Por Carmen Cristina Wolf
“La poesía pertenece a lo más íntimo, lo más sagrado, lo más tembloroso del hombre; no es asunto de frases bonitas (algunas veces es todo lo contrario)”. Rafael Cadenas, entrevista publicada en El Nacional en 1966
Estas notas que ofrezco son una reflexión muy personal en torno a la visión poética en la obra del venezolano Rafael Cadenas. Trazar algunos rasgos sobre su poesía es asomarse a su alma. La lectura de sus poemas, escritos y entrevistas requiere un ejercicio de templanza para el espíritu. A la mano tengo la Obra Entera Poesía y Prosa 1958-1995 del Fondo de Cultura Económica 2000; la Antología de Monte Avila Editores Latinoamericana 1996; los Poemas selectos de bid & co. editor 2000, un libro hermosamente pensado que contiene buena parte de mis versos favoritos, las primeras ediciones de En torno al lenguaje, Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística publicados por la Universidad Central de Venezuela; Dichos editado por La Oruga Luminosa; Walt Whitman Conversaciones, de Monte Avila Editores Latinoamericana.
Comienzo haciendo mío este párrafo escrito a Rilke por Lou Andreas-Salome en 1914: “(…) empecé a vivir con el poema mismo, pues en los primeros momentos su sentido objetivo me subyugó demasiado como para poder hacerlo. Y ahora lo leo, o mejor, no paro de recitármelo a mí misma. Hay en él como un reino recientemente conquistado, todavía no se distinguen bien sus fronteras, se extiende más allá del espacio que se puede recorrer en él; se lo adivina más amplio (…)” (del libro Correspondencia, Hesperus 1989).
Así suele suceder con los poemas de Cadenas: son algunos de ellos una pluma de ave que penetra sin ruido en mi ventana, otros rasgan silencios a tambor batiente, mas cada uno conduce a un reino de significaciones, y cuando creo haber agotado su sentido surge otro y otro; es una poesía que mueve los cimientos de lo habitual y me lanza hacia las profundidades del misterio que soy.
El personaje
A pie descalzo y con un candil en lo oscuro leo a los poetas cuyos versos dejaron de pertenecerles para volverse míos. Cadenas, estará acostumbrado a ser “elucidado, disecado, menguado, enriquecido, exaltado y maltratado”, haciendo valer las palabras que escribe Paul Valéry sobre sí mismo en el Prólogo al Cementerio Marino. Por esta razón no quiero hablar de ese hombre pausado, de caminar distraído, a quien podemos encontrar subiendo la escalera hacia la Librería Macondo, o bajar los peldaños hacia Lectura, El Buscón o Alejandría. No me atrevo siquiera a asomar algún sesgo de su forma de ser, él que se confiesa aprendiz, siempre joven ante el hallazgo que es la vida. Dejo constancia de que a veces saluda con una secreta alegría y en ocasiones me parece que mira pero no me está viendo y hace un esfuerzo por saludar, como si no estuviera allí. Me pregunto entonces, ¿estará enojado, habré sido descortés? Otro día vuelvo a encontrarle sentado en un quicio a la espera de que abran las puertas de algún teatro y nuevamente sonríe enigmático, jovial, y sus ojos café se vuelven claros como el color de su portafolio de cuero. Vuelven a mi memoria unas líneas que leí siendo muy joven:
(…) “él había pensado más que otros hombres, poseía en asuntos del espíritu aquella serena objetividad (…) y sabiduría que sólo tienen las personas verdaderamente espirituales a las que falta toda ambición y nunca desean brillar, ni convencer a los demás, ni siquiera tener razón” (…) (El Lobo Estepario, Hermann Hesse). No sería impensable agregar que Rafael Cadenas es un personaje absolutamente distinto para cada uno de los seres humanos que le conoce; permanece siempre a contraluz, en los límites del misterio, transformándose día a día según crece su obra y se amplía su comprensión amorosa hacia el ser humano. Es lo que percibo en su poesía y siento que ninguno de sus poemas es prescindible, cosa poco frecuente en la obra de la mayoría de los escritores.
