Notas sobre librosDecember 29, 2006 3:43 pm

Por Carmen Cristina Wolf

          

Deseo iniciar el 2007 en la compañía literaria de María Zambrano, a quien no quiero calificar como filósofa, ni como Premio Cervantes ni como nada que no sea decir que es una de las escritoras cuyas líneas pueblan de luz mi corazón. Sólo una brevísima nota para este blog, amigable y pacífico, de lo que será, tal vez, un ensayo largo y tendido que nunca se acaba.
Antes de mencionar su obra, este párrafo que aparece en su “A modo de biografía” y que dice de mucho de ella:
“Porque yo tengo que pensar”. Entonces, no tengo más remedio que aceptar que mi verdadera condición, es decir, vocación, ha sido la de ser, no la de ser algo, sino la de pensar, la de ver, la de mirar, la de tener la paciencia sin límites que aún me dura para vivir pensando, sabiendo que no puedo hacer otra cosa (…) ” (María Zambrano, “A modo de Biografía”, en Anthropos Revista de Documentación Científica de la Cultura nº 70-71, Barcelona, marzo-abril 1978).
No obstante, una de las cualidades más notables de María Zambrano es que aunado a la seducción que ejerce en ella la vocación del pensamiento, hay una senda mística y un sentido estético que ella atraviesa siempre en su discurso. Veamos:
         “El hombre revela, revela algo hermoso, divino, que no es suyo tal vez, pero él lo revela y lo ofrece, lo da.” (Obra cit.)
Es extensa la obra de María Zambrano, sólo voy a citar algunos de sus libros: Pensamiento y poesía en la vida española, México, La Casa de España 1939; Filosofía y poesía, Morelia, México, Publicaciones de la Universidad Michoacana 1939, con varias reediciones;
El pensamiento vivo de Séneca, Buenos Aires, Losada 1944; El hombre y lo divino, México FCE 1955; La tumba de Antífona, México, Siglo XXI 1967; Obras reunidas (Primera entrega) Madrid, Aguilar 1971; Antología temática y crítica, edición preparada por Jesús Moreno, Madrid Mondadori 1989; Los Bienaventurados, Madrid ediciones Siruela 1990.
Les invito desde esta página a caminar tras las huellas de su escritura y a dialogar sobre las pasiones y aficiones de María Zambrano y las nuestras:
“El Ser del hombre se funda en la Palabra; más la Palabra viene al ser como diálogo (…) por ser éste el acontecimiento histórico por el qie viene el ser del lenguaje. Más el lenguaje primogénito es la Poesía, por ser fundación del Ser” (…) M. Heidegger
“Por la poesía y poéticamente (…) es como el hombre ha vuelto habitable la tierra (…) J. D. García Bacca
Un venturoso año para todos los amigos de la red y del afecto. Un año para pensar, observar, sentir a plenitud, teniendo presente que “también esto pasará”. Porque nada es permanente, sólo la vocación de ser merece permanecer en nosotros.
29 de diciembre de 2006

Poesía de SiempreDecember 23, 2006 3:01 pm

Carmen Cristina Wolf

Aquí encontrarán crónicas de este vivir a veces complicado, otras veces sencillo, depende de la óptica con la cual se miren las cosas. Contiene experiencias y notas sobre libros que nos acompañan en nuestra mesa de noche. También acerca de nuevos poetas, narradores, filósofos, ensayistas, periodistas… Entrevistas y… misterio. Sin olvidar las obras de arte y los cuentos para niños pequeños y grandes, como yo.

Colaboradores:

  • Lidia Salas
  • Carlos Armando Figueredo
  • Astrid Lander
  • Enrique Viloria Vera
  • Magaly Salazar Sanabria
  • Sergio Pascual (Basílides)
  • Edgar Vidaurre
  • Alejo Urdaneta
  • Eduardo Casanova


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Poesía de SiempreDecember 22, 2006 1:07 pm

