Por Carmen Cristina Wolf

            Bendita sincronicidad que aligera el pensamiento hasta el punto de captar el alma del queridísimo amigo y maestro Armando Rojas Guardia. Esta mañana paseé la mirada por la hilera de mis libros predilectos, y me dejé atrapar por El dios de la intemperie (segunda edición publicada por la Universidad de Los Andes en 2003). Releo este texto que me increpa e interroga: “Quién eres, tú sonoro al fondo de mí mismo? ¡Cómo te llamas, horizonte presentido, paisaje último donde el gozo no puede saber sino a agonía (…) rayo de muerte que sin embargo incendia toda vida (…) ¡Quién eres, canto irreprimible, color inesperado, brillante y sutilísimo, ventana central de la alabanza, de una complacencia sobrecogida y tierna (si la ternura puede colindar con el espanto de una dicha inencontrable, pero cierta como el sol?)”

            Un libro fascinante que va mucho más allá de un ensayo místico o filosófico, una obra profundamente lírica y humana que deja huella imborrable en el espíritu.

           Pero lo hermoso de este día va aún más allá. Abro las páginas del Papel Literario de El Nacional y encuentro  un homenaje de Armando Rojas Guardia a Elizabeth Schön. Se trata de un ensayo sobre el poemario Luz oval (Colección Papiros, Equinoccio USB 2007).  La sabiduría mística y carnal de Armando se conjuga con la poesía  de Elizabeth, camino de serenidad hacia el centro, hacia el alma, indesligable de la corporalidad sufriente y amante del poema.

          En la intemperie de este mundo donde de nada vale refugiarse en la superficie de de los juegos sociales, hay un lugar recóndito, sustancial, en el cual se da el reencuentro con el Ser que ES, y se ilumina la nada que somos con su Presencia infinita.

           Concluyo este brevísimo viaje a través de El dios de la intemperie. Sus páginas me aguardan.

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