Su estar en el mundo crea la sensación de sentirse en paz consigo a pesar de las corrientes subterráneas. Gente que lo conoce y lo aprecia suele decir que hay que sobreponerse a esos silencios suyos y armarse de valor para osar romperlos. Él es un postigo entreabierto, un vértigo hondo de presencia, tan dado a marcharse y regresar intacto más cercano cuanto más distante. Atravieso las páginas de sus libros y me dejo caer en el vacío, al fin y al cabo, según uno de sus poemas “Florecemos / en un abismo.” En vez de elucubrar o suponer, prefiero atenerme a sus propias palabras, tomadas del libro Entrevistas (e. La Oruga Luminosa, 2000) y de recortes de prensa. En Últimas Noticias el 26/06/02, a la pregunta ¿Cuál es su forma expresiva? él responde: “Escribo poemas en prosa” Acerca de sus influencias, dice: “Durante un largo período la influencia principal fue de poetas franceses como Michaux, Rimbaud, Char. Después volví a la forma del verso libre.” (…) “De la India más que su literatura me ha interesado su filosofía clásica, el pensamiento que parte de los “Upanishads”. También adivino en su obra lejanas reminiscencias de la lectura de Lao Tse, Chuang Tzu, Li Po, Allan Watts.
Ante la interrogante sobre si la poesía debe tener o no un mensaje ideológico o religioso, Cadenas responde: “No. Lo que pasa es que lo que el poeta piensa se trasluce en lo que escribe. Si uno piensa en grande, figuras como Dante, uno sabe que detrás de su poesía había un pensamiento filosófico, el de Tomás de Aquino. En el caso de Shakespeare se ha señalado sobre todo la influencia de los estoicos, especialmente de Séneca (…) Hay un vínculo entre filosofía y poesía aunque no se deben confundir” (…).
En Conversaciones, traducción realizada por Cadenas a una selección de notas de Walt Whitman (Monte Ávila Editores Latinoamericana 1994), se lee este fragmento de Whitman: “Bueno, está muy bien la cadencia, sí bastante bien; pero hay algo anterior, más imperativo. Lo primero que se necesita es el pensamiento (…) Soy muy reflexivo, me tomo mucho trabajo con las palabras (…) lo que persigo es el contenido, no la música de las palabras.” En este aspecto coincide la escritura de Rafael Cadenas. No se pueden leer sus versos de un solo tirón, cada cuatro o cinco palabras parece imperioso detenerse y buscar dentro de sí alguna resonancia.
Ahora me voy en vuelo rasante a través de los libros de Cadenas.
Desde Una isla a un destinatario desconocido
En el poemario Una isla el joven Cadenas escribe en 1960:
“Si el poema no nace, pero es real en tu vida,
eres su encarnación.
Habitas en su sombra inconquistable.
Te acompaña
diamante incumplido.”
Una existencia vivida con autenticidad puede más poética que el poema mismo. “Una isla” se forja desde esta reflexión sin ser una escritura de tinte filosófico; emerge en la matriz luminosa del mar y ese esplendor acompaña casi todos sus poemas. Plantea la paradoja de la realidad y el lenguaje que la nombra, hasta el punto de considerar la existencia del hombre como una “sombra inconquistable” de lo real, que es el poema. Lo cual nos pone ante los ojos el viejo interrogante de si la palabra crea las cosas o éstas surgen antes que el lenguaje. ¿O son simultáneas? La esencia de todo es la palabra y el origen de todo es el lenguaje. Me reconozco cautiva de los primeros versículos de Juan evangelista: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios” (Juan, 1, 1-2). Lo visible no es sino una sombra de aquello que ES, el poema supremo de Sí mismo.
Cuando se vive en una isla arrojado al desarraigo como vivió Cadenas durante su exilio en Trinidad durante los años de 1952 a 1956, se está uno sometido a la caricia o a la garra, luces y sombras, doble visión que viene de lo alto y se refleja en las aguas. Por eso la luz sale a raudales de este poemario: “Muelle de enormes llamas / Navíos que viajan al sol / (…) Ciudad de corazón de árbol / (…) La luz golpea mendigos / (…)”
Entra a raudales el resplandor de un personaje femenino en la significación polifónica de estos versos: “tú entras en la luz (…)
tú comienzas a recorrer el tiempo como un licor (…)
tu cuerpo es un arrogante / palacio / donde vive / el / temblor.”