                           Por Carmen Cristina Wolf
“La poesía pertenece a lo más íntimo, lo más sagrado, lo más tembloroso del hombre; no es asunto de frases bonitas (algunas veces es todo lo contrario)”. Rafael Cadenas, entrevista publicada en El Nacional en 1966  
Estas notas que ofrezco son una reflexión muy personal en torno a la visión poética  en la obra del venezolano Rafael Cadenas. Trazar algunos rasgos sobre su poesía es asomarse a su alma. La lectura de sus poemas, escritos y entrevistas  requiere un ejercicio de templanza para el espíritu.  A la mano tengo la  Obra Entera  Poesía y Prosa 1958-1995 del Fondo de Cultura Económica 2000; la Antología de Monte Avila Editores Latinoamericana 1996; los Poemas selectos de bid & co. editor 2000, un libro hermosamente pensado que contiene buena parte de mis versos favoritos, las primeras ediciones de En torno al lenguaje, Apuntes sobre San Juan de la Cruz  y la mística publicados por la Universidad Central de Venezuela; Dichos editado por La Oruga Luminosa; Walt Whitman Conversaciones, de Monte Avila Editores Latinoamericana.
Comienzo haciendo mío este párrafo escrito a Rilke por Lou Andreas-Salome en 1914: “(…) empecé a vivir con el poema mismo, pues en los primeros momentos su sentido objetivo me subyugó demasiado como para poder hacerlo. Y ahora lo leo, o mejor, no paro de recitármelo a mí misma. Hay en él como un reino recientemente conquistado, todavía no se distinguen bien sus fronteras, se extiende más allá del espacio que se puede recorrer en él; se lo adivina más amplio (…)” (del libro Correspondencia, Hesperus 1989).
         Así suele suceder con los poemas de Cadenas: son algunos de ellos una pluma de ave que penetra  sin ruido en mi ventana, otros rasgan silencios a tambor batiente, mas cada uno conduce a un reino de significaciones, y cuando creo haber agotado su sentido surge otro y otro; es una poesía que mueve los cimientos de lo habitual y me lanza hacia las profundidades del misterio que soy.
El personaje
         A pie descalzo y con un candil  en lo oscuro  leo a los poetas cuyos versos  dejaron de pertenecerles para volverse míos. Cadenas, estará acostumbrado a ser “elucidado, disecado, menguado, enriquecido, exaltado y maltratado”, haciendo valer las palabras que escribe Paul Valéry sobre sí mismo en el Prólogo al Cementerio Marino. Por esta razón no quiero hablar de ese  hombre pausado, de caminar distraído, a quien podemos encontrar subiendo la escalera hacia la Librería Macondo, o bajar los peldaños hacia Lectura, El Buscón o Alejandría.  No me atrevo siquiera a asomar algún sesgo de su forma de ser, él que se confiesa aprendiz, siempre joven ante el hallazgo que es la vida. Dejo constancia  de que a veces saluda con una secreta alegría y en ocasiones me parece que  mira pero no me está viendo y hace un esfuerzo por saludar, como si no estuviera allí. Me pregunto entonces, ¿estará enojado, habré sido descortés? Otro día vuelvo a encontrarle sentado en un quicio a la espera de que abran las puertas de algún  teatro y nuevamente sonríe enigmático, jovial, y sus ojos café se vuelven claros como el  color de su  portafolio de cuero. Vuelven a mi memoria unas líneas que leí siendo muy joven:
(…) “él había pensado más que  otros hombres, poseía en asuntos del espíritu aquella serena objetividad (…) y sabiduría que sólo tienen las personas verdaderamente espirituales a las que falta toda ambición y nunca desean brillar, ni convencer a los demás, ni siquiera tener razón” (…) (El Lobo Estepario, Hermann Hesse). No sería impensable   agregar  que Rafael Cadenas es un personaje absolutamente distinto para cada uno de los seres humanos que le conoce; permanece siempre a contraluz, en los límites del misterio, transformándose día a día según crece su obra y se amplía su comprensión amorosa hacia el ser humano. Es lo que percibo en su poesía y siento que ninguno de sus poemas es prescindible, cosa poco frecuente en la obra de la mayoría de los escritores.
Su estar en el mundo crea la sensación de sentirse en paz consigo a pesar de las corrientes subterráneas.  Gente que lo conoce y lo aprecia suele decir que hay que  sobreponerse a esos silencios suyos  y armarse de valor para osar romperlos. Él es un postigo entreabierto, un vértigo hondo de presencia, tan dado a marcharse y regresar intacto más cercano cuanto más distante. Atravieso las páginas de sus libros y me dejo caer en el vacío, al fin y al cabo, según uno de sus poemas “Florecemos / en un abismo.”  En  vez de elucubrar o suponer, prefiero atenerme a sus propias palabras, tomadas del libro Entrevistas (e. La Oruga Luminosa, 2000) y de recortes de prensa. En Últimas Noticias el 26/06/02, a la pregunta ¿Cuál es su forma expresiva? él responde: “Escribo poemas en prosa” Acerca de sus influencias, dice: “Durante un largo período la influencia principal fue de poetas franceses como Michaux, Rimbaud, Char.  Después volví a la forma del verso libre.” (…) “De la India más que su literatura me ha interesado su filosofía clásica, el pensamiento que parte de los “Upanishads”. También adivino en su obra lejanas reminiscencias de la lectura  de  Lao Tse, Chuang Tzu, Li Po, Allan Watts.
Ante la interrogante sobre si la poesía debe tener o no un mensaje ideológico o religioso, Cadenas responde: “No. Lo que pasa es que lo que el poeta piensa se trasluce en lo que escribe. Si uno piensa en grande, figuras como Dante, uno sabe que detrás de su poesía había un pensamiento filosófico, el de Tomás de Aquino. En el caso de Shakespeare se ha señalado sobre todo la influencia de los estoicos, especialmente de Séneca (…) Hay un vínculo entre filosofía y poesía aunque no se deben confundir” (…).
En Conversaciones, traducción realizada por Cadenas a una selección de  notas  de Walt Whitman (Monte Ávila Editores Latinoamericana 1994), se lee este fragmento de Whitman: “Bueno, está muy bien la cadencia, sí bastante bien; pero hay algo anterior, más imperativo. Lo primero que se necesita es el pensamiento (…) Soy muy reflexivo, me tomo mucho trabajo con las palabras (…) lo que persigo es el contenido, no la música de las palabras.” En este aspecto coincide la escritura de Rafael Cadenas.  No se pueden leer sus versos de un solo tirón, cada cuatro o cinco palabras parece imperioso detenerse y buscar dentro de sí  alguna resonancia.
Ahora me voy en vuelo rasante a través de los libros de Cadenas.
Desde Una isla a un destinatario desconocido
En el poemario Una isla el joven Cadenas escribe en 1960:
“Si el poema no nace, pero es real en tu vida,
eres su encarnación.
Habitas en su sombra inconquistable.
Te acompaña
diamante incumplido.”
Una existencia vivida con autenticidad puede más poética que el poema mismo. “Una isla” se forja desde esta reflexión sin ser una escritura de tinte filosófico; emerge  en la matriz luminosa del mar y ese esplendor acompaña casi todos sus poemas. Plantea la paradoja de la realidad y el lenguaje que la nombra, hasta el punto de considerar la existencia del hombre como una  “sombra inconquistable” de lo real, que es el poema. Lo cual nos pone ante los ojos el viejo interrogante de si la palabra crea las cosas o éstas surgen antes que el lenguaje. ¿O son simultáneas? La esencia de todo es la palabra y el origen de todo es el lenguaje. Me reconozco cautiva de los primeros versículos de Juan evangelista: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios” (Juan, 1, 1-2). Lo visible no es sino una sombra de aquello que ES, el  poema supremo de Sí mismo.
Cuando se vive en una isla arrojado al desarraigo como vivió Cadenas durante su exilio en Trinidad durante los años de 1952 a 1956, se está uno  sometido a la caricia o a la garra, luces y sombras, doble visión que viene de lo alto y se refleja en las aguas. Por eso la luz sale a raudales de este poemario: “Muelle de enormes llamas  / Navíos que viajan al sol / (…) Ciudad de corazón de árbol / (…) La luz golpea mendigos / (…)”
         Entra a raudales el resplandor de un personaje femenino en la significación polifónica de estos versos: “tú entras en la luz (…)
tú comienzas a recorrer el tiempo como un licor (…)
tu cuerpo es un arrogante / palacio / donde vive / el / temblor.”
         La pasión todo lo transforma y convierte la cárcel en libertad, porque cuando somos libres y estamos bien, poco nos damos cuenta de ello y se nos pasa la vida sin pena ni gloria, aferrados a la rueca de los hábitos que nos convierten en máscaras de mueca inmóvil:
“El amor nos transforma… el pobre carcelero se creía libre porque cerraba la reja, pero a través de ti yo era innumerable. (…)  El amado pronuncia el encantamiento que cubre una zozobra”. Mas el poeta advierte que nada  en este mundo es para siempre y hay que dejar partir al tiempo, ese administrador ciego formado de millones de instantes en movimiento: “ No hay luz que nos enlace (…) nuestras fiestas convertidas en fogatas / que avientan su ilusorio mediodía.” En el exilio los pequeños detalles salvan de la desolación, aun en la más triste de las separaciones: “El exiliado deplora las patrias / Rehuye escisiones. Se encamina hacia el instante.”  Siempre lo acompaña un diamante incumplido: la libertad de poetizar.

