Hago un alto en el camino para referirme a la desaparición física de Josefina Chacín Ducharne, el 4 de enero de este nuevo año, a quien tuve la gracia de conocer  el año 1985.  Su vida y escritos han sido un faro de luz en mi existencia y en la de muchas de las personas que la conocieron. A continuación, transcribo el prefacio  a mi libro Retorno a la Vida, publicado en diciembre de 2004:
Vivimos con el propósito de amar. Vivimos con la esperanza de alcanzar el amor. Sin amor, nadie quisiera vivir. Día y noche por el amor actuamos, nos esforzamos y luchamos, afán casi siempre vano porque unos instantes de amor humano se presentan ensombrecidos por las preocupaciones y las decepciones. Y sobre todo, suelen desaparecer muy pronto. Pareciera que ponemos nuestras expectativas en  ser amados, y concedemos poca  importancia al hecho mismo de amar.  Desde mis primeras lecturas,  aprendí que existía una máscara en cada uno de nosotros, la cual se identifica con la palabra yo y está llena de toda clase de contenidos y de propósitos. Es la apariencia de  realidad que se alberga en nosotros. Mas en el momento en que descubrimos nuestro verdadero Ser, esa máscara se desmorona, pierde la preeminencia que le hemos conferido durante toda nuestra vida en la Tierra. Ese descubrimiento no me sirvió de mucho, pues quedó en mi mente como un conocimiento más. No comprendí, no podía comprender hasta qué punto las numerosas  envolturas del  yo distorsionan toda aproximación al amor.
            Esta mención acerca del yo  trae a mi memoria una oración escrita por Josefina Chacín,  la esclava del Señor: “Gracias, Padre, Madre y Señor, por todo cuanto nos das en este tu Hogar para hacer más llevadero nuestro peregrinar en este mundo y que su espíritu egocéntrico no pueda detenernos en nosotros mismos ni en las cosas y dones que recibimos de Ti. Tomando conciencia al mismo tiempo de que todo esto no “es”, pero que manteniendo nuestra mirada y corazón en tu Divina Voluntad todos nuestros esfuerzos y actos se orienten a Ti, que eres la única razón de nuestra vida, en quien debemos establecernos definitivamente…” El yo no “es”, él percibe y usa los dones que recibimos de la Vida. Sólo el Ser ES y es nuestro verdadera realidad y esencia. Por eso es un error aferrarse a los contenidos y deseos del yo.
¡Cuánta búsqueda infructuosa, cuánto empeño y desilusión! Una batalla constante por alcanzar lo más sublime,  por hallarle un sentido  a este devenir. Habitar en el vacío de una ausencia, así he sentido buena parte de las horas de mi vida. Un buscar ansiosamente entre espejismos y sombras la otra mitad de mi ser.  Ha sido trascendental para mí entender que el amor verdadero es la Presencia Divina que se encuentra en todos los seres y en todas las cosas. Sea cual fuere el nombre que le hayamos dado: Yahvé, Alá, Dios Padre, esa Realidad es el Amor y  la Vida.
Tantas aguas navegadas y sendas cruzadas en la ignorancia de que mi viaje tenía un solo puerto y un solo destino: Dios, Padre y Madre. Los afectos humanos, tan entrañables y necesarios, son una imagen, un reflejo de la Realidad Divina escondida en los corazones de los hombres. Mi visión estaba nublada por el farsante, el impostor, ese piloto engañoso que es  el egoísmo. Él orienta al ser humano a la vanidad y a la soberbia de creer que nuestro yo es el centro de todo, en procura de satisfacer nuestros deseos sin tomar en cuenta el Plan Divino.  Esa ceguera conduce al apego a las personas y cosas que nos rodean. El apego ha sido confundido con el amor, pero es lo contrario a él, pues por lo general implica el egoísmo y los celos. El verdadero amor es desprendido y generoso, ama por encima de las diferencias, de la distancia, de ser o no correspondido.  
El lenguaje del Señor ha cobrado para mí una nueva vida a través de las Sagradas Escrituras y del Mensaje a los hombres de la “Nueva Tierra”. Se me revelan como fuente inagotable de sabiduría. El Señor habla a través de la historia de su Pueblo. Se nos revela como Padre, Ser y fundamento de todas las cosas, y también como Eterno Femenino. Siendo los seres humanos hijos pródigos, dejamos atrás al Padre, que es el Absoluto Manifestado e Inmanifestado a la vez;  y también a nuestra Madre, que es la Actividad de lo Divino.  Esta realidad se desencubre para mí desde la comprensión que significó la Revelación  contenida en el “Mensaje a los hombres de la Nueva Tierra”, recibido como una “Manifestación” del Ser a la Humanidad, según se expresa en la introducción del libro La “Nueva Tierra” del hombre nuevo.

 

