Poesía de SiempreOctober 31, 2007 2:08 pm

            Poemas de Edgar Vidaurre

El comienzo

Donde termina la luz

Alguien en la sombra

Dice: “Yo soy, yo soy”

No existe la búsqueda

Porque la puerta de la noche

Es una rosa

* * *

Una mujer dormida

Virtud del corazón de la noche

Su misterio es sacar miel sobre sí misma

Los ojos no han visto todavía la luz

Pero las manos la prometen

Ellas esperan un relámpago

Un río, otras manos

* * *

Entre su espera y mis manos

En la boca de la noche

La pureza de su misterio

Y una oscura belleza

Ella es como la sombra de mi rosa

El aroma desconocido

Las abiertas noches de mayo

Del poemario La séptima rosa, Editorial Diosa Blanca

Edgar Vidaurre, poeta, ensayista y editor venezolano, con una extensa obra publicada, ganó el Premio Bienal José Rafael Pocaterra. Selección Cuadernos de Poesía

Poesía de SiempreOctober 30, 2007 10:08 pm

Por Carmen Cristina Wolf

Florecemos… en un abismo Rafael Cadenas

 

Permanecía guarecido  en su bosque de palabras.
Apenas, un postigo entreabierto. Nada más un vértigo hondo de presencia.  No conocí a nadie como él, tan dado a partir  y regresar intacto, crecido de raíces, más cercano cuanto más distante
El podía a la vez ser sin estar del todo. Si bien, no era fácil atisbar la altura de su torre.
Nadie sabía la esencia de su fuente.
Él era un manantial de  verbo impredecible.
Salía muy pocas veces de su fortaleza y emprendía un paseo cortés. 
En aquellos instantes  aparecía una sonrisa un si es no es gentil,  algo traviesa, ¿indecible? irónica o distraída.
Un día le vi sonreír y unas líneas de melaza aparecieron allá lejos al fondo de sus pestañas.
En esas raras ocasiones,  ofrecía miradas sin cuidarse del ojo perspicaz del alma, que todo lo presiente.
                                                * * *
Aquel día nada presintió. Y llegó  una mirada de ámbar cortado en el primer minuto de la aurora.
Él se dejó mirar y algo muy hondo le encendió la  frente.
Pudo haber sido la pluma de un ave, o un alfiler de jade en el centro de la nostalgia.
Lo cierto fue que un corazón quedó al desnudo y se abrió de luz.
                                               * * *
Su  barco  estuvo resguardado en la rada del lenguaje. Él cuidaba de que su escritura estuviese desprovista de palabras gastadas. Nada de flor, éxtasis, corazones o amor.
Después de voraces tormentas decidió permanecer durante   años sin salir a mar abierto por aquello de las corrientes del extravío.
Y en la hora y punto de aquel encuentro él abandonó  la certeza y se adentró  en aguas profundas.
Entró un  bosque en su cuerpo,  con sus tigres de girasol, y  acudió al llamado de los amaneceres en playas  remotas. Se dibujaron  recuerdos del primer amor aún no encontrado.                                                                                                                   
El recordó entonces su propio aroma de selva repartida.
Le volvió a la memoria el encuentro  con  la primaverar. Abandonó el silencio de su torre.
Abandonó el dominio férreo de sí deslizándose  imperceptible y sin tregua hacia el vértigo tenaz de lo habitual.
Su sangre se convirtió en  néctar de un deseo milenario. Morir para vivir sin el peso de algunos  mapas demasiado previsibles que se había impuesto.
                                            * * *
Hacía años se había sembrado en él el germen de la comprensión que suele derribar  los temores más aún que el valor.
Él había entendido que el sí y el no son el haz y el envés de las fuerzas de la existencia. 
Y pretendió librarse de los puntos de vista y de los juicios para entender y amar más allá de los espejismos.
Aun así, las coordenadas ya venían pareciéndole  demasiado estrechas.
Los papeles del alba se consumieron en la llama de un sosiego inquieto, atento, alerta al júbilo  de la inocencia recobrada.                  
                                              