La pasión todo lo transforma y convierte la cárcel en libertad, porque cuando somos libres y estamos bien, poco nos damos cuenta de ello y se nos pasa la vida sin pena ni gloria, aferrados a la rueca de los hábitos que nos convierten en máscaras de mueca inmóvil:
“El amor nos transforma… el pobre carcelero se creía libre porque cerraba la reja, pero a través de ti yo era innumerable. (…) El amado pronuncia el encantamiento que cubre una zozobra”. Mas el poeta advierte que nada en este mundo es para siempre y hay que dejar partir al tiempo, ese administrador ciego formado de millones de instantes en movimiento: “ No hay luz que nos enlace (…) nuestras fiestas convertidas en fogatas / que avientan su ilusorio mediodía.” En el exilio los pequeños detalles salvan de la desolación, aun en la más triste de las separaciones: “El exiliado deplora las patrias / Rehuye escisiones. Se encamina hacia el instante.” Siempre lo acompaña un diamante incumplido: la libertad de poetizar.
En esta obra veo una observación frecuentemente rigurosa del espíritu de quien escribe, así como de los pequeños sucesos cotidianos, por ejemplo escuchar las voces de los niños de la casa o salir a comprar el periódico. Encuentro una síntesis de la existencia y su valoración, una visión del hombre acerca de sí mismo, de sus vivencias, una conmovedora comprensión de sus propias marchas y contramarchas. Visión que siempre será parcial, pues ningún ser humano puede aquilatar la dimensión del ser que es infinita.
Los Cuadernos del destierro
“Busca tu alma, ámala, tócala, cultívala”, escribe Rimbaud en su Carta del Vidente. Se siente en la poesía de Cadenas a un ser que se adentra en profundidad en su condición más íntima y la desviste de eufemismos:
“Yo, envés del dado, relataré no sin fabulaciones mi transcurso por tierra de ignominias y dulzuras, rupturas y uniones, esplendores y derrumbes.” (Del libro Los Cuadernos del destierro 1960). Observar sin velos la caída de sus propias máscaras es desear imperiosamente “ver” su verdadero rostro. ¿Quién soy, cuál de mis yoes es el que es, será que me perdí y no volveré a encontrarme?
“(…) Un día comenzó la mudanza de los rostros (…) todos escenificaban una danza de posesos sobre mis hombros (…) Mi rostro ¿dónde estaba? Debí admitir, tras dolorosa evidencia, que lo había perdido.”
Revela el desconcierto de quien despierta en una irrealidad habitada por cientos de espejos deformantes y no sabe cuál de todas esas imágenes es la verdadera. Los Cuadernos del destierro producen un vértigo espantoso. Después de leerlos no volveremos a ser los mismos jamás. Me hacen pensar en las palabras de Rimbaud en su Carta del Vidente:
“El primer estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento, entero; busca su alma, la inspecciona, la tantea, la aprende. En cuanto la conozca, ¡debe cultivarla! (…) El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desajuste de todos los sentidos. ”(…)
Falsas Maniobras
Cuando he vivido la experiencia de un fracaso me siento más cerca que nunca de encontrarme. De los triunfos poco aprendí, ellos me alejaron de lo insondable que se esconde más allá de la apariencia. Por eso me conmueve el poema Fracaso del libro Falsas Maniobras. Es la extraña y honda hermosura que siento en unos versos traspasados de lucidez: “Cuando ponías tu marca sobre mi frente, jamás pensé en el mensaje que traías, más precioso que todos los tiempos.
Tu llameante rostro me ha perseguido y yo no supe que era para salvarme / (…) Gracias por apartarme.”
Cuando el hombre acompaña su soledad con los jirones de su ingrimitud surge el poema, bien sea hecho de palabras o de sangre. “¿Quién sabe de la Noche?”, escribe Juan Liscano en el primer poema del libro Nuevo Mundo Orinoco. ¿Quién sabe de la desolación y del abatimiento a muerte, del fracaso absoluto sino quien lo padece?
En el torbellino más negro puede asomar un celaje de esperanza. Por eso me gusta el poema “Beloved Country”, con su arcoiris de sentidos, porque según sea el estado de ánimo de quien lo lee, significa el canto nupcial con el “sí mismo”, la llama del encuentro con el amado (a), o tal vez el regreso al núcleo de la tierra, o quizás el reencuentro con la palabra que se había negado a regresar al poeta en su abandono:
¡Cuánto tuyo no se desenvuelve como música perdida en mí.
