Mis poemasSeptember 20, 2006 1:32 pm

Florecemos… en un abismo Rafael Cadenas

 

Permanecía guarecido  en su bosque de palabras.
Apenas, un postigo entreabierto. Nada más un vértigo hondo de presencia.  No conocí a nadie como él, tan dado a partir  y regresar intacto, crecido de raíces, más cercano cuanto más distante
El podía a la vez ser sin estar del todo. Si bien, no era fácil atisbar la altura de su torre.
Nadie sabía la esencia de su fuente.
Él era un manantial de  verbo impredecible.
Salía muy pocas veces de su fortaleza y emprendía un paseo cortés. 
En aquellos instantes  aparecía una sonrisa un si es no es gentil,  algo traviesa, ¿indecible? irónica o distraída.
Un día le vi sonreír y unas líneas de melaza aparecieron allá lejos al fondo de sus pestañas.
En esas raras ocasiones,  ofrecía miradas sin cuidarse del ojo perspicaz del alma, que todo lo presiente.
                                                * * *
Aquel día nada presintió. Y llegó  una mirada de ámbar cortado en el primer minuto de la aurora.
Él se dejó mirar y algo muy hondo le encendió la  frente.
Pudo haber sido la pluma de un ave, o un alfiler de jade en el centro de la nostalgia.
Lo cierto fue que un corazón quedó al desnudo y se abrió de luz.
                                               * * *
Su  barco  estuvo resguardado en la rada del lenguaje. Él cuidaba de que su escritura estuviese desprovista de palabras gastadas. Nada de flor, éxtasis, corazones o amor.
Después de voraces tormentas decidió permanecer durante   años sin salir a mar abierto por aquello de las corrientes del extravío.
Y en la hora y punto de aquel encuentro él abandonó  la certeza y se adentró  en aguas profundas.
Entró un  bosque en su cuerpo,  con sus tigres de girasol, y  acudió al llamado de los amaneceres en playas  remotas. Se dibujaron  recuerdos del primer amor aún no encontrado.                                                                                                                   
El recordó entonces su propio aroma de selva repartida.
Le volvió a la memoria el encuentro  con  la primaverar. Abandonó el silencio de su torre.
Abandonó el dominio férreo de sí deslizándose  imperceptible y sin tregua hacia el vértigo tenaz de lo habitual.
Su sangre se convirtió en  néctar de un deseo milenario. Morir para vivir sin el peso de algunos  mapas demasiado previsibles que se había impuesto.
                                            * * *
Hacía años se había sembrado en él el germen de la comprensión que suele derribar  los temores más aún que el valor.
Él había entendido que el sí y el no son el haz y el envés de las fuerzas de la existencia. 
Y pretendió librarse de los puntos de vista y de los juicios para entender y amar más allá de los espejismos.
Aun así, las coordenadas ya venían pareciéndole  demasiado estrechas.
Los papeles del alba se consumieron en la llama de un sosiego inquieto, atento, alerta al júbilo  de la inocencia recobrada.                  
                                              
No había nada que temer. No cabía sentirse amenazado  por hallarse desnudo en un rincón del universo o encontrarse de pronto indefenso en una pradera interminable. 
Aquella mirada había tocado su frente con fragancias de la Isla de  los sueños.  Era como mirarse desde su propia alma. Tal vez los ojos de ámbar cortado al primer minuto de la aurora eran los suyos.
El mar había vuelto a sus sienes. Y su rostro purificado por  tanta lágrima no derramada ahora sentía el exacto oleaje  incesante que salva de la inmovilidad.
Regresó a la tierra sin límites de su cuerpo que se le había perdido  en las batallas del alma y  en el laberinto de una mente demasiado intensa.
Y le volvió el amor sin preguntas, sin exigencias del por qué. Sin aquél “es como si amáramos”.
El amor tenía el peso de un pétalo de flor de nácar, apenas una carga mínima de avena. Era un espacio abierto al mundo indescifrable con su   sol de verdad. Aun cuando a él no le gustaba la palabra amor a cuenta de que significaba muy poco, cada vez menos, por causa de que todos la pronunciaban sin saber cómo se sentía.  
Y descubrió de nuevo que la palabra estrechamente unida al ser, consustancialmente uno con  él, era el lugar del esplendor.
 La libertad podía saborearse en el instante sucesivo del asombro.
                                        * * *
Descubrió aquellos ojos idénticos a los que imaginó alguna vez en el borde del  precipicio.  Eran  indescifrables, siempre lo serían, como deben serlo las cosas que provocan un asombro infinito.
Por eso, alcanzó la promesa de sorprenderse  siempre de sí mismo. Quien no es capaz de sorprenderse de sí mismo, no aprenderá nunca el arte de sorprenderse.
Y lo fue mirando todo como si fuese la primera vez. 
Y se embriagó de gozo ante una medalla de sol que había encontrado en sus pupilas.
Continuó guarecido en su bosque de palabras. Jubilosas, amargas, desposeídas, precisas, desprevenidas, hondas, bruscas, amables, tempestuosas, tiernas, voluptuosas, desbordantes. Terriblemente dulces, ásperas, cortantes, apasionadamente indiferentes. 