No había nada que temer. No cabía sentirse amenazado  por hallarse desnudo en un rincón del universo o encontrarse de pronto indefenso en una pradera interminable. 
Aquella mirada había tocado su frente con fragancias de la Isla de  los sueños.  Era como mirarse desde su propia alma. Tal vez los ojos de ámbar cortado al primer minuto de la aurora eran los suyos.
El mar había vuelto a sus sienes. Y su rostro purificado por  tanta lágrima no derramada ahora sentía el exacto oleaje  incesante que salva de la inmovilidad.
Regresó a la tierra sin límites de su cuerpo que se le había perdido  en las batallas del alma y  en el laberinto de una mente demasiado intensa.
Y le volvió el amor sin preguntas, sin exigencias del por qué. Sin aquél “es como si amáramos”.
El amor tenía el peso de un pétalo de flor de nácar, apenas una carga mínima de avena. Era un espacio abierto al mundo indescifrable con su   sol de verdad. Aun cuando a él no le gustaba la palabra amor a cuenta de que significaba muy poco, cada vez menos, por causa de que todos la pronunciaban sin saber cómo se sentía.  
Y descubrió de nuevo que la palabra estrechamente unida al ser, consustancialmente uno con  él, era el lugar del esplendor.
 La libertad podía saborearse en el instante sucesivo del asombro.
                                        * * *
Descubrió aquellos ojos idénticos a los que imaginó alguna vez en el borde del  precipicio.  Eran  indescifrables, siempre lo serían, como deben serlo las cosas que provocan un asombro infinito.
Por eso, alcanzó la promesa de sorprenderse  siempre de sí mismo. Quien no es capaz de sorprenderse de sí mismo, no aprenderá nunca el arte de sorprenderse.
Y lo fue mirando todo como si fuese la primera vez. 
Y se embriagó de gozo ante una medalla de sol que había encontrado en sus pupilas.
Continuó guarecido en su bosque de palabras. Jubilosas, amargas, desposeídas, precisas, desprevenidas, hondas, bruscas, amables, tempestuosas, tiernas, voluptuosas, desbordantes. Terriblemente dulces, ásperas, cortantes, apasionadamente indiferentes. 

 

El podía a la vez  permanecer, irse,  volver
y ser más  menos nadie alguien y todos.
Él siempre fue como era en realidad.
Era más y menos. Era nadie y muchos y todos y ninguno.

El era un manantial de verbo impredecible.

Él era una mirada de ámbar en la aurora, cuando florece el abismo

Carmen Cristina Wolf

Mis poemasOctober 23, 2007 9:24 pm

                        Por Carmen Cristina Wolf

¿Será que es ciego el giro de la casa
ella tan solitaria y huérfana?

 

¿Será que se detiene algunos días
sin darnos cuenta
y se acicala con campos de espigas
que brotan ellas solas
para traer consuelo a dolores antiguos?

 

La mecedora de la abuela levita suavemente
la persiana se mueve en clave morse
se balancea el móvil de corales

 

millones de mensajes cruzan el corredor
sin saludar siquiera los retratos
provenientes de  los siete confines
y el aire se recrea con murmullos
salidos de un reluciente laptop infinito

 

El caserón de todos, no sé por qué
yo siento que sonríe
desde su pétrea hondura
tal vez le gusta cambiarse los vestidos
y lavarse la cara de pisadas maléficas
o besarse ella misma las memorias

 

 

 mientras cientos de pies dejan huella impaciente
madres, corderos, niños, estudiantes
jóvenes desafiantes, entusiastas,
en sus portales, apenas entran y ya van saliendo
para dejarse caer un día u otro
en sus  pechos de seda vegetal

 

 

Algunos días soleados acostumbro
acariciar sus prados y dejarme
cobijar por la  sombra
de sus interminables filas de palmeras
y me quedo dormida en algún tallo

 