País al que regreso cada vez que me he empobrecido.
(…)
Nunca me has negado tu leche de virgen.
Mi reflujo, mi fuente secreta, mi anverso real.
Ignoro el alcance de tu olor de especia, pero sé que has estado en todos mis puntos de partida, envolviéndome. Oriente solícito, como una ceremonia.
País donde van las líneas de mi mano, lugar donde soy otro, mi anillo de bodas. Seguramente estás cerca del centro.”
Este poema trae el aroma de la raíz con sed de beber en la fuente hundiéndose al centro de la tierra en búsqueda de la madre, amante, esposa y alma en desarraigo. Que no otra cosa es estar en este mundo más que un exilio del alma que ha sido apartada temporalmente de la Palabra que la creó.
A la Intemperie
Del poemario Intemperie me cautivan estos versos:
“Hazte a tu nada
plena.
Déjala florecer.
Acostúmbrate al ayuno que eres.
Que tu cuerpo se la aprenda.”
(Poemas selectos, p. 68)
La senda hacia la nada que soy trae a mi memoria los versos sobre la “Nada” leídos en el libro “La Nueva Tierra” del hombre nuevo (Ediciones Custodia de Tierra Santa, 1977):
La “Nada” es lo más cercano al Ser
y es lo que somos:
somos “Nada”.
La “Nada” está más allá del pensamiento,
ella está por encima del entendimiento.
Por tanto, no se llega a ella por el conocimiento,
sino por la “renunciación”.
Para llegar al Ser hay que dar un salto
en el vacío,
ese “vacío” es la “Nada”.
En casi toda la obra de Cadenas hay un desprendimiento para alcanzar la sabiduría en la más absoluta sencillez (sin pretender ser pedagógico ni moralizante) lejos del culto a la personalidad. En la flaqueza y sobre todo a través de ella se roza el borde del amor, en la mayor indigencia se siente la intensidad de lo hermoso, ese “diamante incumplido” que se haya detrás del espejismo de la nada.
Amante. Como si no se pudiera respirar, en un ahogo, en asfixia mortal se vive cuando se está lejos del amado(a). Nada interesa al cuerpo, todo es baratija, remedo de vida cuando él o ella no ama o no sabe que ama:
“¿Cómo pudiste vivir
de la idea
que la ocultaba,
con un sabor
que no era el de ella,
huyendo
de su aparecer
que era también el tuyo?” (Del poemario Amante)
Cuando se está lejos de la presencia amada el mundo se desdibuja, pierde peso, se regresa al bosquejo, a aquello en el anhelo presentido. Únicamente importa él o ella, su latido, su respiración. Quien se enamora está dispuesto a traer, como escribe Emily Dickinson “rosas de Zanzíbar / abejas por millas, / desfiladeros azules / ejércitos de mariposas.” Ningún elíxir calma la sed ni cura el mal; apenas se respira y el pulso se suelta a latir sin concierto porque uno se quiebra y es capaz de lo imposible. Es el enamoramiento sin correspondencia una semilla de la más loca imaginación, lo imaginario sobrepasa a la realidad, es más atrayente porque no se transforma en concreciones que suelen no cumplir el ensueño. Muestra de ello la pasión don Quijote por su adorada Dulcinea del Toboso, ejemplo de hermosura y encanto que el propio Quijote inventó para consuelo de su espíritu fatigado de tanto realismo sin belleza.
El dolor de la ausencia no desaparece sino con presencia tangible:
“Llegas
no a modo de visitación
ni a modo de promesa
ni a modo de fábula
sino
como firme corporeidad, como ardimiento,
como inmediatez.”
La realidad a menudo refleja un solo lado de las cosas, y si nos damos vuelta hacia el espejo, el azogue, con esa terquedad tan lógica de su sino, continuará revelando tan solo el otro lado del ser. Así también los otros reflejan nuestro rostro empañado por sus ideas preconcebidas sobre cómo se imaginan que somos, o cómo quisieran que fuéramos.