Podemos pasar una buena parte de la vida sin ser capaces de indagar qué quiere Dios de cada uno de nosotros, sumergidos en la ilusión de que estamos haciendo uso de nuestro libre albedrío para “realizarnos”. En los primeros años de la evolución humana prevalece la afirmación de la personalidad, y si no damos relevancia a las cosas del espíritu, un denso velo comienza a cubrir nuestras vidas  y no nos permite “ver”  cómo nos vamos alejando del Origen. Dejamos a un lado el anhelo del alma, para creer falsamente que no necesitamos el Amor del Padre. Aun así, Él nos ama y nos espera siempre. Jesús nos habló con absoluta claridad: “Permaneced en mi amor”. Palabras esenciales para comprender la causa de nuestra permanente insatisfacción. Nada nos parece bastante, constantemente andamos disgustados, con la sensación de que algo nos falta y no sabemos dónde está aquello que tanto anhelamos. Nos hemos olvidado de nuestro auténtico ser.
En medio del claroscuro que envuelve la existencia, ese anhelo profundo es la esencia del alma.  Abandonamos la casa del Padre como el hijo que se marchó un día llevándose todos los extraordinarios dones que nos ofrenda la vida: la inteligencia, el lenguaje, las capacidades físicas y psíquicas y sobre todo, la libertad para elegir. No encuentra el corazón descanso hasta emprender de nuevo el camino que conduce al Hogar. Ese Camino anunciado por Jesús de Nazaret, quien es el Hombre identificado plenamente con su Naturaleza Divina y  “lleva en sí mismo lo Uno, la Luz, el Bien, la Conciencia, el Ser, la Vida, ¡el AMOR!” (1)                                   
En este amanecer de la existencia celebro el encuentro con el Señor cada vez que renuncio a la prioridad de ser amada y me dispongo a amar.   Las ocasiones en que el yo pierde importancia son las únicas en las cuales siento la presencia del Señor y en esos instantes ocurre el milagro de estar en su compañía, porque Él es la esencia que lo impregna todo. Bien lo expresa San Juan de la Cruz en sus “Comentarios al Cántico Espiritual”:    (…) “el Padre y el Espíritu Santo, está esencialmente en el íntimo centro del alma escondido. Por tanto, al alma que por unión de amor le ha de hallar, conviénele salir y esconderse de todas las cosas criadas (…) comunicándose allí con Dios en amoroso y afectuoso trato, estimando todo lo que hay en el mundo como si no fuese.”  Cuando resto importancia a las cosas del mundo,  voy recuperando el amor que no se borra como las huellas en la arena y no desaparece, sólo está escondido en mi corazón.
De acuerdo con las enseñanzas de Jesús, Dios se presenta ante nosotros a través de la conciencia. Vivir según los dictados de la conciencia y abandonar la conveniencia es un camino difícil. Es a través de la recta intención que se manifiesta Él ante nosotros, pues su Reino habita en cada una de las almas. Y el yo se interpone entre nosotros y el Señor.  Porque él está amasado de conveniencias.
He empleado buena parte de las  horas en escribir poemas y ensayos literarios. El tiempo se me ha ido entre las páginas de los libros, buscando en ellos alguna senda hacia el Infinito. Mi quehacer no ha sido estéril. En cada libro que pasó por mis manos hallé una pieza del rompecabezas, un destello, un celaje de la verdad. Mas desde que encontré las enseñanzas de los Evangelios y  el Mensaje recibido por Josefina,  la Mensajera del Señor, siento una exigencia profunda de meditar y reflexionar sobre el asunto más importante y trascendental en la vida humana: la relación con Dios, Padre y Madre y el lugar que ocupa en la existencia humana.
            La búsqueda se me ha ido transformando en una percepción atenta de las cosas más simples que suceden dentro y fuera de mí. En fracciones de segundo he creído percibir ese misterio ineludible que es la Voluntad Divina. No deseo otra cosa que tener encendida la lámpara, aun en la más oscura de las noches. En vigilia, no vaya a ser que el Señor toque a mi puerta y lo deje ir sin escucharle, por estar prestando atención a las apariencias que ofrece el mundo de los sueños. He escrito este libro después de meditar en la lectura de la experiencia del hijo pródigo recogida en el Evangelio de Lucas (15, 11-32), a la luz de la explicación contenida en Viviendo el Evangelio, que forma parte de los libros escritos por Josefina Chacín. (Capítulo III, p. 131-137, Tipografía Hispano-Arábiga, 1971). El ansia de encontrar respuesta al peregrinar en la Tierra y el anhelo de trascendencia es esencial a la humanidad. La Voluntad Divina ha comunicado la Verdad sirviéndose de diferentes medios en cada época. Hoy se expresa nuevamente con mayor luminosidad y fuerza que nunca, en este tiempo de las postrimerías en el que se están cumpliendo las Promesas contenidas en las Sagradas Escrituras.
Concluyo esta presentación con un pasaje del libro “La Nueva Tierra del hombre nuevo” que me parece particularmente esclarecedor para la época que estamos viviendo:
“Las diferentes Religiones son expresiones de estados de conciencia por los que va pasando la Humanidad. El estado de conciencia más elevado se manifestará en aquellas personas, sin distinción de raza, pueblo o Religión, que adorarán a Dios en Espíritu y en Verdad, sin formas y sin leyes externas, en la fe y en el amor, capaces de comprender todas las Religiones; se dará en ellos una toma de conciencia verdaderamente Universal. (…)
“Dios es el que “ES” y todo existe en Él sin virtudes, sin formas, nombres ni colores (…)  “YO SOY EL QUE SOY”; El Eterno, presente en todo, en todos y en cada uno; descubrirlo es el trabajo, el quehacer del hombre”. Este descubrimiento se realiza a medida que el hombre va negándose a sí mismo: ese es el camino, la cruz, que nos ofrece Jesucristo después de haberlo realizado en sí mismo.”  (3)
Carmen Cristina Wolf
Caracas,  enero de 2004
literaturayvida@yahoo.com

 

1.La “Nueva Tierra” del hombre nuevo, 2ª. e. p.  298  “Acción y Vida,1987
2.Viviendo el Evangelio,  p. 131-137. Tipografía  Hispano Arábiga, 1971.
      3.La “Nueva Tierra” del hombre nuevo,  2ª e. , p. 87 y 88 “Acción y Vida, 1987
Interesados en estos libros comunicarse con Acción y Vida, teléfono 0212 3832734. Apartado Postal 1461 Caracas 1010-A