Poesía de SiempreSeptember 14, 2006 4:31 pm

Nacido en Venezuela, recibió el Premio Bienal de Poesía  José Rafael Pocaterra. Entre las obras de Edgar Vidaurre: La resurrección de los frutos, Poemas de la tierra; La séptima rosa; El lugar más sosegado. Es colaborador y co-editor del Fondo Editorial Vertiente Continua y director fundador del Fondo editorial Diosa Blanca, con cerca de 40 publicaciones.

Del poemario LA FUGITIVA
        Era larga la búsqueda y la había perdido tres veces. Próximo al misterio, cierto de no poder descifrarlo, su cercanía empavorece. Aun así, yo arrojo mi canto hacia una montaña oscura.  A veces, en medio de la sombra, se aparecía: No te prometí verdad ni permanencia, sólo agua para tu sed. Debía decirle que estaba cansado, que la sed de formas era sólo eso, sed. Que parecía no existir, que su imagen en mi sueño se derrumbaba. Pero el canto se fue volviendo montaña. Ella me hizo, fabricadora de tiempos. Yo la trasciendo en una lengua delirante. Diálogo apasionado entre un hombre y su montaña.
Del poemario La Fugitiva, Premio III Bienal Latinoamericana de Poesía José Rafael Pocaterra, ediciones La Liebre Libre 2000
Selección de Carmen Cristina Wolf
Cuadernos de Poesía 2005

Notas sobre libros 4:25 pm

Un nuevo título publica la Editorial Actum en Venezuela, amparado por la colección Barco de Piedra: La patria forajida de Harry Almela. De este poemario escribe el escritor venezolano Manuel Bermúdez: “(…) trasciende un mensaje de esperanza elegíaca en defensa de la libertad, tema muy de nuestro tiempo, en el que la cultura sigue siendo agredida por la barbarie y la insensatez (…)” Almela escribe: este es el canto / de la patria forajida / su registro y su paréntesis / el punto y coma / de la frase que nos falta / el áspero candor de su cifra / la marca / en la mejilla / el amargo sabor / de su alimento (…) aquí se denuncia / en las tribunas / todo lo que vino / sobre ti / sitio de mi sangre / y de la sangre / de los míos / sitio donde aprendemos / a nombrar de nuevo / al mundo / zona que huye / a cada instante / en un viaje / sin retornos. En otro poema dice: (…) mientras ellos mentían / con su máscara / de cuero / nombraban las cosas / con palabras / desconocidas / para mí / burlaban / el cerco / de la inocencia / mientras yo / intentaba / escribir / escribir / escribir. Los pueblos cambian de rumbo según se altera el significado y el peso que se le otorga a las palabras. Por ejemplo, una antigua tribu americana conjugaba los verbos en presente continuo y transformaba algunos sustantivos en verbos, como palabra luna convertida en el verbo lunecer: “está luneciendo” . No existía para ellos el pasado ni el futuro, la existencia siempre es un acontecimiento en tiempo presente. Harry Almela logra que estos versos fluyan en presente continuo. No pertenecen a una época determinada ni a un pueblo en particular, sino a todos aquellos que son humillados y oprimidos por las mentiras de los que se ponen “máscara de cuero” para ahogarnos con sus “órdenes marciales”. Si le damos mayor importancia a la palabra libertad que a la palabra seguridad, la sociedad estará signada por un rumbo totalmente diferente. La libertad considera la preeminencia de cada una de las personas por encima del las instituciones. La seguridad cifra la mayor importancia en los cuerpos coercitivos del estado, por encima de lo más ínsito y sagrado del ser humano: el libre albedrío. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos: con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida.” (Cap. LVIII, parte II, El Quijote) Los pueblos somos un haz de posibilidades, vivimos inmersos en una transformación continua, “sabemos lo que somos, pero no sabemos lo que podríamos llegar a ser” (Shakespeare). somos de acuerdo a como hablamos y hablamos de acuerdo a como somos. De allí la importancia de aprender “a nombrar de nuevo al mundo”. Los regímenes de fuerza violan el significado de las palabras y les imponen el sentido que “conviene” darle a su ideología. Es menester hallar de nuevo la inocencia acuchillada por los desmanes del poder. La patria forajida es un canto universal, escrito con una lúcida economía de lenguaje. Duele hasta las lágrimas leerlo, sobre todo cuando se asiste a los tentáculos de la impostura con fusil al hombro, esa madrastra insaciable: quédate allí / sentada / esperando / nuevas víctimas / ganados / para un nuevo / desatino / no esperamos / mejores augurios. Pensemos que no todo está perdido, siempre habrá otro amanecer. * Harry Almela nació en Caracas en 1953. Es poeta, ensayista y editor, autor de Cuadernos de bitácora (New York 2000), Los trabajos y las noches (Maracay 1998), El terco amor (Caracas 1996), Contigo (Caracas 1990). Ha recibido el Premio Bienal de Poesía José Rafael Pocaterra y el Premio Vicente Gerbasi que otorga el Círculo de Escritores de Venezuela.