Ella será el mejor atavío de mis huesos
cuando regrese al sur

 

mientras tanto, la abrazo y me enamoro
como una abeja

 de su lirio único

Poema inédito que forma parte del libro Atavíos y Ropajes

http://carmencristinawolf.lalupe.com/

Oswaldo Vigas

Poesía de SiempreOctober 20, 2007 1:47 pm

      Una tarde entré al CELARG y me senté cerca de una dama de rostro luminoso, atento. Le pregunté si había llegado la poeta Ida Gramcko, porque me había inscrito en su taller de Mitos y Poesía. Ella sonrió de manera un tanto traviesa y me dijo que sí, que ella la había visto llegar. Cuando comenzó el Taller, sentados todos alrededor de la mesa, nos presentaron a Ida Gramcko. Era ella, quien había jugado a pasar de incógnito. Todavía conservo sus notas y los libros que me dedicó, "en la esperanza de la poesía". Esta semana, la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, le rinde homenaje a su persona y a su magnífica obra literaria, que comprende la poesía, el drama y el ensayo. El Papel Literario de El Nacional con la pluma de Virginia Riquelme recrea mi espíritu,  quien refiriéndose a la devoción de sus amigos hacia ella, escribe: "me atrevo a decir que también es probable que esa haya sido su forma de habitar poéticamente el mundo (sirviéndome de Martín Heidegger, filósofo tantas veces citado en la obre ensayística de Gramcko)". Sus reflexiones traen a mi memoria la hondura metafísica de su pensamiento y la  riqueza exuberante  de su verbo. He aquí uno de sus poemas:

       Lo máximo murmura
Si he sido fiel al colmo compartido
de lo divino, si desamparada
el amparo esencial he mantenido
esta máxima y diáfana morada;
si en el dolor, de su inmutable nido
_colmena de una miel honda y dorada
donde brilla, lejana del sentido,
luz de esencial y única alborada_
no dudé y su fervor he sostenido
pese a estar triste, pese a estar turbada
por el miedo a la duda, y si he sentido
lo total, padeciendo más callada,
si me alcé sobre el grito y su estallido
como entera confianza delicada,
si no he visto y en lo único he creído
y soy la fe más bienaventurada,
¿puedo esperar lo que yo anhelo? Pido
sabiendo que mi voz será escuchada,
como se escucha un manantial sin ruido.
En esta unión altísima y sagrada
se oye la claridad y no el sonido,
se escucha el resplandor de la cascada.
          De Poemas de una Psicótica, Editorial Grafos 1964
Ida Gramcko es Premio Nacional de Literatura, Premio de Prosa José Rafael Pocaterra, Premio de Teatro del Ateneo de Caracas, Premio de Poesía José Rafael Pocaterra, Premio Municipal de Poesía. Algunas de sus obras: Umbral, 1941; Cámara de Cristal, 1943; Contra el desnudo corazón del cielo, 1944; La Vara Mágica, 1948; Poemas, 1952; Poesía y Teatro, 1955; Poemas de una Psicótica, 1964; Lo máximo murmura, 1965; Solo y Soledades, 1966; Este canto rodado, 1967 (Prosa y Poesía); La andanza y el Hallazgo, Antología de Monte Avila Editores1972; Salmos, 1968; Prosa: Mujer del Catey; María Lionza, 1955; La dama y el oso, 1959; Los Estetas, los Mendigos, los Héroes, 1970; Juan sin Miedo, 1956; Preciso y Continuo, 1967; El jinete de la brisa, 1967; O Grados Norte Franco, 1969; Tonta de Capirote, 1972.

Selección Carmen Cristina Wolf
Cuadernos de Poesía

CrónicasOctober 15, 2007 1:42 pm

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa.
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza;
quien a Dios tiene

nada le falta:
sólo Dios basta.

 Santa Teresa de Jesús, llamada también  Teresa de Ávila, es una de las grandes figuras místicas de la historia universal. Es también una poetisa y escritora extraordinaria. Su nombre real es el de Teresa de Cepeda Ahumada. Nació el 28 de marzo de 1515 en Gotarrendura, un barrio de la ciudad de Ávila. Su padre había tenido antes tres hijos con su primera esposa. La historia de Teresa fue contada por ella misma en la autobiografía titulada "Libro de la Vida" (1562) Con su hermano Rodrigo leía libros de santos y de caballerías. Teresa era una joven graciosa y inteligente.