 

El podía a la vez  permanecer, irse,  volver
y ser más  menos nadie alguien y todos.
Él siempre fue como era en realidad.
Era más y menos. Era nadie y muchos y todos y ninguno.

El era un manantial de verbo impredecible.

Él era una mirada de ámbar en la aurora, cuando florece el abismo

Carmen Cristina Wolf

Publicado en la Revista Circunvalación del Sur No. 13

Poesía de Siempre 12:40 pm

Nuestra vida navega por un mar no surcado, cuyas olas se persiguen en un eterno juego de niños. Es el infatigable mar del cambio, que alimenta sus manadas de espuma para perderlas una y otra vez, batiendo sus manos contra la calma del cielo. En medio de esta envolvente danza guerrera de luces y tinieblas, tuya es, amor, la verde isla donde el sol besa la tímida sombra del bosque y el silencio…
R. Tagore.
¿Dónde está tu verdad, poeta? ¿Cómo encontrarla?…pero ella estará siempre allí, en los hallazgos que suceden a tu sueño, al final de la búsqueda, en el hallazgo de la trama de la existencia, en el esplendor, donde perdura y persiste su aroma, su textura esencial y verdadera, su misterio. Y es precisamente ése su misterio: hablar de lo huyente, de lo fugitivo, de lo imperdurable, de los aromas, y estar hablando al mismo tiempo de lo permanente, de lo que perdura. Qué bien entiendo tu verdad cuando nos dices: el misterio no se puede atrapar, sólo nos queda su aroma.
 Me siento entonces en tu barca, como si fuera a surcar por primera vez ese mar (casi siempre embravecido), cuyas olas se persiguen en un eterno juego de niños. Y es en esa barca, en medio del inmenso mar, cuando recuerdo La importancia del rocío. Y a pesar de la violencia de los vientos, ella buscará la gentileza de la brisa del Sur… aquella que nos llevará a la verde isla. El viento y la barca: y nuevamente esta inquietud, este afán de lo fugaz que se nos hace perdurable… o más bien ya sin tiempo, en donde nos espera la inasible y a la vez palpable Flor de eternidad.
 Con la lectura de tus pequeños poemas nos has devuelto al corazón del misterio inquietante de la vida. Hallazgos que iluminaron el instante con esa llama clara y humilde de lo verdadero en el sentido de lo auténtico… ya que la verdad, lo que tiene de cierto son sus infinitas vertientes que ahora vemos contigo desde las ventanas de tu casa del alma…
Y si hablamos del alma, evocaremos esa llama que no cesa, verbo en flor que en amorosa eclosión hace a su vez que tú florezcas toda para nosotros, y nos entregues en un recatado secreto, tus confesiones del alma. La palabra adivinando la sombra de las cosas, El verbo enamorado  y el poema que encierra entre sus pétalos nuevamente el misterio: lo fugaz y lo eterno en un instante…
Misterio del fuego, que, como el amor, todo lo transforma… ¿Qué nos traes?, le preguntamos entonces, y nos bastará sólo mirante para entender tu ofrenda, nadadora del fondo de nuestra mirada, que ves en nuestros ojos lo que está más allá de nuestros ojos, y sin pedir nada a cambio vienes delicadamente en medio del silencio para entregarnos todo tu amor y unos cuantos poemas.
El alma y la llama, lo arrebatado que deviene permanentemente, y la entrega… esa entrega enamorada que sólo entenderemos en soledad. Incendio del alma, pasión de Ser y de permanecer también nosotros allí, en el centro, donde se producirá el encuentro deseado, el acoplamiento sagrado… mirar hacia adentro y entender también el misterio y el milagro de la luz.
Pero al final, será a la sombra de un árbol o en un soplo de brisa, allí tan suavemente, donde encontraremos nuestros nombres, porque toda la tierra es sagrada. Y así, guiados por el fulgor de tu imagen, iremos desandando contigo el camino hacia la nada que somos, para encontrarnos con el todo y abrazar al Ser. Entonces, con la conciencia iluminada, con la Conciencia en vigilia, nos preguntaremos ¿Cómo hará el relámpago para rozar la eternidad?… he ahí el misterio que encierra esa flor del pensamiento, ese vínculo entrañable, esa respuesta, esa  palabra…
Edgar Vidaurre
*Prólogo al libro La llama incesante de Carmen Cristina Wolf, editorial Diosa Blanca 2006. Las negritas son fragmentos de los poemas.