Toda clase de peligros acechan mi ciudad. Un espíritu maligno pareciera apoderarse de algunos de sus habitantes, ¿hijos?, que van dejando a sus hermanos muertos en los asientos de los taxis o de los autobuses. Todos los días nos enteramos por los periódicos de nuevos horrores. Jóvenes sin esperanza despojan a los viajantes de sus pequeños tesoros: el humilde reloj, el teléfono celular, el dinero para comprar el mercado de la semana, el morral de los libros… Los asaltantes de ojos abismados no se conforman con el botín. Un impulso los lleva a demostrarle a la ciudad y a los indefensos viajantes, que ellos no sufren la enfermedad de la compasión. Por eso hieren a quemarropa a cualquiera de ellos. ¿Un cadáver más, qué más da?
Un segundo de gloria sangrienta le demostrará a la tierra que los otros no valen nada. El espíritu de la tiniebla convierte al asaltante en obrero de su tarea miserable. La ciudad ofendida los mira con dolor. Es una madre que no esconde el rostro para no ver a sus hijos perdidos.
Ellos la desprecian. No piensan en el barrio sembrado de hijos huérfanos, madres y esposas solas, niños sin padres, gentes enfermas de angustia, ¿por qué?¿La naturaleza humana es una sola? Todos somos hijos de la tierra. Y algunos de sus hijos se han convertido en mercaderes de la ira. Sufren de un mal terrible: ausencia de Amor.
La Ciudad entierra a sus muertos y espera. ¿Hay esperanza para sus indefensos y dolientes hijos víctimas de la ira? ¿Hay esperanza para los hijos del amor ausente?Otros hombres y mujeres aman su ciudad, barren amorosamente sus calles, sonríen bajo un sol inclemente y en medio de la horda de conductores obstinados por los baches y los semáforos descompuestos. Y el militar gobernante se ocupa de todo menos de los crímenes y la soledad de los dolientes. No le interesa nada que no sea la revolución, empedrada de cadáveres y de seres alienados por el miedo y la necesidad. ¿Cuánto vale un ser humano? Se abren las apuestas.
Carmen Cristina Wolf
