EL AROMA DE LA INMENSIDAD
Por Edgar Vidaurre
     Se nos ha ido la mirada azul de Elizabeth Schön, pero sin embargo, su legado poético ya hoy nos pertenece sin reservas, agrandándose cada día más gracias al incansable amor que la sostuvo y la sostiene. En la madrugada de su muerte física y tratando de buscar en medio de la oscuridad algún consuelo, me refugié como un niño perdido en sus palabras…y en ello me sorprendió el Alba con su luz y su fuerza invisible y cierta. Fue ahí que entonces comprendí  a qué se refería ella cuando hablaba de lo invisible. Si, tuve esa revelación al sentirme sorprendido por esa fuerza del alba que en su dulzura y su irrumpir sereno, contiene todo lo indetenible y verdadero (por innegable) de la vida misma, y que no podemos ver simplemente con lo ojos del cuerpo, sino y acaso percibir a través de su aroma: el aroma de la inmensidad.

    

Lo primero que debo confesar es que el amor de Elizabeth es absolutamente correspondido, por lo cual, estos sentires son más bien una confesión muy personal y subjetiva de la vivencia constituida por mi lectura de sus poemas.

    

Su obra vasta y unívocamente constituida, advenida de aquella gruta venidera, quizá desde el allá disparado y transida de esencia y existencia a la orilla de aquel mar con forma de niña en cuya pequeña cesta reposa la verdad, continúa hoy día aún más despojada, aún más nuestra y reveladora. Ella nos obliga a buscar en la profundidad de origen, nos empuja hacia lo insondable desconocido. Y he aquí esa cisterna insondable, que aún palpitando debajo de la tierra es capaz de contener en silencio la lluvia que cae del cielo: la cisterna insondable de nuestro propio corazón. El hombre que apoyado en la tierra es capaz de contener el cielo.“Digo mar / Resplandecen las rodelas / se alargan los alcores / mas sólo he pronunciado aquella voz primaria traslúcida / vibrante con la que el hombre se unió a la tierra y a los cielos”

    

Como si fuera un antiguo labrador, nos ha sembrado la vida con su verbo como una semilla oculta y mística de la que surge el árbol del oscuro acercamiento. Muchas veces temblando por la cercanía del misterio me preguntaba, a qué nos acercamos? ¿Qué oscuro acercamiento nos penetra de manera tan intensa y al mismo tiempo tan sutil como el viento? Cómo desde nuestra impermanencia los ojos de esa mujer se sientan a mirar nuestra alma desde el balcón que da hacia el sur, para buscar en ella la integración del mundo (o su reflejo como diría Platón) e insuflarle a esa alma el Elan Vital que le dé la voluntad de dejarse penetrar, de dejarse amar en una entrega absoluta por el anhelo del Ser y esperar, acunada en la concavidad de los horizontes amados a aquel que eternamente está llegando, pero que aún no llega, esa mujer solitaria que se interroga a sí misma por la certeza de tu rostro, mujer que perdería lo propio si no hubiera distancia para pensar en tu llegada, que perdería el amor si no hubiera ausencia para apresar tu cercanía. Esa mujer que está en ti, que habla, entra, y nos otorga la visión que jamás desaparece

    

“El alma pregunta: ¿quién soy?, ¿quién es esa multitud que hierve en mi, como la espuma de un pozo intransitable? Y el silencio la cubre, con la humedad de las hojas caídas. Se devana en buscar su origen y mientras está más sumergida, encuentra que cuanto la cubre es un gobelino zurcido que la fecunda. Podría decir, soy una multitud. Se me adhieren las ideas, los fervores y cuanto existe, sin poseer un centro único, mío. Cada pájaro, hoja, página que me ronda es un lago ignorado que marcha a la vida o se consume dentro de mí. El Yo no es mío, se me disuelve al encontrarme sujeta por la belleza, la humildad, las aves y los deseos que me cercan. Si alguien grita: Soy, desconoce que ese ser es una multiplicidad aprisionada en busca de salida.”

    

Pero lo inminente siempre está llegando, más allá del recuerdo y el anhelo y lejos de la sed y el deseo, está el eterno presente, el aquí, el ahora, donde mi alma se ampara bajo el tronco robusto de aquel árbol del oscuro acercamiento y en el centro de esa alma, brota la ofrenda de su rama que también es su raíz: He aquí la flor, nuestra tan amada, surgida desde nuestra profunda pero plena soledad para que nos demos cuenta como es más bien el alma la que se proyecta hacia el mundo, para buscar una verdad que la plene, que la justifique, y en ese palpar animoso, en ese recorrido de ida y vuelta por esa (como diría Tagore) burbuja de polvo que llamamos mundo, en donde nos debatimos entre oscuridad y sueño, entre angustia y esperanza, entre esencia y existencia, los espacios de esa vasta soledad serán nuevamente penetrados por los reflejos de esa flor, acrisolada esta vez en su esencial corazón

          

La flor nunca permanece /Nada sabemos de ella./ El tiempo crece /En el despliegue de la tierra / En el desprendimiento de los frutos /Las catedrales. /La marca de los siglos / La reciben las pupilas / Cuando miran al viento / Atravesar las ciudades / Que resguardan las faces de lo que una vez fueron / Y siguen siendo /En la invisible seda de lo ido /Y la abismal seguridad de aquel fin

    

Y yo me pregunto, quién es esa flor que nunca permanece y de la cual nada sabemos? Nosotros que nos desprendemos como los frutos para nacer a un tiempo que crece en el despliegue de la tierra. Nosotros que miramos al viento que atraviesa lo ido y lo que sigue siendo en la seguridad de aquel fin, de nuestro propio fin, de nuestra propia impermanencia? Será que esta flor es el Ser, el absoluto, lo uno, invisible a nuestra razón y a nuestra mirada? Flor nacida en nuestro pecho más hondo, inundando en un esparcimiento encendido la existencia con el aroma de la luz, con un aroma de lumbre.

