Poesía de SiempreJune 16, 2007 2:19 pm

          En la mañana, el verano era un vaso de oro desparramándose.Las gavetas dejaban salir la ropa ligera, pantalones cortos, franelas, sandalias. Lociones para los mosquitos, bronceadores y sombreros. De vez en cuando, si no un ventilador, un abanico.
         Todo un verano para bañarse en el río, leer a Julio Verne, Salgari y los cuentos de Andersen.  Comer mangos y guayabas, helados, quesillos,  y echar cuentos de la playa que estaba a un kilómetro, como si el mar estuviera a millas, millas y millas de distancia. Y todo allí mismo,  a diez minutos de Puerto Cabello, en la orilla del río San Esteban cubierto de la sempiterna vegetación cerrada verdinegra.
         Era la felicidad completa, sin preocupaciones. Los mejores días del año, el gozo del principio del vivir, la pubertad en plena ebullición, cuando todo parece estar en una cesta en la cual basta con querer para encontrar en ella cualquier aspiración hacia el milagro de la realidad, del brillo con que aparecen todas las cosas que nos rodean. Los versos que transcribo son de la poeta venezolana Elizabeth Schön, cuya vida y obra se  parece tanto a la luminosidad del río de la  memoria, entre las sombras y el esplendor del alma:         “Si miras el agua miras al cielo. /Si miras al niño miras al agua y al cielo.”        
Levantarse de la cama no costaba nada, eran días distintos, de otra tinta. Lavarse la cara, ponerse el traje de baño y salir a desayunar un vaso de leche y mantequilla derritiéndose sobre una arepa caliente. Al frente, los árboles de caimito y los chaguaramos, las matas de limón y de lechosa, los cedros centenarios y los pájaros saltando como locos entre las ramas, arrebatándose ramitas.
         Nos esperaban los balones de goma húmedos sobre la grama y el abuelo Federico rastrillaba las hojas con sus botas de hule hasta las rodillas y su rastrillo plateado por el uso.  Bajábamos la escalinata, había llovido la noche anterior. Las hojas brillaban de punticos mojados. Cargando nuestros tobitos abríamos la reja  y allí estaba:  el río, “infinito blusón deslizante”, con su borboteo como “un reguero de polen multiplicándose”,  el agua, ella sola, ella misma consigo, tan cerca “
y tan siempre lejos, entre la tierra y la fugaz distancia”.
        
“El agua hace al árbol permanecer y al hombre ser fiel a su propia e innata transparencia”.
El río conducía un millón de años de hojas caìdas, ramas, rayos de sol y brisas influyendo en las coreografías del agua, brisas metiéndose en el cauce,  alborotándolo.
El abuelo había construído un muro para encauzar el río e impedir que las crecidas tumbaran los árboles cercanos al cauce.  El muro se había puesto verdoso y estaba corroído por el tropel de las aguas.  En el río aprendimos a confiar, no nos angustiaba su fondo, gozábamos la inquieta curiosidad de no saber las cosas que guardaba. No teníamos miedo de los peces pequeños, ni de los grandes que nos imagínábamos podían aparecer algún día, ni siquiera de la culebra que tenía su casa bajo las piedras. Abuelo nos decía que ella “no hacía nada”, porque era una culebra buena. Era inofensiva como una jirafa.
     Y entrando en la frescura poblada de medallitas luminosas, no había otra cosa en el mundo que más nos hiciera quedarnos con nosotros mismos, flotando, meciéndonos, oyendo chirriar los ramajes. En esos instantes, el tiempo no existía, o se entretenía  entre el cielo y el murmullo de la vegetación. Podíamos creer, escuchábamos una promesa y creíamos en ella, esperábamos. Vivíamos en pulsación, en latencia, vivíamos en todas las semillas y en nuestros cuerpos: redondeados, flacos, morenos y rubios,  orondos. Vivíamos “
en el centro de la oscura y primaria semilla”
     No existía nada que no nos fuera familiar, que no mereciera nuestra alegría, nuestra celebración, nuestros maravillosos y escandalosos miedos pasajeros y perennes. Todo estaba en los bandos. Casa cosa tenía su bando. Pájaros, perros, gatos, ciempiés, los fugaces y groseros monos, las arditas, los sapos y las ranas, los inoportunos y nocturnos murciélagos, las insoportables perezas. Los ruidosos pericos y las mariposas con su rastro de oro. Las tenebrosas mapanares, las determinantes enredaderas, y el olor a monte, y el olor a cena, siempre únicos y siempre maravillosamente lo mismo.

     Todo era sorpresa en San Esteban, nada nos era rotundamente extraño. La vida era cercanía (y lejanía) imaginada. Con todo se hablaba, con cada cosa se iniciaba una historia, una amistad, un juego.

