FRAGILIDAD TODOPODEROSA: Anabelle Aguilar
Es un hallazgo encontrar la sabiduría femenina oculta en el atavío de la seda y el rubor. Todopoderosa (ediciones Torremozas, España) es un poemario que reposa en mi mesa junto con mis libros favoritos. La portada muestra un rostro soñador y de pose ligeramente atrevida. El papel aún trae su aroma a madera y los poemas son seductores, atrayentes como si hubiesen sido escritos por Afrodita, como la describiría Magaly Villalobos en su libro A puntadas: “Es el cautivante e irresistible resplandor, en el cual todos los objetos y todo el mundo están ante el ojo del amor … cuyo hechizo atrae el contacto entre seres limitados hacia la perdición en lo infinito. Todo lo que es sugestivo, seductor y complaciente, sea figura o gesto, lenguaje o actitud, de ella recibe su nombre: Afrodita.” (1ª edición comala.com, Venezuela)
Así reza uno de los poemas de Anabelle: Repíteme el verso / que te estoy escuchando / resucítame / antes de que sea tarde. ¿Quién puede decir que no ha salido del coma más profundo, de la más absoluta desolación a causa de unos versos que punzan siete centímetros dentro del pecho?. Me siento representada en muchos de los versos de este libro, porque traducen vivencias y maneras de ver las cosas que alguna vez he transitado: Entre tus carencias / y tus exuberancias / me debato / vida.
Había que proclamarse Todopoderosa para así ahuyentar el miedo de vicir al descampado. La fragilidad debe ser cubierta de yelmo y escudo de hojas de trébol, hay que ponerse la máscara de “estar de vuelta de todo” para proteger los pasos de una mujer sensible que anda a pie enjuto entre las escarpadas piedras del acantilado:
El mar ruge a cada instante
será que teme
mis pisadas descalzas
mis ojos
sobre aguas verdeazuladas
Los tabúes impuestos en la infancia son como fantasmas que asoman desde el fondo de la casa para coartar nuestras inclinaciones y helar las palabras que quisiéramos pronunciar. Suelen parecerse a esas figuras austeras y ceñudas que persiguen nuestros anhelos, cuyas voces se confunden con el sordo bramido del océano. Queremos ser amadas en plenitud, ser poseídas sin relojes y sin “mientras tanto” y ese deseo incumplido siempre nos quita la satisfacción / de vivir en porciones. Pero no, Anabelle, tú si sabes ser dichosa, los que estamos cerca de ti podemos sentirlo.
Si quisiera mencionar un libro que exprese los avatares de la existencia en el menor número posible de palabras, diría que este es uno de ellos. Todopoderosa nos conduce al misterio de lo sagrado, a la pulpa del deseo y los placeres sentidos e imaginados, en esa atmósfera de la mujer virtuosa que peca y piensa / habla y escribe / siembra / para agotar el recurso / de la última rosa.
Concluyo dedicándote estos versos de tu amiga Emily Dickinson, con quien nos hemos citado algunas tardes en tu casa y de quien conoces tan bien la receta para hacer los panecillos ingleses:
Perdemos porque ganamos,
Jugadores que, recordándolo
Arrojamos de nuevo los dados!
Carmen Cristina Wolf