    

Y entonces salimos en su busca, cercados por una realidad desgarrada, amordazados por el espacio, sin poder encontrar la inmensidad perdida, afanados hasta llegar al borde final del cielo. Pero para nuestro asombro, es él quien viene a nuestro encuentro, es él quien se nos revela en un permanente e incesante aparecer, sin violencia sin advenimiento estruendoso, sólo el tímido y envolvente canto de la brisa que se anida en el pecho de una pequeña ave; vertiente de la existencia que brota del corazón último del ser cuya voz escuchamos en una  calma inefable, verdad susurrada en nuestro oído cuando el alma se dispone a oír la vertiente.

    

Surge entonces aquí la visión: el Río, el eterno devenir de lo impermanente, la revelación del ser, del origen, de la raíz a través del fruto venido de la flor. La hondura del río que también es el árbol que crece en sus orillas, revelada a través del fruto apasionado que llega a nuestros labios con toda su dulzura. La intensidad de la vida y la existencia sostenida por el infinito aliento del ser. Es lo inefable del aquí, del ahora y esta mujer llena de aguas y de redes, de barcos y de puentes que nos devuelve  al origen, a la madre, a la magna mater, eterno campo de resurrección donde erguida como una espada y aún vestida de ceniza nos abrirá la puerta hacia donde se abren los costados, los límites, donde son libres los principios, lo ignorado, lo perdido, lo olvidado, libre lo antiguo y sin cesar antiguo. Donde asciende el héroe adolescente para oponerse a la inclemencia deslumbrante de los faros, donde todo está en el comienzo y después, en el ascenso y luego, y ese joven que va donde van los hombres desde el instante en que se es hombre de extremo fértil y centro de aire redondo, amado, imprescindible, con color de rosa de leche blanca, de leche azul: curvatura de tierra y mar, y así poder arribar finalmente pletóricos y mansos a la casa…a nuestra casa, a nuestra granja bella de la casa. La fachada de la casa tiene un semblante parecido al de la inmensidad. Busquemos su altura y no habrá fin, miremos su ventanal y no encontraremos limites; así de unívoca es. Encontramos el Ser al pronunciar casa y brotar ella tan fragante y tan exacta como el mismo árbol que ilumina la palabra: milagrosa presencia que hace del verbo el recinto confortable para que el Ser nos señale la puerta donde se siembra lo que en la propia casa hay de agua, distancia, paladar, encogimiento. La raíces del origen están en lo prístino de las aves, de las nubes, en el alma y su canto de agua y sol. Son las que más conocen ese fondo donde ni actúan los contrarios ni se destacan puntos superiores junto a otros menores. La casa es el corazón del hombre. Buscamos su altura y la raíz baja hacia los pies. El agua en la techumbre no se derrumba. El calor en lo oscuro del albergue, el silencio subiendo desde las raíces, ellas no mueren, están en el ir del agua, del fuego, en el principio de la voz y el ademán… Univocidad de la granja bella de la casa.

    

Después de este estremecedor recorrido vinculante entre existencia y esencia, al final, en el espacio ahuecado de nuestras manos lo que quedará es lo perdurable, el perfume, el aroma, apenas visible a nuestros ojos en el instante único y arrebatado de las ráfagas de luz que entran por la puerta de los establos interiores, para que entendamos entonces con los ojos cerrados la textura y el sentido de nuestra propia alma, coronando y ungiendo con ello nuestra cabeza inclinada hacia los cielos, con las cuatro coronas calladas de la cruz amada e infinita justamente allí, en el centro, en el Alma, desde donde surgirán las visiones extraordinarias que convocan el amor, Dios y el aroma del universo entero esparcido en la inmensidad: La inmensidad es una hoja si la separamos y comparamos con el blanco de los cielos… Como el borde del alba imponente. El que ama es porque conoce la inmensidad del universo. Y a ello aún no hemos llegado. ¡Ah! inmensidad donde un centro el amor roza. Me callo y miro porque el amor no tiene piso… mirar… yo amo y por eso veo. Lo infinito divino no cae ni decae… como el poeta que, transido, nos da el alma del cielo que es a su vez todo… y le dice a nuestra ventana: “hoja del espíritu que mide todo el mundo de pino, fruta”. Venimos del aroma de la inmensidad a la largura de lo de antes y siempre.

    

Un poeta cae, se empapa y brilla… se confiesa comulgando con las estrellas… ya sabe que después no existirá. Estará despierto al unirse a las estrellas… como el grueso y amplio bronce imaginativo de lo visto