz.
                                               * * *
Su  barco  estuvo resguardado en la rada del lenguaje. Él cuidaba de que su escritura estuviese desprovista de palabras gastadas. Nada de flor, éxtasis, corazones o amor.
Después de voraces tormentas decidió permanecer durante   años sin salir a mar abierto por aquello de las corrientes del extravío.
Y en la hora y punto de aquel encuentro él abandonó  la certeza y se adentró  en aguas profundas.
Entró un  bosque en su cuerpo,  con sus tigres de girasol, y  acudió al llamado de los amaneceres en playas  remotas. Se dibujaron  recuerdos del primer amor aún no encontrado.                                                                                                                   
El recordó entonces su propio aroma de selva repartida.
Le volvió a la memoria el encuentro  con  la primaverar. Abandonó el silencio de su torre.
Abandonó el dominio férreo de sí deslizándose  imperceptible y sin tregua hacia el vértigo tenaz de lo habitual.
Su sangre se convirtió en  néctar de un deseo milenario. Morir para vivir sin el peso de algunos  mapas demasiado previsibles que se había impuesto.
                                            * * *
Hacía años se había sembrado en él el germen de la comprensión que suele derribar  los temores más aún que el valor.
Él había entendido que el sí y el no son el haz y el envés de las fuerzas de la existencia. 
Y pretendió librarse de los puntos de vista y de los juicios para entender y amar más allá de los espejismos.
Aun así, las coordenadas ya venían pareciéndole  demasiado estrechas.
Los papeles del alba se consumieron en la llama de un sosiego inquieto, atento, alerta al júbilo  de la inocencia recobrada.                  
                                              
No había nada que temer. No cabía sentirse amenazado  por hallarse desnudo en un rincón del universo o encontrarse de pronto indefenso en una pradera interminable. 
Aquella mirada había tocado su frente con fragancias de la Isla de  los sueños.  Era como mirarse desde su propia alma. Tal vez los ojos de ámbar cortado al primer minuto de la aurora eran los suyos.
El mar había vuelto a sus sienes. Y su rostro purificado por  tanta lágrima no derramada ahora sentía el exacto oleaje  incesante que salva de la inmovilidad.
Regresó a la tierra sin límites de su cuerpo que se le había perdido  en las batallas del alma y  en el laberinto de una mente demasiado intensa.
Y le volvió el amor sin preguntas, sin exigencias del por qué. Sin aquél “es como si amáramos”.
El amor tenía el peso de un pétalo de flor de nácar, apenas una carga mínima de avena. Era un espacio abierto al mundo indescifrable con su   sol de verdad. Aun cuando a él no le gustaba la palabra amor a cuenta de que significaba muy poco, cada vez menos, por causa de que todos la pronunciaban sin saber cómo se sentía.  
Y descubrió de nuevo que la palabra estrechamente unida al ser, consustancialmente uno con  él, era el lugar del esplendor.
 La libertad podía saborearse en el instante sucesivo del asombro.
                                        * * *
Descubrió aquellos ojos idénticos a los que imaginó alguna vez en el borde del  precipicio.  Eran  indescifrables, siempre lo serían, como deben serlo las cosas que provocan un asombro infinito.
Por eso, alcanzó la promesa de sorprenderse  siempre de sí mismo. Quien no es capaz de sorprenderse de sí mismo, no aprenderá nunca el arte de sorprenderse.
Y lo fue mirando todo como si fuese la primera vez. 
Y se embriagó de gozo ante una medalla de sol que había encontrado en sus pupilas.
Continuó guarecido en su bosque de palabras. Jubilosas, amargas, desposeídas, precisas, desprevenidas, hondas, bruscas, amables, tempestuosas, tiernas, voluptuosas, desbordantes. Terriblemente dulces, ásperas, cortantes, apasionadamente indiferentes. 

 

El podía a la vez  permanecer, irse,  volver
y ser más  menos nadie alguien y todos.
Él siempre fue como era en realidad.
Era más y menos. Era nadie y muchos y todos y ninguno.

El era un manantial de verbo impredecible.