Una de nosotras se parecía a una semilla de onoto, la otra era de algarrobo, la otra intrigaba hasta que descubrimos que era idéntica a una semilla de níspero. Los varones parecían semillas de mango, de cedro, de guanábana:  “son aquellos los de la faz rodante del grano quienes oyen / e incendian los fulgores con los que día a día aflora la vida”…
     Nuestros cuerpos no dejaban de jugar, de reír, de llorar para contentarnos y volver a pelearnos enseguida. Nada sabíamos de miedos, no sabíamos cómo se definía la vida  y a nadie se le podía ocurrir intentar saber lo que era. Ninguno de nosotros habría querido, ni intentado pensar ¿qué es la vida?.
     Nunca tuvimos miedo, porque nos enseñaron que el universo había sido creado por alguien que estaba profundamente enamorado del universo y nos amaba tanto como se amaba a sí mismo. Y éramos todos amigos. Esa infancia vivida todavía está intacta en mi corazón y cuando alguien parece que actúa mal, siempre creo que merece más amor que los demás seres, porque sufre de una ausencia de amor.

     Del río aprendí a no sentir miedo, pues lo más que puedo perder es la vida y no es de mi propiedad. Porque la vida pertenece a la Vida.

*Las citas pertenecen a los poemarios Del Antiguo Labrador y Es oír la vertiente de Elizabeth Schön
 

Poesía de SiempreJune 15, 2007 4:15 pm

La Antología de Versos de Poetisas Venezolanas de Astrid Lander, publicado por el sello editorial Diosa Blanca, será presentada el viernes 22 de junio a las 7 pm en la Biblioteca Isaac J. Pardo del CELARG. Av. Luis Roche. Altamira.
La presentación estará a cargo del  Dr. Luis Alberto Machado y lo acompañará el Dr. Roberto Lovera D’Sola. El libro obedece a una investigación de la escritora Astrid Lander y recoge versos de cien poetas venezolanas

El evento contará con apoyo visual y las poetisas presentes leerán versos publicados en la Antología.

Como un regalo delicadísimo recibimos este nuevo libro. En él Lander ha seleccionado un verso de cada una de las poetisas, y con ellos ha reescrito un poema de extraordinaria fuerza y belleza. El libro recoge los nombres y poemarios de cada una de las escritoras, trabajo que obedece a una investigación cuidadosa y reúne por primera vez en una Antología, como en aquel Itinerario del Espíritu que una vez publicó  Elena Vera, a cien poetas venezolanas, entre ellas María Calcaño, Enriqueta Arvelo Larriva, Luz Machado, Elena Vera, Ida Gramcko, Antonia Palacios, Hanni Ossot, Elizabeth Schön, Lucila Velásquez, Ana Enriqueta Terán, Helena Sassone.  De las nuevas generaciones figuran entre otras Sonia Chocrón, Margara Rusotto, Ana María Hernandez, María Antonieta Flores, Teresa Cacique, Yolanda Pantin, Lidia Salas, Magali Salazar, Marisol Marrero, Ana María Hernández, Belkys Arredondo, Edda Armas, Blanca Elena Pantin, Anabelle Aguilar, Ana María Del Re.

Poesía de SiempreJune 5, 2007 3:24 pm

La Conciencia en vigilia

 

                Nadie, nada me obliga
                ¡o todo!, mi conciencia.
                        Ida Gramcko
                        Poemas

Lo más valioso es la libertad. Ni el régimen más
oprobioso logrará que mi espíritu deje de ser libre.

No espero que aprueben lo que hago.
Es mi conciencia quien tiene que aprobarlo.

No me alabes si vas a exigirme algo a cambio.

Cuando camino frente al edificio de los legisladores
me pregunto qué nueva regla escribirán
para encarcelarnos más.

Qué débil es aquél a quien los otros temen
por causa de sus amenazas.

El poderoso es esclavo de su imagen.

Sin inteligencia no hay justicia.

El político que ofrece lo que no puede cumplir es un tonto.
Pronto será repudiado.

Eleva tu voz en nombre de los que no pueden defenderse.

Admirable es aquél que reconoce las cualidades
de su adversario.

Respeto a quien me adversa para no convertirlo en mi enemigo.

Hasta los perros sienten el peligro
cuando los fusiles se apoderan de los destinos de un país.

Cuando no estoy dispuesta a actuar con nobleza,
prefiero no salir de casa.

La paz es fruto de un esfuerzo constante.

Prefiero no decir todo lo que pienso
antes de haberlo pensado bien.

Resulta fácil ser delicado con los que me estiman y
difícil serlo con los que me hieren. Elegí la senda
de no hacer distinciones.

La llama incesante. Autora: Carmen Cristina Wolf
Editorial Diosa Blanca 2006


 

Poesía de SiempreJune 4, 2007 1:59 pm

      Después de un acceso de fiebre durante toda la tarde y parte de la noche de ayer (seguramente una queja del cuerpo por tanto atropello sufrido en estos días), leo el Papel Literario de El Nacional, con una foto magnífica de Yolanda Pantin, y se instala en mí el deseo de leer su nuevo libro País, editado por la Fundación Bigott. Seduce el título  del poema de Pantin que acompaña el escrito de Nelson Rivera, "La sosegada voz de la testigo":

        Deseo
        Recojámonos en esta habitación
        y no salgamos de ella
        nunca
        Veamos desde allí
        chorrear los vendavales
        ríos que traen ramas, piedras.
        No nos interesan. Seamos cabales
        cobardes
        durante el tiempo que
        hemos tomado en préstamo,
        ya que nada acontece
        que nos distraiga.
        Hasta que otro día anochezca.
   
    Celebro este nueva constelación  de poemas para leer en la paz del y en el sosiego del minuto presente, el unico que nos pertenece.
Carmen Cristina Wolf