Elizabeth Schön: Misterios del río San Esteban
En la mañana, el verano era un vaso de oro desparramándose.
Las gavetas dejaban salir la ropa ligera, pantalones cortos, franelas, sandalias. Lociones para los mosquitos, bronceadores y sombreros. De vez en cuando, si no un ventilador, un abanico.
Todo un verano para bañarse en el río, leer a Julio Verne, Salgari y los cuentos de Andersen. Comer mangos y guayabas, helados y quesillos, y echar cuentos de la playa que estaba a un kilómetro, como si el mar estuviera a millas, millas y millas de distancia. Y todo allí mismo, a diez minutos de Puerto Cabello, en la orilla del río San Esteban cubierto de la sempiterna vegetación cerrada verdinegra.
Era la felicidad completa, sin preocupaciones. Los mejores días del año, el gozo del principio del vivir, la pubertad en plena ebullición, cuando todo parece estar en una cesta en la cual basta con querer para encontrar en ella cualquier aspiración hacia el milagro de la realidad, del brillo con que aparecen todas las cosas que nos rodean. Los versos que transcribo en cursivas son de Elizabeth Schön
Levantarse de la cama no costaba nada, eran días distintos, de otra tinta. Lavarse la cara, ponerse el traje de baño y salir a desayunar un vaso de leche y mantequilla derritiéndose sobre una arepa caliente. Al frente, los árboles de caimito y los chaguaramos, las matas de limón y de lechosa, los cedros centenarios y los pájaros saltando como locos entre las ramas, arrebatándose ramitas.
Nos esperaban las pelotas de goma húmedas sobre la grama y el abuelo, rastrillando las hojas con sus botas de hule que casi le llegaban a las rodillas y su rastrillo plateado por el uso. Bajábamos la escalinata, había llovido la noche anterior. Las hojas brillaban de punticos mojados. Cargando nuestros tobitos abríamos la reja y allí estaba: el río, “con infinito blusón deslizante”, con su borboteo como “un reguero de polen multiplicándose”, el agua, ella sola, ella misma consigo, tan cerca “y tan siempre lejos, entre la tierra y la fugaz distancia”.
“El agua hace al árbol permanecer y al hombre ser fiel a su propia e innata transparencia”.
El agua del río conducía un millón de años de hojas caìdas, ramas, rayos de sol y brisas influyendo en las coreografías del agua, brisas metiéndose en el agua, alborotándola.
El abuelo había construído un muro para encauzar el río e impedir que las crecidas tumbaran los árboles cercanos al cauce. El muro se había puesto verdoso y estaba corroído por el tropel de las aguas.
En el río aprendimos a confiar, no nos angustiaba su fondo, gozábamos la inquieta curiosidad de no saber las cosas que guardaba. No teníamos miedo de los peces pequeños, ni de los grandes que nos imagínábamos podían aparecer algún día, ni siquiera de la culebra que tenía su casa bajo las piedras. Abuelo nos decía que ella “no hacía nada”, porque era una culebra buena. Era inofensiva como una jirafa.
Y entrando en la frescura poblada de medallitas luminosas, no había otra cosa en el mundo que más nos hiciera quedarnos con nosotros mismos, flotando meciéndonos, oyendo chirriar los ramajes. En esos instantes, el tiempo no existía, o se entretenía entre el cielo y el murmullo de la vegetación.
Podíamos creer, escuchábamos una promesa y creíamos en ella, esperábamos. Vivíamos en pulsación, en latencia, vivíamos en todas las semillas y en nuestros cuerpos: redondeados, flacos, morenos y rubios, orondos. Vivíamos “en el centro de la oscura y primaria semilla”
No existía nada que no nos fuera familiar, que no mereciera nuestra alegría, nuestra celebración, nuestros maravillosos y escandalosos miedos pasajeros y perennes.
Todo estaba en los bandos. Casa cosa tenía su bando. Pájaros, perros, gatos, ciempiés, los fugaces y groseros monos, las arditas, los sapos y las ranas, los inoportunos y nocturnos murciélagos, las insoportables perezas. Los ruidosos pericos y las mariposas con su rastro de oro. Las tenebrosas mapanares, las determinantes enredaderas, y el olor a monte, y el olor a cena, siempre únicos y siempre maravillosamente lo mismo.
Todo era sorpresa en San Esteban, nada nos era rotundamente extraño. La vida era cercanía (y lejanía) imaginada. Con todo se hablaba, con cada cosa se iniciaba una historia, una amistad, un juego.
Una de nosotras se parecía a una semilla de onoto, la otra era de algarrobo, la otra intrigaba hasta que descubrimos que era idéntica a una semilla de níspero. Los varones parecían semillas de mango, de cedro, de guanábana: “son aquellos los de la faz rodante del grano quienes oyen / e incendian los fulgores con los que día a día aflora la vida”…Nuestros cuerpos no dejaban de jugar, de reír, de llorar para contentarnos y volver a pelearnos enseguida. No sabíamos que existía el miedo, no sabíamos cómo se definía la vida y a nadie se le podía ocurrir intentar saber lo que era. Ninguno de nosotros habría querido, ni intentado pensar ¿qué es la vida?.
Nunca tuvimos miedo, porque nos enseñaron que el universo había sido creado por alguien que estaba profundamente enamorado del universo y a quien podíamos llamar padre, porque amaba a la humanidad tanto como se amaba a sí mismo. Y que éramos todos hermanos.
Esa infancia vivida todavía está intacta en mi corazón y cuando alguien parece que actúa mal, siempre creo que se equivocó y merece más amor que los demás seres, porque sufre de una ausencia de amor y de conocimiento. Y me gusta encontrar algún bien aun en el mal.
Los comportamientos agresivos, las ofensas, las acusaciones, nacían del miedo, surgían porque tal vez ignorábamos que todos somos hermanos. La gente pelea como las células de un organismo enfermo, y terminan destruyendo su capacidad de confiar en la vida y en ellos mismos.
No tengamos miedo, ni ahora ni nunca, lo máximo que podemos perder es esta vida, que es un regalo y no es de nuestra propiedad. Porque la vida pertenece a la Vida.
* Todas las citas en cursivas corresponden a los libros “Del antiguo labrador” y “Es oir la vertiente”, de la poeta venezolana Elizabeth Schön, Premio Nacional de Literatura.