Notas sobre libros 4:01 pm

En la mañana, el verano era un vaso de oro desparramándose.
Las gavetas dejaban salir la ropa ligera, pantalones cortos, franelas, sandalias. Lociones para los mosquitos, bronceadores y sombreros. De vez en cuando, si no un ventilador, un abanico.
         Todo un verano para bañarse en el río, leer a Julio Verne, Salgari y los cuentos de Andersen.  Comer mangos y guayabas, helados y quesillos,  y echar cuentos de la playa que estaba a un kilómetro, como si el mar estuviera a millas, millas y millas de distancia. Y todo allí mismo,  a diez minutos de Puerto Cabello, en la orilla del río San Esteban cubierto de la sempiterna vegetación cerrada verdinegra.
         Era la felicidad completa, sin preocupaciones. Los mejores días del año, el gozo del principio del vivir, la pubertad en plena ebullición, cuando todo parece estar en una cesta en la cual basta con querer para encontrar en ella cualquier aspiración hacia el milagro de la realidad, del brillo con que aparecen todas las cosas que nos rodean. Los versos que transcribo en cursivas son de Elizabeth Schön

         “Si miras el agua miras al cielo. /Si miras al niño miras al agua y al cielo.”        
Levantarse de la cama no costaba nada, eran días distintos, de otra tinta. Lavarse la cara, ponerse el traje de baño y salir a desayunar un vaso de leche y mantequilla derritiéndose sobre una arepa caliente. Al frente, los árboles de caimito y los chaguaramos, las matas de limón y de lechosa, los cedros centenarios y los pájaros saltando como locos entre las ramas, arrebatándose ramitas.
         Nos esperaban las pelotas de goma húmedas sobre la grama y el abuelo,  rastrillando las hojas con sus botas de hule que casi le llegaban a las rodillas y su rastrillo plateado por el uso.  Bajábamos la escalinata, había llovido la noche anterior. Las hojas brillaban de punticos mojados. Cargando nuestros tobitos abríamos la reja  y allí estaba:  el río, “con infinito blusón deslizante”, con su borboteo como “un reguero de polen multiplicándose”,  el agua, ella sola, ella misma consigo, tan cerca “y tan siempre lejos, entre la tierra y la fugaz distancia”.
         “El agua hace al árbol permanecer y al hombre ser fiel a su propia e innata transparencia”.
El agua del río conducía un millón de años de hojas caìdas, ramas, rayos de sol y brisas influyendo en las coreografías del agua, brisas metiéndose en el agua,  alborotándola.
El abuelo había construído un muro para encauzar el río e impedir que las crecidas tumbaran los árboles cercanos al cauce.  El muro se había puesto verdoso y estaba corroído por el tropel de las aguas. 
En el río aprendimos a confiar, no nos angustiaba su fondo, gozábamos la inquieta curiosidad de no saber las cosas que guardaba. No teníamos miedo de los peces pequeños, ni de los grandes que nos imagínábamos podían aparecer algún día, ni siquiera de la culebra que tenía su casa bajo las piedras. Abuelo nos decía que ella “no hacía nada”, porque era una culebra buena. Era inofensiva como una jirafa.
Y entrando en la frescura poblada de medallitas luminosas, no había otra cosa en el mundo que más nos hiciera quedarnos con nosotros mismos, flotando meciéndonos, oyendo chirriar los ramajes. En esos instantes, el tiempo no existía, o se entretenía  entre el cielo y el murmullo de la vegetación.
Podíamos creer, escuchábamos una promesa y creíamos en ella, esperábamos. Vivíamos en pulsación, en latencia, vivíamos en todas las semillas y en nuestros cuerpos: redondeados, flacos, morenos y rubios,  orondos. Vivíamos “en el centro de la oscura y primaria semilla”
No existía nada que no nos fuera familiar, que no mereciera nuestra alegría, nuestra celebración, nuestros maravillosos y escandalosos miedos pasajeros y perennes.
Todo estaba en los bandos. Casa cosa tenía su bando. Pájaros, perros, gatos, ciempiés, los fugaces y groseros monos, las arditas, los sapos y las ranas, los inoportunos y nocturnos murciélagos, las insoportables perezas. Los ruidosos pericos y las mariposas con su rastro de oro. Las tenebrosas mapanares, las determinantes enredaderas, y el olor a monte, y el olor a cena, siempre únicos y siempre maravillosamente lo mismo.

