Luce imposible explicar el poema. Este viene al encuentro del lector como una mano donde se encuentra un mundo de innumerables significados, tantos como los seres humanos que lo leen. El tiempo y el lugar del verso apenas roza la “realidad”, porque el poema crea y es un universo único.  El Centro de Estudios Ibéricos y Americanos de Salamanca ha editado la obra poética de Enrique Viloria Vera, publicada desde 1992 al 2004:  A medio camino. Reúne 24 títulos escritos en su patria, Venezuela, y en otros pueblos y ciudades donde lo ha llevado su inquieto peregrinar.
         Nacido en Caracas, se dice que es “lector impenitente, polígrafo complacido, coleccionista de arte apasionado, admirador de los Mercedes Benz y alérgico certificado”. Yo agrego que en lugar de sangre lleva carreteras de poesía en las venas. Escribe desde su adolescencia y deja amigos entrañables por los cuatro costados del planeta. De él escribe Alfredo Pérez Alencart en las palabras liminares del libro A medio camino:  “Viajas con el fervor del que se atreve / a buscar en nuevas claridades / junto al vacío que a veces se instala / en el corazón doliente del hombre. / Has sido y serás el que no espera grilletes / el que desflora ciudades quemantes / el que al alba sepulta sus lágrimas / mientras coloca a las mejillas en el mapa / donde va deformándose su patria. ” (…)
Resulta arduo elegir unos versos de Enrique, sin los que esta nota no tendría sentido, no sólo porque su obra es amplia, sino también por  ejercer sobre mí un magnetismo unánime. Maestro en el empleo del lenguaje cotidiano, en el que ninguna palabra por “antipoética” que sea resulte excluida, juega al capricho de la paradoja, de la antítesis. Cada poema crea una totalidad “sin antes ni después”, citando a Jean Cohen (El lenguaje de la poesía, 1982). Su poesía es intensa como un puñetazo en pleno rostro, cuya concisión no permite distraerse ni prescindir de ningún vocablo.
Sus versos, como diría Valéry, “actúan sobre nosotros sin enseñarnos gran cosa”, refiriéndonos al conocimiento racional. Porque ellos no demuestran, mas bien muestran, revelan, despiertan sentimientos, sensaciones, emociones, nostalgias, memorias. José López Rueda escribe sobre la poesía de Viloria, que esta es “sobria, desnuda, con pocos adjetivos … gusta de concentrar el pensamiento en pocas líneas. Es un conceptista moderno”…
He aquí el poema Bilingüe, con su carga de claudicación metafísica y su retrechería insolente: “El tiempo / es un perro echado / dispuesto a mordernos / un gato hipócrita / que maúlla / hasta arañarnos” .
O este otro que lleva por título Me nubla, unión de amor y muerte: “No hay entendimiento / ni razón que comprenda / esta sed de tus aguas / esta vocación suicida / que me conduce a morir / herido de placer / entre las espinas / de una rosaleda / que crece / rosada y fresca / húmeda y honda / en el crespo / de tu cuerpo”.
Concluyo estas anotaciones  con el poema Caracas, que dice mucho de sus raíces y de su enamoramiento por el terruño: “Emerge de la luz / para caer en la luz / va de sol a luna / en un resplandor permanente / Se baña de vanidades / se viste de ilusiones / se disfraza de gran ciudad / para que la amemos / muy a pesar de ella”. Enrique sigue siendo  un muchacho, observador atento de sí mismo, de la otredad y las transformaciones de su época. Desde nuestra amada Caracas saludo a Enrique Viloria, en la encrucijada que marca el inicio del nuevo camino a emprender en su poesía.
Carmen Cristina Wolf