Él era una mirada de ámbar en la aurora, cuando florece el abismo

Carmen Cristina Wolf

Publicado en la Revista Circunvalación del Sur No. 13

Poesía de Siempre 12:40 pm

Nuestra vida navega por un mar no surcado, cuyas olas se persiguen en un eterno juego de niños. Es el infatigable mar del cambio, que alimenta sus manadas de espuma para perderlas una y otra vez, batiendo sus manos contra la calma del cielo. En medio de esta envolvente danza guerrera de luces y tinieblas, tuya es, amor, la verde isla donde el sol besa la tímida sombra del bosque y el silencio…
R. Tagore.
¿Dónde está tu verdad, poeta? ¿Cómo encontrarla?…pero ella estará siempre allí, en los hallazgos que suceden a tu sueño, al final de la búsqueda, en el hallazgo de la trama de la existencia, en el esplendor, donde perdura y persiste su aroma, su textura esencial y verdadera, su misterio. Y es precisamente ése su misterio: hablar de lo huyente, de lo fugitivo, de lo imperdurable, de los aromas, y estar hablando al mismo tiempo de lo permanente, de lo que perdura. Qué bien entiendo tu verdad cuando nos dices: el misterio no se puede atrapar, sólo nos queda su aroma.
 Me siento entonces en tu barca, como si fuera a surcar por primera vez ese mar (casi siempre embravecido), cuyas olas se persiguen en un eterno juego de niños. Y es en esa barca, en medio del inmenso mar, cuando recuerdo La importancia del rocío. Y a pesar de la violencia de los vientos, ella buscará la gentileza de la brisa del Sur… aquella que nos llevará a la verde isla. El viento y la barca: y nuevamente esta inquietud, este afán de lo fugaz que se nos hace perdurable… o más bien ya sin tiempo, en donde nos espera la inasible y a la vez palpable Flor de eternidad.
 Con la lectura de tus pequeños poemas nos has devuelto al corazón del misterio inquietante de la vida. Hallazgos que iluminaron el instante con esa llama clara y humilde de lo verdadero en el sentido de lo auténtico… ya que la verdad, lo que tiene de cierto son sus infinitas vertientes que ahora vemos contigo desde las ventanas de tu casa del alma…
Y si hablamos del alma, evocaremos esa llama que no cesa, verbo en flor que en amorosa eclosión hace a su vez que tú florezcas toda para nosotros, y nos entregues en un recatado secreto, tus confesiones del alma. La palabra adivinando la sombra de las cosas, El verbo enamorado  y el poema que encierra entre sus pétalos nuevamente el misterio: lo fugaz y lo eterno en un instante…
Misterio del fuego, que, como el amor, todo lo transforma… ¿Qué nos traes?, le preguntamos entonces, y nos bastará sólo mirante para entender tu ofrenda, nadadora del fondo de nuestra mirada, que ves en nuestros ojos lo que está más allá de nuestros ojos, y sin pedir nada a cambio vienes delicadamente en medio del silencio para entregarnos todo tu amor y unos cuantos poemas.
El alma y la llama, lo arrebatado que deviene permanentemente, y la entrega… esa entrega enamorada que sólo entenderemos en soledad. Incendio del alma, pasión de Ser y de permanecer también nosotros allí, en el centro, donde se producirá el encuentro deseado, el acoplamiento sagrado… mirar hacia adentro y entender también el misterio y el milagro de la luz.
Pero al final, será a la sombra de un árbol o en un soplo de brisa, allí tan suavemente, donde encontraremos nuestros nombres, porque toda la tierra es sagrada. Y así, guiados por el fulgor de tu imagen, iremos desandando contigo el camino hacia la nada que somos, para encontrarnos con el todo y abrazar al Ser. Entonces, con la conciencia iluminada, con la Conciencia en vigilia, nos preguntaremos ¿Cómo hará el relámpago para rozar la eternidad?… he ahí el misterio que encierra esa flor del pensamiento, ese vínculo entrañable, esa respuesta, esa  palabra…
Edgar Vidaurre
*Prólogo al libro La llama incesante de Carmen Cristina Wolf, editorial Diosa Blanca 2006. Las negritas son fragmentos de los poemas.

