Por Carmen Cristina Wolf

            Mamá estaba encantada con el viaje a España. Conchita Mompart, amiga entrañable de la familia nos había invitado a su casa de Madrid; más bien la “sonsacó”, a decir de mi abuela, porque las maravillas que contaba Conchita de los madriles eran como para quedarse encandilada. Después de varios consejos de familia con mi abuelo y demás familiares –los hermanos de mamá eran siete y ella ocho–  y todo tipo de recomendaciones, nos fuimos mis dos hermanos, mamá y yo, a la tierra del Quijote, el vino y el salero, ¡olé!

            En aquel entonces mi madre era una mujer preciosa, del color de Blanca Nieves, ojos y cejas oscuros y el cabello ala de cuervo, ondulado y con el brillo de las modelos del champú Drene. Llevaba un sombrero ladeado con velito y guantes, suaves como un conejito. Ni se diga de su elegancia, garbo y sonrisa, que le valía meterse a todo el mundo en el bolso. Mi hermano mayor llevaba su cuatro en la mano, yo mi muñeca de ojos azules  y en la otra mano arrastraba a mi hermanito menor, mientras mamá hacía los trámites de pasaporte y boletos. Los tres cabíamos en la foto con mamá, y nos habían puesto en el pecho unos avisos de cartón que había escrito la abuela, con nombre, dirección en Madrid y en Caracas, etc. No fuera a ser que nos perdiéramos en aquel gentío.

            Después de haber sido recibidos con la mayor de las sonrisas por la señora Mompart, una mujer rubia bellísima, decían que se parecía a Marlene Dietricht, y por sus tres hijos que eran graciosos y simpáticos,  fuimos  alojados y tratados como si fuéramos de la realeza. A los cuatro meses nos mudamos a la que fue nuestra casa durante casi cuatro años. Mamá nos compró abrigos, allá los llamabas “jerseis”  –con acento en la e y la j bien marcada– medias de lana, gorros, bufandas y guantes. Para ella, un visón precioso, parecía una artista de cine. Vivíamos en Jorge Juan 50, con esquina General Mola, hoy Príncipe Vergara. Me enteré hace poco que el General Mola era uno de los hombres de confianza de Franco, un personaje pavoroso.

En el pequeño edificio de cuatro pisos que aún hoy conserva la misma fachada, me encantaba subirme a aquella caja de madera pulida con su lucecita en el techo y su espejo. Había que cerrar primero una rejilla con numerosas equis de palo. El ascensor sonaba y se movía como un camello porque lo sostenían unos cables. Me gustó mucho mi casa, excepto el recibidor, que tenía unos muebles parecidos a los que había en el despacho de la Madre Superiora del Colegio. Eran grandes, oscuros, de madera y cuero repujado, me costaba mucho subirme en ellos. Tenía dos salones, uno para las visitas y otro para jugar. Este era el mejor sitio de la casa, con su aparador que mamá fue llenando de juguetes, disfraces y tesoros.

Mi habitación nunca me gustó porque  no tenía buena luz en el día, ya que la ventana daba al patio interior del edificio. Por eso mamá compró una camita y la colocó al lado de su cama. Además, no me gustaba dormir sola porque sentía miedo en las noches. Como desde pequeña sufrí de miopía, cualquier prenda de ropa colgada me parecía una figura amenazante; mi imaginación saltaba de muertos a ladrones, y me acordaba de los cuentos de la niñera de Caracas, que se entretenía contando las leyendas de la Llorona, el hombre sin cabeza y la mula “maniá”. Así que salía corriendo, envuelta en mi cobija, a dormir en la cama de mamá. Los niños con problemas de visión, ven el mundo ¡tan distinto! También se ven cosas maravillosas. Todo lo que estaba a diez metros de distancia no era como era, yo lo imaginaba como quería que fuera. Era maravilloso, por eso creía en las hadas, en los duendes, en los ángeles. Nunca dejaré de creer en ellos. Todavía me cambian los libros de lugar, apagan y encienden luces, abren y cierran gavetas, pero son  amigables.

Mamá me inscribió en el colegio Sagrado Corazón de Jesús, y lo primero que le dijeron las monjas fue: “esta niña habla muy mal, tiene que aprender a pronunciar las ces y las zetas, y no comerse la s al final de las palabras”. Dicho y hecho, ¡qué facil me resultó imitar a mis compañeras!, me parecía genial aquello de hablar distinto, y a los tres meses era yo una españolita total. Lo primero que aprendí fueron las canciones infantiles, el Farolero, El puente de Bilbao, los villancicos. Recuerdo con gratitud y alegría mis días en la escuela. En invierno salía con mi camisa de algodón grueso para que no me “picara” la lana, uniforme azul marino a media pierna, medias hasta la rodilla, abrigo, bufanda, gorro y guantes, todo  con mi nombre bordado. Porque al llegar a clase había que quitarse aquellas prendas, quedar sólo con uniforme y un delantal negro depositario del aserrín del sacapuntas y de la tinta. Teníamos que aprender a escribir con plumilla. Mi pupitre tenía un pequeño depósito de metal, y allí nos ponían la tinta para aprender a escribir en letra inglesa. Fue muy divertido, a mí me gustaba mucho aquello de la plumilla.

Pero estoy hablando mucho de mí y esta crónica es sobre mi madre, que es un sol. Mamá nos llevaba al Retiro, con sus caminerías bordeadas de setos y rosales. La estatuas y gárgolas siempre me impresionaron, me preguntaba quienes serían aquellos personajes, de seguro cobrarían vida en las noches cuando nadie los veía. Nos llevaban de vez en cuando al cine, a ver Marcelino pan y vino y las películas de Marisol. Mamá contrató a Margarita, una muchacha muy linda que usaba delantal de puntilla y cofia almidonada con encaje. Su novio era un soldado que la visitaba cuando íbamos al parque.

A esta historia ahora es cuando le falta corte y costura, porque mamá hizo amistad con gente maravillosa que vivía en el exilio por la persecución del dictador Pérez Jiménez. Conoció a Paco Ibáñez, a María Dolores Pradera, a las mejores cantantes de la época, a  los toreros Curro Girón, el Diamante Negro y algunos otros cuyo nombre he olvidado.  Esos pormenores  quedarán para el próximo capítulo. Tengo que preguntarle a mamá detalles de los que no se percata una niña que sólo piensa en jugar. Hasta entonces.

Caracas Agosto de 2007