Todo era sorpresa en San Esteban, nada nos era rotundamente extraño. La vida era cercanía (y lejanía) imaginada. Con todo se hablaba, con cada cosa se iniciaba una historia, una amistad, un juego.

Una de nosotras se parecía a una semilla de onoto, la otra era de algarrobo, la otra intrigaba hasta que descubrimos que era idéntica a una semilla de níspero. Los varones parecían semillas de mango, de cedro, de guanábana:  “son aquellos los de la faz rodante del grano quienes oyen / e incendian los fulgores con los que día a día aflora la vida”…
 Nuestros cuerpos no dejaban de jugar, de reír, de llorar para contentarnos y volver a pelearnos enseguida. No sabíamos que existía el miedo, no sabíamos cómo se definía la vida  y a nadie se le podía ocurrir intentar saber lo que era. Ninguno de nosotros habría querido, ni intentado pensar ¿qué es la vida?.
Nunca tuvimos miedo, porque nos enseñaron que el universo había sido creado por alguien que estaba profundamente enamorado del universo y a quien podíamos llamar padre, porque amaba a la humanidad tanto como se amaba a sí mismo. Y que éramos todos hermanos.
Esa infancia vivida todavía está intacta en mi corazón y cuando alguien parece que actúa mal, siempre creo que se equivocó y merece más amor que los demás seres, porque sufre de una ausencia de amor y de conocimiento. Y me gusta encontrar algún  bien aun en el mal.
Los comportamientos agresivos, las ofensas, las acusaciones, nacían del miedo, surgían porque tal vez ignorábamos  que todos somos hermanos. La gente pelea como las células de un organismo enfermo, y terminan destruyendo su capacidad de confiar en la vida y en ellos mismos.
No tengamos miedo, ni ahora ni nunca, lo máximo que podemos perder es esta vida, que es un regalo y no es de nuestra propiedad. Porque la vida pertenece a la Vida.

* Todas las citas en cursivas  corresponden a los libros  “Del antiguo labrador” y “Es oir la vertiente”, de la poeta venezolana Elizabeth Schön, Premio Nacional de Literatura.   

Poesía de Siempre 3:19 pm

Anabelle Aguilar ha publicado; En narrativa, Los conservacionistas traviesos, Los Cuentos del Mago Michu (Euroamericana Ed. 1993 y Poeta menor con petirrojo (Torremozas 2001); en poesía, Orugario (E. Costa Rica 1998);Todopoderosa ( Torremozas, España 2000); Hornacina (El Pez Soluble 2001); Sangre (Eclepsidra 2002); Climaterio (E. Perro Azul 2003). En ensayo: La cebolla del arcángel, Eunice Odio( El Pez Soluble 2002). Herbario es su último libro escrito en compañía de Márgara Rusotto Una selección de sus poemas aparece en Poesía erótica costarricense (Ed. Perro Azul). Pertenece al Consejo Consultivo del Círculo de Escritores de Venezuela.