Notas sobre librosSeptember 17, 2006 5:08 pm

 

Luce imposible explicar el poema. Este viene al encuentro del lector como una mano donde se encuentra un mundo de innumerables significados, tantos como los seres humanos que lo leen. El tiempo y el lugar del verso apenas roza la “realidad”, porque el poema crea y es un universo único.  El Centro de Estudios Ibéricos y Americanos de Salamanca ha editado la obra poética de Enrique Viloria Vera, publicada desde 1992 al 2004:  A medio camino. Reúne 24 títulos escritos en su patria, Venezuela, y en otros pueblos y ciudades donde lo ha llevado su inquieto peregrinar.
         Nacido en Caracas, se dice que es “lector impenitente, polígrafo complacido, coleccionista de arte apasionado, admirador de los Mercedes Benz y alérgico certificado”. Yo agrego que en lugar de sangre lleva carreteras de poesía en las venas. Escribe desde su adolescencia y deja amigos entrañables por los cuatro costados del planeta. De él escribe Alfredo Pérez Alencart en las palabras liminares del libro A medio camino:  “Viajas con el fervor del que se atreve / a buscar en nuevas claridades / junto al vacío que a veces se instala / en el corazón doliente del hombre. / Has sido y serás el que no espera grilletes / el que desflora ciudades quemantes / el que al alba sepulta sus lágrimas / mientras coloca a las mejillas en el mapa / donde va deformándose su patria. ” (…)
Resulta arduo elegir unos versos de Enrique, sin los que esta nota no tendría sentido, no sólo porque su obra es amplia, sino también por  ejercer sobre mí un magnetismo unánime. Maestro en el empleo del lenguaje cotidiano, en el que ninguna palabra por “antipoética” que sea resulte excluida, juega al capricho de la paradoja, de la antítesis. Cada poema crea una totalidad “sin antes ni después”, citando a Jean Cohen (El lenguaje de la poesía, 1982). Su poesía es intensa como un puñetazo en pleno rostro, cuya concisión no permite distraerse ni prescindir de ningún vocablo.
Sus versos, como diría Valéry, “actúan sobre nosotros sin enseñarnos gran cosa”, refiriéndonos al conocimiento racional. Porque ellos no demuestran, mas bien muestran, revelan, despiertan sentimientos, sensaciones, emociones, nostalgias, memorias. José López Rueda escribe sobre la poesía de Viloria, que esta es “sobria, desnuda, con pocos adjetivos … gusta de concentrar el pensamiento en pocas líneas. Es un conceptista moderno”…
He aquí el poema Bilingüe, con su carga de claudicación metafísica y su retrechería insolente: “El tiempo / es un perro echado / dispuesto a mordernos / un gato hipócrita / que maúlla / hasta arañarnos” .
O este otro que lleva por título Me nubla, unión de amor y muerte: “No hay entendimiento / ni razón que comprenda / esta sed de tus aguas / esta vocación suicida / que me conduce a morir / herido de placer / entre las espinas / de una rosaleda / que crece / rosada y fresca / húmeda y honda / en el crespo / de tu cuerpo”.
Concluyo estas anotaciones  con el poema Caracas, que dice mucho de sus raíces y de su enamoramiento por el terruño: “Emerge de la luz / para caer en la luz / va de sol a luna / en un resplandor permanente / Se baña de vanidades / se viste de ilusiones / se disfraza de gran ciudad / para que la amemos / muy a pesar de ella”. Enrique sigue siendo  un muchacho, observador atento de sí mismo, de la otredad y las transformaciones de su época. Desde nuestra amada Caracas saludo a Enrique Viloria, en la encrucijada que marca el inicio del nuevo camino a emprender en su poesía.
Carmen Cristina Wolf

Notas sobre librosSeptember 15, 2006 8:32 pm

La poesía de Eugenio Montejo es un viaje hacia su concepción del mundo, una re-creación del universo a través del lenguaje.
Trópico Absoluto, un libro de cincuenta y cinco poemas, publicado por Fundarte en 1982,  conduce a una ciudad presentida en medio de la vegetación cerrada verdinegra del trópico.  Ciudad de muros que cuentan su historia entre cientos de árboles abrazados, frescos como las noches de primavera:
“No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire
seguí el cortejo de sombras ilusorias
que dibujan sus mapas
… Nada vi parecido a Manoa
ni a su leyenda.
Anduve absorto detrás del arcoiris
que se curva hacia el sur y no se alcanza.
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,
 siempre más lejos. ”
Ciudad habitada por la luz de la palabra,  entramada con versos vegetales:
“Me envuelven los ávidos anillos
de esta luz anaconda.