En esta obra veo una observación frecuentemente rigurosa del  espíritu de quien escribe, así como de los pequeños sucesos cotidianos, por ejemplo escuchar las voces de los niños de la casa o salir a comprar el periódico. Encuentro una síntesis de la existencia y su valoración, una visión del hombre acerca de sí mismo, de sus vivencias, una  conmovedora comprensión de sus propias marchas y contramarchas. Visión que siempre será parcial, pues ningún ser humano  puede aquilatar la dimensión del ser que es infinita. 
Los Cuadernos del destierro
“Busca tu alma, ámala, tócala, cultívala”, escribe Rimbaud en su Carta del Vidente. Se siente en la poesía de Cadenas a un ser que se adentra en profundidad en su condición más íntima y la desviste de eufemismos:
“Yo, envés del dado, relataré no sin fabulaciones mi transcurso por tierra de ignominias y dulzuras, rupturas y uniones, esplendores y derrumbes.” (Del libro  Los Cuadernos del destierro 1960). Observar  sin velos la caída de sus propias máscaras es desear imperiosamente “ver” su verdadero rostro. ¿Quién soy, cuál de mis yoes es el que es, será que me perdí y no volveré a encontrarme?
“(…) Un día comenzó la mudanza de los rostros (…) todos escenificaban una danza de posesos sobre mis hombros (…) Mi rostro ¿dónde estaba? Debí admitir, tras dolorosa evidencia, que lo había perdido.”
Revela el  desconcierto de quien despierta en una irrealidad habitada por  cientos de espejos deformantes y no sabe cuál de todas esas imágenes es la verdadera. Los Cuadernos del destierro producen un vértigo espantoso. Después de leerlos no volveremos a ser los mismos jamás.   Me hacen pensar en las palabras de Rimbaud en su Carta del Vidente:
“El primer estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento, entero; busca su alma, la inspecciona, la tantea, la aprende. En cuanto la conozca, ¡debe cultivarla! (…) El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desajuste de
todos los sentidos. ”(…)
 Falsas Maniobras

Cuando he vivido la experiencia de un fracaso me siento más cerca que nunca de encontrarme. De los triunfos poco aprendí, ellos me alejaron de lo insondable que se esconde más allá de la apariencia. Por eso me conmueve el poema Fracaso  del libro Falsas Maniobras. Es la extraña y honda hermosura que siento en unos versos traspasados de lucidez: “Cuando ponías tu marca sobre mi frente, jamás pensé en el mensaje que traías, más precioso que todos los tiempos.
Tu llameante rostro me ha perseguido y yo no supe que era para salvarme / (…) Gracias por apartarme.”
Cuando el hombre acompaña su soledad con los jirones de su ingrimitud surge el poema, bien sea hecho de palabras o de sangre. “¿Quién sabe de la Noche?”, escribe Juan Liscano en el primer poema del libro Nuevo Mundo Orinoco. ¿Quién sabe de la desolación y del abatimiento a muerte, del fracaso absoluto sino quien lo padece?
En el torbellino más negro puede asomar un celaje de esperanza. Por eso me gusta el poema “Beloved Country”, con su arcoiris de sentidos, porque según sea el estado de ánimo de quien lo lee, significa el canto nupcial con el “sí mismo”,  la llama del encuentro con el amado (a), o tal vez el regreso al núcleo de la tierra, o quizás el reencuentro con la palabra que se había negado a regresar al poeta en su abandono:
¡Cuánto tuyo no se desenvuelve como música perdida en mí.
País al que regreso cada vez que me he empobrecido.
(…)
Nunca me has negado tu leche de virgen.
Mi reflujo, mi fuente secreta, mi anverso real.
Ignoro el alcance de tu olor de especia, pero sé que has estado en todos mis puntos de partida, envolviéndome. Oriente solícito, como una ceremonia.
País donde van las líneas de mi mano, lugar donde soy otro, mi anillo de bodas. Seguramente estás cerca del centro.”
Este poema trae el aroma de la raíz con sed de beber en la fuente hundiéndose al centro de la tierra en búsqueda de la  madre, amante, esposa  y alma en desarraigo. Que no otra cosa es estar en este mundo más que un exilio del alma que ha sido apartada temporalmente de la Palabra que la creó.
A la Intemperie