Soy la dama
que prepara mermelada de naranja
que aún caliente
se le escurre entre las piernas
aquella que aprovecha un segundo
para cometer adulterio
con los libros
soy la que hornea panecillos ingleses
quemándose las manos
en la caverna incendiada
                        Del Libro Climaterio, 2003
No todos me agradan
sólo los que exudan nardos
a mitad de la espalda
los que no tienen cola
los que me hacen saltar
a mitad de la noche
                        Del Libro Hornacina, 2001
            
     

Cuadernos de Poesía
Selección de Carmen Cristina Wolf

Notas sobre libros 2:57 pm

La editorial Actum sorprende  con un poemario,  Sin freno concebido de José Tomás Angola. Puede ser que el personaje de sus páginas sienta que ha perdido la sindéresis y se lance en carrera hacia sus propia sombra amenazante, pero  el teclado de la computadora no se vio apresurado por el autor, porque este es un libro muy bien pensado y de medida exacta.  
         De primer momento, los versos producen un desasosiego creciente, una tristeza de barranco. El que lleva la voz es a veces un automóvil, a veces el chofer o un pasajero, siempre embalado hacia quién sabe cual destino, exasperado y solo, sin entender por qué está en medio de la vía y de la vida. Es como un personaje de teatro haciendo un monólogo:
Así soy,
antena
nunca radio,
así soy,
velocímetro
nunca motor.
Desvarío
en un paisaje de egoístas,
Y apenas una señal de tránsito
para tantos ciegos manejando.
         Este poemario profundiza en la psicología del ser humano sumergido en la más absoluta desolación. Pero en medio  de la carrera de las páginas, nos encontramos con esa vocación de plenitud que suele acompañar la existencia:
Te verás sola
entre cíclopes de concreto.
te verás sola
mas no debes temer.
No dudes que yo,
vestido se silencio y estrechando tu mano,
paseo a tu lado.
No dudes que te acompaño
como sigiloso lazarillo.
(…)
Llegarás entre aves
y otoños
(…)
No hay tristeza que dure ante el exorcismo.
         Aun en la más sombría noche del alma, un atisbo de luz aguarda al final de las horas: es la esperanza de volver a ver la “alfombra vegetal del parque sobre nuestras mañanas”, un regresar “vadeando nimbos y huracanes” para salvar al hombre “del olvido donde soy prisionero”. Así expresa José Tomás la nostalgia de la felicidad perdida. Es el drama del abandono y la soledad sin ventanales. Alguien se ha ido, óigase bien, una persona en quien habíamos depositado nuestros anhelos, sueños y sonrisas. Y nos quedamos vacíos. Porque no cuidamos de reservar algo de amor para nosotros, lo dimos todo. Mal negocio, señores, mal rollo, como dicen en España. No se puede andar por ahí entregando el cuero y los huesos en pedazos, sin guardar al menos un poco de corazón para quererse uno a sí mismo.
         Estos son unos versos de  lobo solitario, como hay tantas personas en el mundo, en búsqueda del amor y del sosiego.  Muy bien concebidos según suele ser la escritura del autor de El pasajero de la fragata y El molino (Obras de teatro publicadas por Pailla Libros Editores & Libreros de Sevilla). José Tomás Angola es poeta, director teatral y periodista nacido en Caracas en 1967. En 1996 ganó una Mención en la Bienal Nacional “Miguel Ramón Utrera”  por su libro Una vaca en Nueva York Recientemente recibió el Premio al Concurso Anual de Cuentos de El Nacional. Actualmente es Presidente del Círculo de Escritores de Venezuela.
Carmen Cristina Wolf
Caracas, julio de 2006