Sus lianas de cal van atando mis huesos.”
Luz, testigo del tiempo y espejo de otra luz que ilumina más allá de los sentidos, más allá de esta tierra de gracia y también de peligros:
“Me dejaron solo a la puerta del mundo
 poeta expósito cantándome a mí mismo

De un golpe seco me arrancaron a la nada

Mi único padre es el deseo
y mi madre la angustia del huérfano en la tierra.”
El ritmo en la poesía de Eugenio Montejo, tiende un puente al encuentro de su razón de ser en el mundo:
“No adivino mi origen, mi futuro
y aunque por sangre soy fiel a las palabras
puedo jurar que cuando escribo
proviene como yo de algo muy lejos..”
Estos versos revelan su misión de poeta. Confiesa que “soñó ser pájaro/ y no trajo las alas para el vuelo”. Se equivoca, él levanta vuelo hacia el ser y encuentra esa luz  íntima que lo conduce a Manoa, la ciudad legendaria:
“Subo en las alas del pájaro que vuela
me oigo cantar en él más allá de la muerte.. ”
Escuchemos el canto antiguo del poeta, que no le pertenece porque nos pertenece a todos. En cada hombre hay un lugar que aún no hemos encontrado:
“Manoa no fue cantada como Troya
ni cayó en sitio
ni grabó sus paredes con hexámetros ”
Montejo ha descubierto que “Manoa no es un lugar/sino un sentimiento.” Es también la mujer amada:
La que amo duerme lejos, en otro país, en otro mundo
aunque su cuerpo al lado me acompaña.
Cierra los ojos y desaparece,
se va, la noche me la niega.”
El deseo del poeta es la alquimia que transforma a la ciudad en mujer: “Toda mujer que amamos se vuelve Manoa”, aquella sin la cual se es un cuerpo inerme, un universo detenido.
La fascinación de aquello que nos falta nos persigue desde  la infancia, nos atrae como si estuviéramos incompletos. De pronto, aparece alguien a quien no habíamos visto jamás y ese ser se vuelve la imagen del espejo que andaba perdida. Desde ese instante, la persona encontrada se nos hace imprescindible, no podemos respirar sin su presencia o, al menos, sin su memoria: “Descubre tu presencia/y máteme tu vista y hermosura;/mira que la dolencia/de amor, que no se cura/sino con la presencia y la figura” , dice San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual. ”No hay aviones que lleguen adonde se dirige/ninguna palabra me borra su silencio” dice Montejo. El ser amado no es sustituíble por nadie ni por nada.
Así Eugenio Montejo, encuentra a su amada transformada en sí mismo, confundida con la ciudad que soñó.  Confiesa su experiencia con lo sagrado. Como él dice a Miguel Szinetar en una entrevista publicada en el diario El Nacional: “la poesía es una bendición, porque uno tiene la certeza, cuando se vincula con ella, incluso como lector, de que la poesía es la última religión que nos queda, substratum de lo que en un tiempo fue lo sagrado en la tierra.”
                En el poema “La Durmiente” de Trópico Absoluto, el poeta es un testigo de la muerte provisional: “La que amo duerme lejos, en otro país,/en otro mundo,/aunque su cuerpo al lado me acompaña. Montejo aguarda su regreso: “Su cuerpo está conmigo pero adentro ,no hay nadie/…una llama dorada titila/y nunca se apaga. Poeta de alto vuelo, vuelo de águila hacia su propia alma, que se refleja a veces en un rostro, un río, un árbol:

