Derek Walcott, verbo de luz y sombra
El Papel Literario de El Nacional del 5 de mayo es dedicado al poeta y dramaturgo antillano, premio Nobel de Literatura 1992, quien hace un vital y expresivo retrato de la cultura caribeña y es famoso por la exuberancia de su lenguaje. Nació en la isla de Santa Lucía y estudió en las universidades St. Mary, en Santa Lucía, y West Indies en Jamaica. Fue director del Trinidad Theatre Workshop (Taller de teatro de Trinidad) que puso en escena algunas de sus obras. En 1981, viajó a Estados Unidos y vivió en Boston (Massachusetts), para dar clases en las universidades de Harvard y Boston. En 1992 ganó el Premio Nobel de Literatura. Walcott ha escrito más de quince libros de poesía y cerca de 30 obras de teatro. La mayoría de su obra aborda las experiencias del pueblo caribeño y en algunas, reflexiona sobre su herencia, una mezcla de culturas africana, inglesa y holandesa. Entre sus libros de poesía destacan Otra vida (1973), Uvas de mar (1976), El reino de la manzana estrellada (1979), El viajero afortunado (1981), Verano (1984), El testamento de Arkansas (1987) y Omeros (1990). Su obra de teatro más conocida es Sueño en la montaña del mono (1970). Los trabajos del Papel Literario están a cargo de Yolanda Pantin, Igor Barreto, Michaelle Ascensio Y Lulú Jiménez. Bienvenida esta publicación que nos acerca a esta poesía de luz y sombra antillana, sus tradiciones, la exuberante y terrible belleza de sus versos y su reflexión íntima acerca de la historia de los pueblos.
A continuación un poema de Derek Walcott:
EN AQUELLOS OCHENTA, PARTIERON CIEN VERANOS…
En aquellos ochenta, partieron cien veranos
como la luz de un paraíso hogareño, la idea del cielo
era la despensa de un hedonista en una cocina francesa,
manzanas y garrafas de arcilla de Chardin a los Impresionistas,
el arte era une tranche de vie, queso o pan horneado en casa-
la luz, en su opinión, era lo mejor que ofrecía el tiempo.
El ojo era la única verdad, y aquello que atraviesa
la retina se desvanece al amanecer; la profundidad de nature morte
era que la propia muerte es sólo otra apariencia
como el lienzo, la pintura no puede capturar el pensamiento.
Cien veranos que se fueron, con el acordeón que hacen las olas,
faldas acampanadas, grupos en botes, golpes blancos como zinc en el agua,
muchachas cuyas mejillas ruborizadas no sobrevivieron a sus rosas.
Entonces, como metales disecados, soldados retorcidos
se amontonaron en el Somme y Verdun. Y los muertos
menos reales que un estallido fatal de crisantemos,
carmesí idéntico para la naturaleza muerta y la matanza
de jóvenes. Tenían razón -todo le sirve
al pintor con su caballete puesto como un fusil al hombro.
Versión al castellano de Carmen Cristina Wolf
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Excelente traducción.
Aplaudo esta página que nos trae trabajos literarios necesarios.
Comment by Belkys Arredondo Olivo — May 9, 2007 @ 6:36 pm