Nadie nos conoce por entero, ni siquiera nosotros mismos. Sólo existe un ser que en un momento dado es capaz de ver, sentir, saborear y saber cómo somos. Debiera decir, más bien, quienes somos:
“Eludías / el encuentro / con el tú/ magnífico,/ el que te toma /y te anula como tempestad /y de ti arranca al que busca” (Amante)
El amante se adueña por entero de nuestra imagen y nos la devuelve intacta, íntegra, plena de toda plenitud. Nos entrega también algo precioso que echábamos en falta, porque antes solíamos ser el vacío de una ausencia. Después de haber vivido la experiencia de la otredad salvada y vencida por lo inexorable, el amor, que se revela por encima de cualquier pensamiento, de cualquier medida, el hombre se encuentra íntegro ante sí y adquiere la “conciencia cósmica que nace de una compenetración del fondo más profundo del individuo con la vida de todos los seres y con el universo”, esa conciencia a la cual se refiere Rafael Cadenas en el prefacio a su traducción de algunos fragmentos de Walt Whitman (Conversaciones). Y el hombre deja de verse separado porque posa el pie en la experiencia imborrable de ser uno con la vida, de ser vida en la Vida.
No es el éxtasis de los amantes la única vía del encuentro con la totalidad. Recordemos a San Juan de la Cruz: “Sin arrimo y con arrimo / sin luz y a oscuras viviendo / todo me voy consumiendo. / Mi alma está desasida / de toda cosa criada / y sobre sí, levantada / y en una sabrosa vida / sólo a su Dios arrimada”. El fraile Juan florece en la unión con el Amado. Voluptuosa experiencia irreversible, “restaurada inocencia”, florecimiento “en un abismo”, el abismo del ser. Cadenas invita a Vivir / en el sabor de ser.
Y nos hace una confesión: “Sólo he conocido la libertad por instantes, cuando me volvía de repente cuerpo.” Manera de decir, con prontitud de lenguaje, haber encontrado un rostro ajeno que lo refleja y le permite ser con absoluta libertad, porque decir cuerpo es decir un todo, es no estar escindido en esas incómodas, a veces penosas categorías del cuerpo y el alma. Versos que ya son míos y de todo aquel que sea tocado por ellos. Palabras que conducen al resplandor, magnífico y terrible, de entregarnos al abrazo del origen: “Y ella lo obligó a la más honda encuesta, / A preguntarse qué era en realidad suyo. /Después lo tomó en sus manos /Y fue formando su rostro / Y lo devolvió a los brazos del origen.” (Amante)
La importancia del lenguaje
En 1984 Cadenas escribe: “(…) La situación de deterioro que he descrito de manera muy sucinta tiene graves consecuencias para el venezolano. El desconocimiento de su lengua lo limita como ser humano en todo sentido. Lo traba; le impide pensar, dado que sin lenguaje esta función se torna imposible; lo priva de la herencia cultural de la humanidad (…) lo convierte en presa de embaucadores, pues la ignorancia lo torna inerme ante ellos y no lo deja detectar la mentira en el lenguaje” (…) Nunca como hoy tiene validez esta aseveración, cuando la falsedad se extiende en casi todos los ámbitos.
Estamos ante una de las reflexiones más importantes contenidas en este libro. Un lenguaje deficiente y empobrecido hace a un pueblo “presa de embaucadores” y esclavo de su ignorancia. Vienen a mi memoria las palabras del profesor de Fonética Higgins, personaje de la obra Pigmalión de George Bernard Shaw, quien se expresa amargamente de la joven que vende flores en la calle, pobrísima y sin esperanzas como es la condición de un cada vez más numeroso contingente de niños, jóvenes y ancianos en nuestra maltratada ciudad de Caracas. El profesor Higgins se conduele por la desastrosa manera de hablar que la mantiene en la miseria y asegura que si tuviera ocasión de enseñarle a expresarse correctamente, la joven se convertiría en una dama capaz de ser la dueña de una floristería. No es asunto de afincarse en el sentido utilitario de dominar una lengua, más bien se trata del espanto que causa el desdén por aquello que nos es más nuestro: el lenguaje. No amarlo es dejar de amarnos a nosotros mismos.
No hay distancia entre el acto y la palabra. Las acciones más nobles y las más ruines, se fraguan primero en la relación que establecen las palabras en nuestra mente. Nunca dejan de estar en conexión. Hemos visualizado una fenomenología del contacto que jamás podríamos aprehender si carecemos de la conciencia de la indisolubilidad entre lenguaje y hechos, entre solidaridad de palabra y solidaridad de sentimientos, entre sincronicidad del habla y simultaneidad de actos.