“En los llanos estuve

tierra adentro, hacia el alba de soles salvajes
donde la única montaña es uno mismo
o su caballo.”
Es inútil resistirse. Aquello que  anhelamos nos llama  en  las llanuras y en los mares, en las ciudades y en los bosques:   
“En las vastas planicies estuve
dejando que mi cuerpo se borrara en sus ríos
Nada traigo conmigo

salvo sensaciones
asombros
poesía.”
Como los antiguos juglares, busca aquello que habita “en la otra luz del horizonte” y cuando está cerca, se extiende más allá, “al fin del arcoiris que nace en El Dorado”. ¿Qué es, si no, la vocación de plenitud sembrada en el espíritu, qué significa la vocación de ser, ser siempre?
Algo muy adentro le habla de otra ciudad, de otro mundo:
“Cuando me vaya de la tierra dormido
todos mis poemas volarán por el aire
…retornaré al lugar donde me hallaba
antes de haber nacido.”
Montejo viaja con la punta de un lápiz en el atlas del universo:
“Si Dios no se moviera tanto
en las ondas del agua,
en el sol o en los cuerpos. “ …
Trópico Absoluto: el viaje de Eugenio Montejo con la punta de un làpiz  en el atlas de Dios,  al encuentro con lo sagrado.
* Eugenio Montejo, poeta y ensayista venezolano, Premio Nacional de Literatura y Premio de Poesía Octavio Paz

Notas sobre librosSeptember 14, 2006 4:25 pm

Un nuevo título publica la Editorial Actum en Venezuela, amparado por la colección Barco de Piedra: La patria forajida de Harry Almela. De este poemario escribe el escritor venezolano Manuel Bermúdez: “(…) trasciende un mensaje de esperanza elegíaca en defensa de la libertad, tema muy de nuestro tiempo, en el que la cultura sigue siendo agredida por la barbarie y la insensatez (…)” Almela escribe: este es el canto / de la patria forajida / su registro y su paréntesis / el punto y coma / de la frase que nos falta / el áspero candor de su cifra / la marca / en la mejilla / el amargo sabor / de su alimento (…) aquí se denuncia / en las tribunas / todo lo que vino / sobre ti / sitio de mi sangre / y de la sangre / de los míos / sitio donde aprendemos / a nombrar de nuevo / al mundo / zona que huye / a cada instante / en un viaje / sin retornos. En otro poema dice: (…) mientras ellos mentían / con su máscara / de cuero / nombraban las cosas / con palabras / desconocidas / para mí / burlaban / el cerco / de la inocencia / mientras yo / intentaba / escribir / escribir / escribir. Los pueblos cambian de rumbo según se altera el significado y el peso que se le otorga a las palabras. Por ejemplo, una antigua tribu americana conjugaba los verbos en presente continuo y transformaba algunos sustantivos en verbos, como palabra luna convertida en el verbo lunecer: “está luneciendo” . No existía para ellos el pasado ni el futuro, la existencia siempre es un acontecimiento en tiempo presente. Harry Almela logra que estos versos fluyan en presente continuo. No pertenecen a una época determinada ni a un pueblo en particular, sino a todos aquellos que son humillados y oprimidos por las mentiras de los que se ponen “máscara de cuero” para ahogarnos con sus “órdenes marciales”. Si le damos mayor importancia a la palabra libertad que a la palabra seguridad, la sociedad estará signada por un rumbo totalmente diferente. La libertad considera la preeminencia de cada una de las personas por encima del las instituciones. La seguridad cifra la mayor importancia en los cuerpos coercitivos del estado, por encima de lo más ínsito y sagrado del ser humano: el libre albedrío. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos: con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida.” (Cap. LVIII, parte II, El Quijote) Los pueblos somos un haz de posibilidades, vivimos inmersos en una transformación continua, “sabemos lo que somos, pero no sabemos lo que podríamos llegar a ser” (Shakespeare). somos de acuerdo a como hablamos y hablamos de acuerdo a como somos. De allí la importancia de aprender “a nombrar de nuevo al mundo”. Los regímenes de fuerza violan el significado de las palabras y les imponen el sentido que “conviene” darle a su ideología. Es menester hallar de nuevo la inocencia acuchillada por los desmanes del poder. La patria forajida es un canto universal, escrito con una lúcida economía de lenguaje. Duele hasta las lágrimas leerlo, sobre todo cuando se asiste a los tentáculos de la impostura con fusil al hombro, esa madrastra insaciable: quédate allí / sentada / esperando / nuevas víctimas / ganados / para un nuevo / desatino / no esperamos / mejores augurios. Pensemos que no todo está perdido, siempre habrá otro amanecer. * Harry Almela nació en Caracas en 1953. Es poeta, ensayista y editor, autor de Cuadernos de bitácora (New York 2000), Los trabajos y las noches (Maracay 1998), El terco amor (Caracas 1996), Contigo (Caracas 1990). Ha recibido el Premio Bienal de Poesía José Rafael Pocaterra y el Premio Vicente Gerbasi que otorga el Círculo de Escritores de Venezuela.