Del poemario Intemperie me cautivan estos versos:
“Hazte a tu nada
plena.
Déjala florecer.
Acostúmbrate al ayuno que eres.
Que tu cuerpo se la aprenda.”
                            (Poemas selectos, p. 68)
La senda hacia la nada que soy  trae a mi memoria los versos sobre la “Nada”  leídos en el libro “La Nueva Tierra” del hombre nuevo (Ediciones Custodia de Tierra Santa, 1977):
La “Nada” es lo más cercano al Ser
y es lo que somos:
somos “Nada”.
La “Nada” está más allá del pensamiento,
ella está por encima del entendimiento.
Por tanto, no se llega a ella por el conocimiento,
sino por la “renunciación”.
Para llegar al Ser hay que dar un salto
          en el vacío,
         ese “vacío” es la “Nada”.
En casi toda la obra de Cadenas hay un  desprendimiento para alcanzar la sabiduría en la más absoluta sencillez (sin pretender ser pedagógico ni moralizante) lejos del culto a la personalidad.  En la flaqueza y sobre todo a través de ella se roza el borde del amor, en la mayor indigencia se siente la intensidad de lo hermoso, ese “diamante incumplido” que se haya detrás del espejismo de la nada.
Amante. Como si no se pudiera respirar, en un ahogo, en asfixia mortal se vive cuando se está lejos del amado(a). Nada interesa al cuerpo, todo es  baratija, remedo de vida cuando él o ella no ama o no sabe que ama:
       “¿Cómo pudiste vivir
de la idea
que la ocultaba,
con un sabor
que no era el de ella,
huyendo
de su aparecer
que era también el tuyo?”                (Del poemario Amante)
Cuando se está lejos de la presencia amada el mundo se desdibuja, pierde peso, se regresa al bosquejo, a aquello en el anhelo presentido. Únicamente importa él o ella, su latido, su respiración. Quien se enamora está dispuesto a traer, como escribe Emily Dickinson “rosas de Zanzíbar / abejas por millas, / desfiladeros azules / ejércitos de mariposas.”  Ningún elíxir calma la sed ni cura el mal; apenas se respira y el pulso se suelta a latir sin concierto porque uno se quiebra y es capaz de lo imposible.  Es el enamoramiento sin correspondencia una semilla de la más loca imaginación, lo imaginario sobrepasa a la realidad, es más atrayente porque no se transforma  en concreciones que suelen no cumplir el ensueño. Muestra de ello la pasión don Quijote por su adorada Dulcinea del Toboso, ejemplo de hermosura y encanto que el propio Quijote inventó  para consuelo de su espíritu fatigado de tanto realismo sin belleza. 
El dolor de la ausencia no desaparece sino con presencia tangible:
         “
Llegas
no a modo de visitación
ni a modo de promesa
ni a modo de fábula
sino
como firme corporeidad, como ardimiento,
           como inmediatez.”                
La realidad a menudo refleja  un solo lado de las cosas, y si nos damos vuelta hacia el espejo, el azogue, con esa terquedad tan lógica de su sino, continuará  revelando tan solo el otro lado del ser. Así también los otros reflejan nuestro rostro empañado por sus ideas preconcebidas sobre cómo se imaginan que somos, o cómo quisieran que fuéramos
.
Nadie nos conoce por entero, ni siquiera nosotros mismos. Sólo existe un ser que en un momento dado es capaz de ver, sentir, saborear y saber cómo somos. Debiera decir, más bien, quienes somos:

   “Eludías / el encuentro / con el tú/ magnífico,/ el que te toma /y te anula como tempestad /y de ti arranca al que busca” (Amante)
El amante se adueña por entero de nuestra imagen  y nos la devuelve intacta, íntegra, plena de toda plenitud. Nos entrega también algo precioso que echábamos en falta, porque antes solíamos ser  el vacío de una ausencia. Después de haber vivido  la experiencia de la otredad salvada y vencida por lo inexorable, el amor, que se revela por encima de cualquier pensamiento, de cualquier medida, el hombre se encuentra íntegro ante sí  y adquiere la “conciencia cósmica que nace de una compenetración del fondo más profundo del individuo con la vida de todos los seres y con el universo”,  esa conciencia a la cual se refiere Rafael Cadenas en el prefacio a su traducción de algunos fragmentos de Walt Whitman (Conversaciones). Y el hombre deja de verse separado porque posa el pie en la experiencia imborrable de ser uno con la vida, de ser vida en la Vida.
No es el éxtasis de los amantes la única vía del encuentro con la totalidad. Recordemos a San Juan de la Cruz: “Sin arrimo y con arrimo / sin luz y a oscuras viviendo / todo me voy consumiendo. / Mi alma está desasida / de toda cosa criada / y sobre sí, levantada / y en una sabrosa vida / sólo a su Dios arrimada”. El fraile Juan florece  en la unión con el Amado. Voluptuosa experiencia irreversible,  “restaurada inocencia”, florecimiento “en un abismo”, el abismo del ser. Cadenas invita a Vivir /
en el sabor de ser.
Y nos  hace una confesión: “Sólo he conocido la libertad por instantes, cuando me volvía de repente cuerpo.” Manera de decir, con prontitud de lenguaje, haber encontrado un rostro ajeno que lo refleja y le permite ser con absoluta libertad,  porque decir cuerpo es decir un  todo, es no estar escindido en esas incómodas, a veces penosas categorías del cuerpo y el alma. Versos que ya son míos y de todo aquel que sea tocado por ellos. Palabras que conducen al resplandor, magnífico y terrible, de entregarnos al abrazo del origen: “Y ella lo obligó a la más honda encuesta, / A preguntarse qué era en realidad suyo. /Después lo tomó en sus manos /Y fue formando su rostro / Y lo devolvió a los brazos del origen.”   (Amante)
La importancia del lenguaje
En 1984 Cadenas escribe: “(…) La situación de deterioro que he descrito de manera muy sucinta tiene graves consecuencias para el venezolano. El desconocimiento de su lengua lo limita como ser humano en todo sentido. Lo traba; le impide pensar, dado que sin lenguaje esta función se torna imposible; lo priva de la herencia cultural de la humanidad (…) lo convierte en presa de embaucadores, pues la ignorancia lo torna inerme ante ellos y no lo deja detectar la mentira en el lenguaje” (…) Nunca como hoy tiene  validez esta aseveración, cuando la falsedad  se extiende en casi todos los ámbitos.
Estamos ante  una de las reflexiones más importantes contenidas en este libro. Un lenguaje deficiente y empobrecido hace a un pueblo “presa de embaucadores” y esclavo de su ignorancia. Vienen a mi memoria las palabras del profesor de Fonética Higgins, personaje de la obra Pigmalión de George Bernard Shaw,  quien se expresa amargamente de la joven que vende flores en la calle, pobrísima y sin esperanzas como es la condición de un cada vez más numeroso contingente de niños, jóvenes y ancianos en nuestra maltratada ciudad de Caracas. El profesor Higgins se conduele por la desastrosa manera de hablar que la mantiene en la miseria y asegura que si tuviera ocasión de enseñarle a expresarse correctamente, la joven se convertiría en una dama capaz de ser la dueña de una floristería. No es asunto de afincarse en el sentido utilitario de dominar una lengua, más bien se trata del espanto que causa el  desdén por aquello que nos es más nuestro: el lenguaje. No amarlo es dejar de amarnos a nosotros mismos.
No hay distancia entre el acto y la palabra. Las acciones más nobles y las más ruines, se fraguan primero en la relación que establecen las palabras en nuestra mente. Nunca dejan de estar en conexión. Hemos visualizado una fenomenología del contacto que jamás podríamos aprehender si carecemos de la conciencia de la indisolubilidad entre lenguaje y hechos, entre solidaridad de palabra y solidaridad de sentimientos, entre sincronicidad del habla y simultaneidad de actos.
En la simple o complicada solidaridad que establecen las palabras en nuestras cabezas, conformando una ética, una estética, una costumbre o cualquier cosa, se crea la silueta inicial de un sistema o de un contra-sistema: nosotros. Nuestra visión del mundo se produce en ese espectáculo oculto de palabras y sentimientos que se escenifica no sabemos en qué parte de nuestro ser.
         Las distintas maneras de aproximarnos a la Totalidad, siempre terminan por traducirse en palabras. A la letra tiene que acudirse hasta para conformar el sonido del llanto o de la risa. Nadie puede zafarse de esa ilación. Todo cuanto pensamos, decimos y hacemos, todo cuanto deseamos transcurre en la sintaxis, se desarrolla en ese teatro íntimo del entrelazarse  unas frases con las otras. Sencilla o compleja, esa condición amiga de las palabras enciende el mundo de relaciones entre los seres humanos y las cosas. Pareciera como si el lenguaje fuera autónomo, una fuerza que lo impulsa todo. Funda al mundo, lo critica, abre y cierra sus puertas, lo dignifica o lo envilece.
         De la relación que establecen las palabras, los sentimientos, las acciones y el tiempo, depende lo lírico o no, la mueca o no, de las formas de la sociedad. Sabemos que esa relación puede convertirse  en una casa de trampas, en una encrucijada de perniciosidades que trafica, en plena letra y en pleno corazón, con la desesperanza. Si no aprendemos a vivir la relación de manera oficiante, bien sea disidente o armoniosa, pero siempre testimonial y apasionada,  se nos convierte en una tiranía. Tiranía de los sentidos y significados establecidos a conveniencia de los poderosos, tiranía de mentiras que se convierten en pretendidos  valores instituidos por la norma,  tiranía de los antivalores que quieren sustituir a los valores.
        
