Sentada en la cafetería de un centro comercial, leo una novela desesperadamente angustiosa y con un sabor a ternura e indefensión ante esta cosa llena de misterio sin resolver que es la existencia. Se trata de La Enfermedad de Alberto Barrera Tiszka, adorable amigo forever, pues todo aquel mortal que escriba una novela capaz de mantenerme en vilo durante días y noches de insomnio, es mi amigo. Y siento, al compás del paso de las páginas, un desasosiego creciente, instalado en los huesos desde hace ya tiempo. Me empuja de nuevo a la espera de una cita postergada, imposible de eludir.
Me refiero a mi madre, Carmelina Losada, hija de Benito Losada Azócar y de Zoila Rosa de Losada. Mamá, con sus 85 años de vida, aún hermosa con sus canas cuidadosamente acicaladas, pantalones impecables (nunca le gustó usar falda, por aquello de las piernas demasiado delgadas). Siempre al día en la política, amplia en sus criterios morales, emparentada con Funes, el memorioso amigo de Jorge Luis Borges, porque jamás olvida nada, bien sea recados, poemas completos, detalles de la historia de Francia o personajes de Alejandro Dumas. Para cada uno de nosotros, la mamá es especial, la mejor, la única. No conozco a nadie a quien no se le ilumine el rostro cuando habla de su madre, yo reconozco que siento una admiración entusiasta por la mía, por Carmelina Losada de Rodríguez Cuadra Blázquez Menollo, Berrueta y Porres, casada en primaras nupcias con Waldemar Wolf González, constructor y amante del piano, hijo de María Luisa Escobar; vuelta a casar con José Ignacio Rodríguez Cuadra, noble de espíritu, magnífico galeno de estirpe ibérica.
Mamá no ha perdido el timbre de voz juvenil, la sonrisa capaz de desarmar al más pintado, la costumbre de ayudar a todo aquél que lo necesita. El que quiera enterarse de los últimos movimientos del gobierno y de la oposición, que se coloque en el tablero de Carmelina. Ella le toma el pulso a los políticos, a las estadísticas, a los aciertos y errores de unos y otros. Sincera, jamás con brusquedad o falta de delicadeza, nunca un improperio, una ordinariez, su sintaxis y dicción son como para asombrar a Alexis Márquez Rodríguez. Ella es, según esa frase tan trillada, el alma de la casa.
Y voy de nuevo al desasosiego, del cual me contagio y participo cuando leo la novela de Barrera, es el miedo de que mi madre deje de estar, deje de llamarme desde su sillón cuando escucha que abro la puerta.
Y tomo una decisión que comienza hoy: voy a contar tu vida, mamá, voy a rememorar tus viajes, tus amores, tus frases favoritas. Eres un personaje de novela, eres mágicamente real. Como cuando tomabas better campari en las playas de Sitges creyendo que estabas tomando refresco. O cuando lograste que te esperara el avión de aeropostal que salía para Nueva York. O cuando recibías mensajes de escritores y personajes muertos, por ejemplo, la obra de teatro que te dictó Oscar Wilde.
Así ahuyento el fantasma del viaje obligatorio, definitivo, someday, así estarás siempre contigo, queridísima mamá.
Carmen Cristina Wolf
Caracas, diciembre de 2006
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