Notas sobre libros 4:01 pm

En la mañana, el verano era un vaso de oro desparramándose.
Las gavetas dejaban salir la ropa ligera, pantalones cortos, franelas, sandalias. Lociones para los mosquitos, bronceadores y sombreros. De vez en cuando, si no un ventilador, un abanico.
         Todo un verano para bañarse en el río, leer a Julio Verne, Salgari y los cuentos de Andersen.  Comer mangos y guayabas, helados y quesillos,  y echar cuentos de la playa que estaba a un kilómetro, como si el mar estuviera a millas, millas y millas de distancia. Y todo allí mismo,  a diez minutos de Puerto Cabello, en la orilla del río San Esteban cubierto de la sempiterna vegetación cerrada verdinegra.
         Era la felicidad completa, sin preocupaciones. Los mejores días del año, el gozo del principio del vivir, la pubertad en plena ebullición, cuando todo parece estar en una cesta en la cual basta con querer para encontrar en ella cualquier aspiración hacia el milagro de la realidad, del brillo con que aparecen todas las cosas que nos rodean. Los versos que transcribo en cursivas son de Elizabeth Schön

         “Si miras el agua miras al cielo. /Si miras al niño miras al agua y al cielo.”        
Levantarse de la cama no costaba nada, eran días distintos, de otra tinta. Lavarse la cara, ponerse el traje de baño y salir a desayunar un vaso de leche y mantequilla derritiéndose sobre una arepa caliente. Al frente, los árboles de caimito y los chaguaramos, las matas de limón y de lechosa, los cedros centenarios y los pájaros saltando como locos entre las ramas, arrebatándose ramitas.
         Nos esperaban las pelotas de goma húmedas sobre la grama y el abuelo,  rastrillando las hojas con sus botas de hule que casi le llegaban a las rodillas y su rastrillo plateado por el uso.  Bajábamos la escalinata, había llovido la noche anterior. Las hojas brillaban de punticos mojados. Cargando nuestros tobitos abríamos la reja  y allí estaba:  el río, “con infinito blusón deslizante”, con su borboteo como “un reguero de polen multiplicándose”,  el agua, ella sola, ella misma consigo, tan cerca “y tan siempre lejos, entre la tierra y la fugaz distancia”.
         “El agua hace al árbol permanecer y al hombre ser fiel a su propia e innata transparencia”.
El agua del río conducía un millón de años de hojas caìdas, ramas, rayos de sol y brisas influyendo en las coreografías del agua, brisas metiéndose en el agua,  alborotándola.
El abuelo había construído un muro para encauzar el río e impedir que las crecidas tumbaran los árboles cercanos al cauce.  El muro se había puesto verdoso y estaba corroído por el tropel de las aguas. 
En el río aprendimos a confiar, no nos angustiaba su fondo, gozábamos la inquieta curiosidad de no saber las cosas que guardaba. No teníamos miedo de los peces pequeños, ni de los grandes que nos imagínábamos podían aparecer algún día, ni siquiera de la culebra que tenía su casa bajo las piedras. Abuelo nos decía que ella “no hacía nada”, porque era una culebra buena. Era inofensiva como una jirafa.
Y entrando en la frescura poblada de medallitas luminosas, no había otra cosa en el mundo que más nos hiciera quedarnos con nosotros mismos, flotando meciéndonos, oyendo chirriar los ramajes. En esos instantes, el tiempo no existía, o se entretenía  entre el cielo y el murmullo de la vegetación.
Podíamos creer, escuchábamos una promesa y creíamos en ella, esperábamos. Vivíamos en pulsación, en latencia, vivíamos en todas las semillas y en nuestros cuerpos: redondeados, flacos, morenos y rubios,  orondos. Vivíamos “en el centro de la oscura y primaria semilla”
No existía nada que no nos fuera familiar, que no mereciera nuestra alegría, nuestra celebración, nuestros maravillosos y escandalosos miedos pasajeros y perennes.
Todo estaba en los bandos. Casa cosa tenía su bando. Pájaros, perros, gatos, ciempiés, los fugaces y groseros monos, las arditas, los sapos y las ranas, los inoportunos y nocturnos murciélagos, las insoportables perezas. Los ruidosos pericos y las mariposas con su rastro de oro. Las tenebrosas mapanares, las determinantes enredaderas, y el olor a monte, y el olor a cena, siempre únicos y siempre maravillosamente lo mismo.