        
El instante perpetuo de la extrañeza
“Aunque lo hayamos declarado inexistente, el misterio es una gravitación poderosa; se hace sentir por ráfagas, que sofocamos, ráfagas que dejan en los ojos una sal de abismo, ráfagas que nos hienden y nos dejan expuestos, en la extrañeza.” Dichos, Rafael Cadenas
Vivimos inmersos en el misterio, es una evidencia que nos sale al paso, aunque Cadenas diga que dejamos de sentirlo en ese   “olvido necesario que nos inserta en la vida corriente”. No sé tú, dice la canción de Manzanero, pero a mí me sucede con frecuencia que me siento como si el ambiente en el cual me muevo fuese un mar habitado por toda clase de cosas extraordinarias. Ante los asuntos más nimios, ante los sucesos  cotidianos, algo le ocurre al espíritu, algo más allá del pensar, el alma está suspendida. Se va y se queda, levita en un gozo pequeñísimo en el instante de la extrañeza.
Nada sucede  misterioso o fantástico, es en lo “natural” donde ocurre la extrañeza. En esa soledad de lo entrañable surge el impulso de atrapar lo que me toca, huye y se escapa en su roce con alguna revelación. Sobreviene el instante de la extrañeza, “en el imposible contorno de lo que está hecho de fugacidades” (Cintio Vitier, La luz del imposible) Las cosas inquietan su apariencia familiar, todo se transforma  en un “estar aquí desde allí, ser allí desde aquí” (idem), y en ese estado surge la interrogante, encallando en lo que es la esencia “de lo que, en nosotros, interroga” (ibidem) y emerge  del abismo del devenir. Es la solubilidad completa en lo otro, en el juego abierto (a veces cerrado) de la alteridad. 
Sin querer concluir llego al final de  estas notas con unas líneas tomadas del libro Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística, que  bien podrían resumir el pensamiento sobre Dios, el hombre y el mundo  de  Cadenas:
“Pero nuestro mayor rango tal vez sea esta imposibilidad, este no saber, esta derrota perenne. Nuestro verdadero linaje es el enigma. Somos eso (…) La palabra Dios es un emblema del misterio absoluto, que nos constituye y que por eso mismo me rehúso a ver como lo totalmente otro (…) De ahí nuestra soledad. En nuestra infinita morada, nadie contesta. ¡Gran herida este silencio! Terrible paradoja. Lo tan nosotros desconocido no responde. Es una especie de energía que opera desde dentro de todo, impersonalmente, sin más voz que su incesante obrar.”

Carmen Cristina Wolf, 2006

carmencristiwolf@cantv.net

Ver Portal en http://carmencristinawolf.lalupe.com

Poesía de SiempreDecember 16, 2006 5:01 pm

Carmen Cristina Wolf

Aquí encontrarán crónicas de este vivir a veces complicado, otras veces sencillo, depende de la óptica con la cual se miren las cosas. Contiene experiencias y notas sobre libros que nos acompañan en nuestra mesa de noche. También acerca de nuevos poetas, narradores, filósofos, ensayistas, periodistas… Entrevistas y… misterio. Sin olvidar las obras de arte y los cuentos para niños pequeños y grandes, como yo.

