Una tarde de septiembre, mientras hojeaba una revista de modas, me fijé en la publicidad de un reloj casi idéntico al que guardo en mi gaveta de objetos valiosos. Gozo un imperio cada vez que empiezo a tratar, __trato y  nunca lo logro__ de poner orden en su contenido nostálgico. Allí están los medios bañados en oro de mi matrimonio, eran trece si no recuerdo mal y ahora quedan sólo seis. El novio y yo, después de haber intentado avenirnos, decidimos tomar cada uno su camino. Reconozco no obstante que la boda fue hermosa y la decisión acertada, tomando en cuenta a mis dos hijas, que son un encanto. Guardo un papel que acredita la legitimidad de una piel de mink que compró una tía en la quinta avenida de Nueva York. Sólo me la puse una vez. Están las medallas de “Aplicación” y “Buena Conducta” de mi colegio, la de la universidad, con  su cinta roja, la insignia de mi abuelo que le acreditaba como fundador de la sociedad venezolana de esperanto y la orden Andrés Bello de mi abuela por su obra musical. Los anillos de graduación, cartas y fotos de dos enamorados que me traen magníficos recuerdos, pañuelos de encaje de mi mamá y no sigo enumerando porque it¨s too much
Hay una caja con broches, lo que llamaban antes prendedores. Los hay de amatista, de piedras que imitan esmeraldas, de perlas y oro cochano. Pero también están las insignias del Café Sócrates, metálicas con su esmalte, como las que le ponen los muchachos a sus chaquetas deportivas. Conservo un pin de Singapur, otro del Banco donde trabajé, collares de madera, de pukas, plásticos y de fantasía alemana. Ah!, y la colección de rosarios: el de nácar de la primera comunión, el de  cristal de roca con cruz de plata de mi abuela, aquel de palo de rosa que traje de la Colonia Tovar, el de madera de sándalo, el de  plata y perlitas. Y unos lentes de miope de papá, algo sentimental.
Ahora, regresando al reloj que vi en la revista, casi idéntico al que guardo en la gaveta, abrí la caja cubierta de raso azul y me extasié viéndolo, no sé desde cuando lo tengo ni por que nunca lo he estrenado. Más contenta
que un veinticinco de diciembre corrí a guardarlo en el bolso. ¡Había que ponerle la pila! Y salí rauda por el bulevar de La Carlota  rumbo al centro comercial Los Ruices. Entré en la joyería y con una sonrisa triunfal le pedí a la señorita de la tienda que le pusiera pila nueva a mi reloj, ahora convertido en fashion y “de furor” en la moda femenina.
Salí de la joyería entre sonreída y decepcionada.  Decidí ponerme el reloj que parecía de platino aunque fuera de adorno. Sí, y pondría un relojito que diera la hora dentro de mi cartera para saber cómo pasaba el tiempo.  Me serviría para cumplir los compromisos, no para saber cómo pasamos nosotros por el Tiempo.
Había recibido una respuesta que me retrocedió  a mis veinticinco años, y me vino al recuerdo por qué nunca llegué a estrenarlo. Era un hermoso reloj de cuerda que nunca funcionó.

Carmen Cristina Wolf