Todo era sorpresa en San Esteban, nada nos era rotundamente extraño. La vida era cercanía (y lejanía) imaginada. Con todo se hablaba, con cada cosa se iniciaba una historia, una amistad, un juego.

Una de nosotras se parecía a una semilla de onoto, la otra era de algarrobo, la otra intrigaba hasta que descubrimos que era idéntica a una semilla de níspero. Los varones parecían semillas de mango, de cedro, de guanábana:  “son aquellos los de la faz rodante del grano quienes oyen / e incendian los fulgores con los que día a día aflora la vida”…
 Nuestros cuerpos no dejaban de jugar, de reír, de llorar para contentarnos y volver a pelearnos enseguida. No sabíamos que existía el miedo, no sabíamos cómo se definía la vida  y a nadie se le podía ocurrir intentar saber lo que era. Ninguno de nosotros habría querido, ni intentado pensar ¿qué es la vida?.
Nunca tuvimos miedo, porque nos enseñaron que el universo había sido creado por alguien que estaba profundamente enamorado del universo y a quien podíamos llamar padre, porque amaba a la humanidad tanto como se amaba a sí mismo. Y que éramos todos hermanos.
Esa infancia vivida todavía está intacta en mi corazón y cuando alguien parece que actúa mal, siempre creo que se equivocó y merece más amor que los demás seres, porque sufre de una ausencia de amor y de conocimiento. Y me gusta encontrar algún  bien aun en el mal.
Los comportamientos agresivos, las ofensas, las acusaciones, nacían del miedo, surgían porque tal vez ignorábamos  que todos somos hermanos. La gente pelea como las células de un organismo enfermo, y terminan destruyendo su capacidad de confiar en la vida y en ellos mismos.
No tengamos miedo, ni ahora ni nunca, lo máximo que podemos perder es esta vida, que es un regalo y no es de nuestra propiedad. Porque la vida pertenece a la Vida.

* Todas las citas en cursivas  corresponden a los libros  “Del antiguo labrador” y “Es oir la vertiente”, de la poeta venezolana Elizabeth Schön, Premio Nacional de Literatura.   

Poesía de Siempre 3:19 pm

Anabelle Aguilar ha publicado; En narrativa, Los conservacionistas traviesos, Los Cuentos del Mago Michu (Euroamericana Ed. 1993 y Poeta menor con petirrojo (Torremozas 2001); en poesía, Orugario (E. Costa Rica 1998);Todopoderosa ( Torremozas, España 2000); Hornacina (El Pez Soluble 2001); Sangre (Eclepsidra 2002); Climaterio (E. Perro Azul 2003). En ensayo: La cebolla del arcángel, Eunice Odio( El Pez Soluble 2002). Herbario es su último libro escrito en compañía de Márgara Rusotto Una selección de sus poemas aparece en Poesía erótica costarricense (Ed. Perro Azul). Pertenece al Consejo Consultivo del Círculo de Escritores de Venezuela.

Soy la dama
que prepara mermelada de naranja
que aún caliente
se le escurre entre las piernas
aquella que aprovecha un segundo
para cometer adulterio
con los libros
soy la que hornea panecillos ingleses
quemándose las manos
en la caverna incendiada
                        Del Libro Climaterio, 2003
No todos me agradan
sólo los que exudan nardos
a mitad de la espalda
los que no tienen cola
los que me hacen saltar
a mitad de la noche
                        Del Libro Hornacina, 2001
            
     

Cuadernos de Poesía
Selección de Carmen Cristina Wolf