Colaboradores:

  • Lidia Salas
  • Carlos Armando Figueredo
  • Astrid Lander
  • Enrique Viloria Vera
  • Magaly Salazar Sanabria
  • Sergio Pascual (Basílides)
  • Edgar Vidaurre
  • Alejo Urdaneta
  • Eduardo Casanova
Poesía de Siempre 1:50 pm
Astrid Lander
Transito con ella por un celeste Camino de Santiago, con su morral de poemas y de sueños. Astrid Lander, autora de los poemarios "La distancia por dentro" y "SE ES", presentó recientemente la Antología de Versos de Poetisas Venezolanas; realizó el montaje plástico "^Poemas en Cuadros", una idea original de exponer poesía en un salón de arte; es creadora de Areté Editores, organizó el Primer Festival de Poesía venezolana para la Unesco. Su obra se reseña en la Antología Poética del Círculo de Escritores de Venezuela, Quienes escriben en Venezuela y  El Hilo de la Voz. He aquí unos versos de "Perspectivas del alma", tomados de su página

Hacer un Camino como se hace un Poema


Sola
por un sendero estrecho.
Sólo lo pasa uno solo.
Nadie delante ni detrás.
Y mi sombra se agiganta
enfrentándome a espaldas.
Sigo flechas amarillas
para no perderme
para salir de mi extravío.
Cuán difícil retomar la vuelta
la orientación
aquietar la aguja de la brújula.
Si te despistas temes.

Alto del Perdón

Al culminar el ascenso
piedras y lodo, piedras y lodo.
Quitar el fango de las suelas
que añade peso a los pies.
Soltar los ídolos de barro
que reniegan.
Me trenzo del zapato derecho
la iniciación
absuelta
restaurada al origen
cuando éramos dios de Dios.


La conversión

Allí en el Camino reconocí
la dificultad de la castaña
los demonios
para rezarlos.
Cuesta abajo
el descenso es más tortuoso.
Te persignas
y pasas
no los viñedos ni los olivos
más allá de la uva y la aceituna.
Vivir y punto.
De por vida.

Selección de Carmen Cristina Wolf, Cuadernos de poesía 2006
Poesía de SiempreDecember 13, 2006 8:04 pm

 Prólogo: Relato en diálogo de amores

 

“Ensimismada en mi misma
Amantando el deseo

 

Un nacimiento en la muerte
Este lamento, esta señal
Que ya no es para nadie

 

Por mi cuerpo transcurre ya
Lo eternamente venidero
Hacia el centro de mi rosa

 

Ahora yo también te reconozco sentada
Sobre esta huella muerta
Roja y abierta”.
“Pero no era tu voz lo que yo anhelaba… alma de mi alma! sino la forma de tu pie, la huella que me marca el camino
donde me espera la respuesta”

 

“Cuál de los dos fue capaz de amar?”
Porque nosotros, los natos, los exiliados y circunscritos a la prevalencia de esta dimensión existencial, muy duramente desprendidos del todo acogedor; hemos elegido este incomprensible dolor; y parodiando a Salomón: no escogimos nacer a esta vida para ser felices. La felicidad en esta vida es posible; además es nuestro derecho y bienaventuranza el alcanzarla. Pero, no es ella la respuesta. Nuestra existencia consiste en lograr otra inefable historia de amor. Hemos asumido lo sensorio para lograr ser la auto conciencia de Dios y a través de semejante tránsito, luchar paso a doloroso paso, el arribar a la sabiduría del amor: ese, creador, indiscriminado, constante, sin bien o mal como premisa, siempre vinculante.

 

Añorado Elam: universal consuelo sin palabras de nuestros omnipresentes encuentros. Lucha humana nuestra, llamada gracia o poesía. Y poemario este, jamás excluyente de las dudas, consuelos manejados como apoyos, revelaciones y tanteos sin carecer jamás del inaudito arrojo del ser, mientras este permanece en el iluso límite del ego; ofreciéndonos las trascendentes respuestas o epílogos a lo que siempre somos: inquisitivos exploradores de lo incógnito. Y con dubitable humildad, ni aún durante la reanudación de la ley que nos imponen las rupturas y sus casi obscenos desgarros, nos convertimos en testigos excepcionales de la indescifrable bondad del Universo en su continuo reto (casi siempre llenos de pena) de la constante sagrada creación de vida.

 

Recordemos el valiente poema de Job, el cual, llaga tras llaga, requirió razones a lo inescrutable ¿no es acaso esta mítica hazaña, la misma ahora planteada por Edgar en pleno siglo XXI , bajo la forma de cantares sobre el manso y conmovedor, casi sobre humano lamento de Ariadna, y ¿no menos trágico al de Teseo, cuando acompañado con el amor debido a su generoso prestigio viril, cual Job, fue relanzado en su ya logrado victoriosamente  tránsito laberíntico, a la única salida posible? una suerte de su propio grial, con la gran fortuna para todos nosotros de proveernos esta vez, de un insólito sostén poético. Ya se, que en vista de la introducción parece redundante, pero no lo es.
 
La poesía es siempre una historia de amor.¡Que virilmente sensual es esta que se nos expone hoy!. Una historia que es palabra tras palabra, tal y como es el amor: valiente, maternal con expectante reciedumbre esencial, y apenas contenido arrebato, que le aproxime a la comprensión y demanda humilde de lo amado, ¡y no mide las consecuencias¡

 

Describe el recorrido del amor, desde su primer obligatorio plano sensible y terreno y en consecuencia, trenos de la carnación inexorablemente unidos al “Aurea Catena” (o ánima inevitable) que siempre integran los laberintos. El poeta pues utiliza limitándolo a recurso técnico, el arquetipo del laberinto para instrumentar la travesía. Dentro de él ( el laberinto ) todos los pasajes son estrechos, claustrofóbicos, quimeras y promesas siempre riesgosas, sin detectable objeto alguno que oriente; semejando así, eventos truncos para aquellas personas que no alcanzan a comprender su trascendencia, ni aún el proyecto final que aguarda a cada particular aventurero, siendo en realidad este peregrinaje un plan perfectamente diseñado  hacia el centro del laberinto en el cual nos aguarda el hallazgo vital: “El silencio de la propia conciencia, donde habita nuestro ser y todos somos uno”, conteniendo así las respuestas a nuestra incredulidad y confusión.

 

El laberinto como la poesía, utiliza cada insignificante y desdeñable acontecer como alegoría de lo inmensurable; cada espacio y tiempo de pasadizo incomprensible es una referencia a la ausencia de los mismos. La poesía es el único idioma que descarta la palabra (así como el laberinto aparentemente ignora los materiales que le construyeron como realidad visible, y al tiempo necesario para su recorrido lo considera intrascendente, además su aparente desciframiento pareciese dejarle indiferente. También la poesía descaradamente hace caso omiso de la palabra, simplemente obviándola, para luego paradójicamente hacernos conocer meticulosamente “su centro”: la sabiduría de lo intraducible a través del Lógos.