En la simple o complicada solidaridad que establecen las palabras en nuestras cabezas, conformando una ética, una estética, una costumbre o cualquier cosa, se crea la silueta inicial de un sistema o de un contra-sistema: nosotros. Nuestra visión del mundo se produce en ese espectáculo oculto de palabras y sentimientos que se escenifica no sabemos en qué parte de nuestro ser.
Las distintas maneras de aproximarnos a la Totalidad, siempre terminan por traducirse en palabras. A la letra tiene que acudirse hasta para conformar el sonido del llanto o de la risa. Nadie puede zafarse de esa ilación. Todo cuanto pensamos, decimos y hacemos, todo cuanto deseamos transcurre en la sintaxis, se desarrolla en ese teatro íntimo del entrelazarse unas frases con las otras. Sencilla o compleja, esa condición amiga de las palabras enciende el mundo de relaciones entre los seres humanos y las cosas. Pareciera como si el lenguaje fuera autónomo, una fuerza que lo impulsa todo. Funda al mundo, lo critica, abre y cierra sus puertas, lo dignifica o lo envilece.
De la relación que establecen las palabras, los sentimientos, las acciones y el tiempo, depende lo lírico o no, la mueca o no, de las formas de la sociedad. Sabemos que esa relación puede convertirse en una casa de trampas, en una encrucijada de perniciosidades que trafica, en plena letra y en pleno corazón, con la desesperanza. Si no aprendemos a vivir la relación de manera oficiante, bien sea disidente o armoniosa, pero siempre testimonial y apasionada, se nos convierte en una tiranía. Tiranía de los sentidos y significados establecidos a conveniencia de los poderosos, tiranía de mentiras que se convierten en pretendidos valores instituidos por la norma, tiranía de los antivalores que quieren sustituir a los valores.
El instante perpetuo de la extrañeza
“Aunque lo hayamos declarado inexistente, el misterio es una gravitación poderosa; se hace sentir por ráfagas, que sofocamos, ráfagas que dejan en los ojos una sal de abismo, ráfagas que nos hienden y nos dejan expuestos, en la extrañeza.” Dichos, Rafael Cadenas
Vivimos inmersos en el misterio, es una evidencia que nos sale al paso, aunque Cadenas diga que dejamos de sentirlo en ese “olvido necesario que nos inserta en la vida corriente”. No sé tú, dice la canción de Manzanero, pero a mí me sucede con frecuencia que me siento como si el ambiente en el cual me muevo fuese un mar habitado por toda clase de cosas extraordinarias. Ante los asuntos más nimios, ante los sucesos cotidianos, algo le ocurre al espíritu, algo más allá del pensar, el alma está suspendida. Se va y se queda, levita en un gozo pequeñísimo en el instante de la extrañeza.
Nada sucede misterioso o fantástico, es en lo “natural” donde ocurre la extrañeza. En esa soledad de lo entrañable surge el impulso de atrapar lo que me toca, huye y se escapa en su roce con alguna revelación. Sobreviene el instante de la extrañeza, “en el imposible contorno de lo que está hecho de fugacidades” (Cintio Vitier, La luz del imposible) Las cosas inquietan su apariencia familiar, todo se transforma en un “estar aquí desde allí, ser allí desde aquí” (idem), y en ese estado surge la interrogante, encallando en lo que es la esencia “de lo que, en nosotros, interroga” (ibidem) y emerge del abismo del devenir. Es la solubilidad completa en lo otro, en el juego abierto (a veces cerrado) de la alteridad.
Sin querer concluir llego al final de estas notas con unas líneas tomadas del libro Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística, que bien podrían resumir el pensamiento sobre Dios, el hombre y el mundo de Cadenas:
“Pero nuestro mayor rango tal vez sea esta imposibilidad, este no saber, esta derrota perenne. Nuestro verdadero linaje es el enigma. Somos eso (…) La palabra Dios es un emblema del misterio absoluto, que nos constituye y que por eso mismo me rehúso a ver como lo totalmente otro (…) De ahí nuestra soledad. En nuestra infinita morada, nadie contesta. ¡Gran herida este silencio! Terrible paradoja. Lo tan nosotros desconocido no responde. Es una especie de energía que opera desde dentro de todo, impersonalmente, sin más voz que su incesante obrar.”
Carmen Cristina Wolf, 2006

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