 

Decía que esta historia describe el inicio del recorrido del amor, utilizando la osadía del laberinto como mítico recurso desde aquel primer nivel sensible, hasta obtener aquel ya trascendido, donde logra en pleno pléroma cósmico su consumación. Hazaña de triunfante culminación; justo allí: donde la falaz otredad, lo que deseamos poseer por ajeno, lo témporo- espacial es considerado con inquietud circunstancial como una amenaza, tal vez incluso la del no logro victorioso de lo amado; se diluye, fundiéndose en abrazo abarcante sin fisuras que interrumpan el deseo, y entonces el amor, ya esta vez en plena conciencia de su verdadera naturaleza, nos revela su, y nuestra verdad…..Y ya no somos lo que creímos ser; sino lo que siempre fuimos: Almas enamoradas en tránsito continuo

 

Todos tarde o temprano, recorremos el laberinto vital de la conciencia; cuya única respuesta es el amor (amor erróneo, equívoco o bien expresión de un corazón sin mancillas), Y siempre es la poesía nuestra redención. Bien o mal transitado, hallado o no su centro, fundidos o confundidos con su respuesta, siempre acontecerá la mística transformación. Aún cuando la vinculación no nos sea prescindible, porque al nacer elegimos padecer voluntariamente o no, lo irrevocable de tamaña ley, escogimos las rupturas- separaciones, asumiendo en lo profundo semejante paso ó peso de penas  ¿Qué responderemos a ella? Nada prevalecerá cuando la poesía se hace palabra. Conversión o lamento de Job, de Teseo, de Ariadna, de mi hermano, del tuyo, del mío

 

Escrito por Ruth Vidaurre, poeta y ensayista venezolana. Graduada en Psiquiatría y Psicoanálisis

 

 

 

CrónicasDecember 12, 2006 2:17 pm

El 4 de noviembre de 2006 asistimos a la puesta en escena de El Parto, que obtuvo la Mención de Honor del Premio de Dramaturgia José Ignacio Cabrujas otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela. Bajo los auspicios de La Máquina Teatro bajo la dirección de José Tomás Angola,  fue dirigida por Frank Ziccarelli y actuaron Sonnigé Reina, Patricia Fusco y Gabriel Calderón con la participación de  Enrique Bravo en la música incidental.
La obra, publicada en el 2005, se inicia con una nota preliminar de la autora que lleva un epígrafe de George Wellwarth: “La técnica que exagera determinados aspectos de lo real para poner en evidencia su absurdo es la llamada técnica de la paradoja”. Y a continuación, Helena se refiere al mito de Pallas Atenea, concebida de la cabeza de Zeus, en quien se resume todo el saber y la “capacidad organizativa propios del padre de los dioses”. Ella reivindica la feminidad maltratada durante siglos y redime a la humanidad de uno de sus peores males: la necedad, llamada también estulticia, que no es otra cosa que no comprender, no saber y creer que se sabe. Un hombre del común aparece como Parturiente, pues ha sido “elegido” por los dioses para dar a luz a una mujer que “luchará contra el desorden –-Efestos—para limpiar la sociedad e iniciarla en el ejercicio de la justicia.” Este hombre insignificante, es decir, carente de signo, ha penetrado en las contradicciones y en la crueldad de una sociedad regida por mujeres, que por natural reacción ante los atropellos sufridos por la predominancia del varón, ha caído en los mismos vicios que conlleva el abuso del poder.
La obra teatral existe en dos planos: el del texto y el de la representación. El texto dramático primero es literatura. En él intervienen la lingüística, la psicología, la sociología, la obra como testigo de un suceso individual o colectivo, como espejo crítico de la vida. Y la transformación del concepto teatral, le otorga gran importancia a la puesta en escena, que enriquece y complementa al texto.

La atmósfera de la obra es impresionante debido al absurdo de presenciar a un hombre sufriendo los dolores de parto, acompañado de dos mujeres, una de ellas médico y la otra enfermera, que tratan al paturiente, la una con desprecio y altanería, la otra, con cierta lástima y amabilidad a este. La lucidez del discurso del hombre revela el análisis de una realidad siniestra, en la que los varones se han dejado convertir en esclavos, títeres del poder femenino, usados como bancos de semen, pues ya las féminas no se interesan por el contacto físico con el varón: es una sociedad lésbica. En un régimen que emula los más trágicos episodios del nazismo, las mujeres “eliminan” a los enfermos, débiles y ancianos, sometiendo a hombres y mujeres a una férrea represión. Los diálogos entre las dos mujeres y el parturiente revelan que todas las promesas de reivindicación para con los débiles y los pobres fueron falsas. El movimiento de liberación femenina, tan necesario y reivindicativo en sus etapas iniciales se ha distorsionado al punto de repetir los excesos y el irrespeto  de la sociedad machista de antaño.
         En la primera parte de la obra una atmósfera gélida toma la escena de hospital urbano. Con los paraguas  se cuela el absurdo, que alcanza su cúspide dramática en el oximoron del parto de un hombre. En la segunda parte, la música en primavera se hace mujer. Ella toca lo sensual, la provocación, una pizca de porno gestual que pincha el contexto insolente. La curiosidad y el deseo hacia el otro sexo, así como un cierto desvelo maternal hacia el desgraciado tipo que ha parido, se interrumpe con un vendaval que deja entrar el terror y  se adueña de la voluntad de los personajes.

El parturiente se entera a través de las noticias, de que se habla de un “parto de la Inteligencia”. El “Elegido” ha dado un golpe de Estado y va a hacer justicia en contra del orden establecido que cometió tantos crímenes, tales como asesinar a los animales porque eran sinónimo de sentimentalismo y debilidad, y ya no existían niños porque las mujeres no querían parir. Se dice que los castigos serán espantosos. La enfermera en un rapto de lucidez dice:
¿Cómo pudimos olvidar el amor y los hijos del amor? ¡Oh, la madre cruel que aniquila la maternidad. (…)
La radio informa que ha nacido de varón una segunda Pallas Athenea que se encargará del nuevo orden. El hombre intuye su trágico final.  Todo apunta a que se cometerán nuevos crímenes bajo la bandera de la justicia. El varón “insignificante” y parturiente, entiende que la hija lo sacrificará porque nunca creerá que nació de él. Decide quitarse la vida antes de que lo asesine el nuevo régimen.
         Esta obra de una lucidez desgarradora, plantea los horrores del poder absoluto, cuando el resentimiento y la soberbia lo animan. Esperamos una reposición de El Parto, una de las obras más notables que se han presentado en los últimos tiempos.
Carmen Cristina Wolf
carmencristiwolf@cantv.net
http://literaturayvida.blogsome.com/

Poesía de SiempreDecember 10, 2006 12:46 am

TEATRO OCULTO DEL LENGUAJE

Por el placer de comunicarme con usted sin importar que esté presente o no, me siento a escribirle esta nota que,  a buen seguro, más que captar su atención, me entretiene a mí, y me encanta escribir.
En la simple o complicada solidaridad que establecen las palabras en nuestras cabezas, conformando una ética, una estética, una costumbre o cualquier cosa, se crea la silueta inicial de un sistema o de un contra-sistema: nosotros. Nuestra visión del mundo, sea  fragmentaria o comprehensiva, se produce en ese espectáculo oculto de palabras y sentimientos que se escenifica no sabemos en qué parte de nuestro ser.
            Las distintas maneras de aproximarnos a la Totalidad, siempre terminan por traducirse en palabras. Por eso disfruto la lectura de sus Apuntes sobre an Jaun de la Cruz. A la letra tiene que acudirse hasta para conformar el sonido del llanto o de la risa. Nadie puede zafarse de esa ilación. Todo cuanto pensamos, decimos y hacemos, todo cuanto deseamos transcurre en la sintaxis, se desarrolla en ese teatro íntimo del entrelazarse  unas frases con las otras. Sencilla o compleja, esa condición amiga de las palabras enciende el mundo de relaciones entre los seres humanos y las cosas. Pareciera como si el lenguaje fuera autónomo, una fuerza que lo impulsa todo. Funda al mundo, lo critica, abre y cierra sus puertas, lo dignifica o lo envilece.
            De la relación que establecen las palabras, los sentimientos, las acciones y el tiempo, depende lo lírico o no, la parodia  o no, de las formas de la sociedad. Sabemos que esa relación puede convertirse  en una casa de trampas, en una encrucijada de perniciosidades que trafica, en plena letra y en pleno corazón, con la desesperanza. Si no aprendemos a vivir la relación de manera oficiante, bien sea disidente o armoniosa, pero siempre testimonial y apasionada,  se nos convierte en una tiranía. Tiranía de los sentidos y significados establecidos, tiranía de los valores instituídos por la norma,  tiranía de los antivalores que quieren sustituir a los valores.
            Cuando uno siente que la vida es sagrada en todas sus manifestaciones, por darle un nombre que nos otorga la dimensión de todo lo que no es negociable, cuando tenemos la impresión de caminar por la tierra como si fuera  el templo de la Totalidad, pareciera que imposible ser mezquinos. ¿Cómo podríamos dañar el recinto del Ser? 
            No hay distancia entre el acto y la palabra. Las acciones más nobles y las más ruines, se fraguan primero en la relación que establecen las palabras en nuestra mente. Nunca dejan de estar en conexión. Hemos visualizado una fenomenología del contacto que jamás podríamos aprehender si carecemos de la conciencia de la indisolubilidad entre lenguaje y hechos, entre solidaridad de palabra y solidaridad de sentimientos, entre sincronicidad de hablas y simultaneidad de actos.
                                                                       ***
            “Un día danzo en la luz y otro en la sombra”,  escribe Miguel Serrano en “Las visitas de la Reina de Saba”. La luz y la sombra que vemos afuera, están igualmente dentro de nosotros. Los diferentes ritmos de las cosas son la urdimbre, entreverada con la trama de  millones de instantes en movimiento. El lenguaje también está inmerso en el ritmo: sonido-silencio, sonido-silencio, y así.
            Si hacemos caso a nuestro ritmo vital , al del cuerpo y al del espíritu, (esta dicotomia, totalmente anacrónica, es muy ilustrativa), probablemente estaremos en paz.  Vivimos inmersos en el misterio, esa “evidencia tan contundente como la realidad misma”,  y esta constatación es cada vez más frecuente, aunque usted diga que dejamos de sentirlo en ese   “olvido necesario que nos inserta en la vida corriente”. No sé tú, como dice la canción de Manzanero, pero a mí me sucede con frecuencia que me siento como si el ambiente en el cual me muevo, fuese un mar habitado por toda clase de cosas extraordinarias. Hasta un abanico  es algo extraordinario. Diga usted si no.  Ante los objetos más corrientes, ante los sucesos más cotidianos, algo le ocurre al espíritu, algo más allá del pensar, el alma está suspendida. Se va y se queda, levita en un gozo pequeñísimo en el instante de la extrañeza.
Nada sucede  misterioso o fantástico, es en lo “natural” donde ocurre la extrañeza. En esa soledad de lo entrañable surge el impulso de atrapar lo que me toca y huye y se escapa en su roce con alguna revelación. Sobreviene la extrañeza, en el imposible contorno de lo que está hecho de fugacidades. En un solo instante las cosas inquietan su apariencia familiar, todo se transforma  en un indisoluble estar aquí desde allí, ser allí desde aquí, y en ese estado surge la extrañeza interrogante, encallando en lo que es la sustancia de lo que, en nosotros, interroga, latiendo en el fondo del devenir. Es la solubilidad completa en la otredad en el juego abierto (a veces cerrado) de la alteridad.   (Las  citas en cursivas son de Cintio Vitier, La luz del imposible).  
 Sobre lo que hablábamos hace algún tiempo sobre  la situación del país, pienso que algo muy bueno está sucediendo: una parte importante de la sociedad está reaccionando con fuerza para enfrentar los excesos del poder. Hoy tengo más fe que ayer, se esta formando una conciencia del riesgo de dejarnos ir por la inercia. El peligro estaría en caer en la tormenta de la ira o la desesperanza: es una embarcación que conduce al abismo.
Afectísima,
Carmen Cristina Wolf, 2006