Ingresó con 20 años de edad en el convento de las hermanas carmelitas de la Encarnación de Ávila, persuadida de que su caballero era Jesucristo.  El cambio de vida y de alimentación afectaron la salud de la santa y  dos años después vuelve con su familia para recuperarse. Estuvo gravemente enferma. En 1539 quedó paralizada y un año después se recupera. Regresa al convento dispuesta a luchar por ser más perfecta en su vida religiosa y en su amor al Señor. Según sus memorias, fue en 1541 cuando Cristo se le apareció en persona por primera vez.  En 1556  descubrió en la hendidura de la pared de un oratorio del convento, una estatuilla de unos 18 centímetros. Era un Ecce Homo,  una imagen de Jesucristo con el cuerpo llagado por los latigazos que le dieron los soldados romanos antes de crucificarlo.

Ante el cuerpo lacerado  de Jesús, escribió: "Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece que se me partía, y arrojéme sobre  Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle". A partir de entonces, Santa Teresa lleva una vida de penitencia, de mortificación y de oración constante. Según ella, "a los que tratan la oración el mismo Señor les hace la costa, pues, por un poco de trabajo, da gusto para que con Él se pasen los trabajos". Para Santa Teresa "el aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho".

Las carmelitas descalzas. Después de esta experiencia, Teresa decide reformar la congregación para volver a la austeridad, a la pobreza total y a la auténtica clausura de la primitiva congregación carmelita. Los primeros intentos nacen en el año 1560 pero se encontraría con diferentes opiniones en contra. Contó con la amistad y el apoyo de  San Juan de la Cruz,  y es que tal como escribía la santa en su diario: "Nunca dejará el Señor a sus amadores cuando por sólo Él se aventuran". El propio San Juan de la Cruz haría también una reforma en la orden carmelita masculina. El 24 de agosto de 1562 inaugura su convento bajo una nueva regla muy cerca de Ávila, el convento de San José. Aquella nueva orden recibiría el nombre de "Carmelitas Descalzas de San José", ya que todas las monjas andaban con los pies desnudos. De todas maneras, esta nueva comunidad no sería oficializada hasta la primavera de 1567. Rápidamente, muchas personas quedaron admiradas de la forma de vida de aquellas jóvenes monjas, lo que provocó que se hicieran nuevas comunidades en: Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas, Sevilla, Caravaca, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria, Granada y Burgos de entre muchos más. A sus carmelitas descalzas Santa Teresa les decía: "Para esto es la oración, hijas mías, de esto sirve este matrimonio espiritual; de que nazcan siempre obras". Es sin duda, la respuesta de la santa ante el auge del protestantismo de Martín Lutero que decía que no eran necesarias las obras de fe para agradar a Dios. Nuestra amiga Teresa tenía también palabras tan curiosas para sus discípulas como estas: "Entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor, ayudándoos en lo interior y exterior".

Una buena manera de entender el espíritu teresiano lo encontramos en estos consjos:
-No quiero hermanas cegatosas. Abrid bien los ojos!
-Ser carmelita es desear, no sólo ser religiosa, sino sobre todo querer vivir retiradas.
-Cuánta paja cuando se funda un convento! Así nunca nos faltará lecho donde dormir.
-El mundo está en llamas, hijas mías. No es momento de tratar con Dios de asuntos de poca importancia

Últimos años de su vida. A pesar de que la Inquisición quiso incautar la autobiografía de Teresa (lo hizo pero al final se pudo rescatar), ella continuó escribiendo en sus memorias cosas como que "no está el amor de Dios en tener lágrimas, sino en servir con justicia y fortaleza de alma y humildad". Continuó trabajando en pro de la comunidad hasta los últimos momentos de su vida terrenal. El 21 de septiembre de 1582 llegaba al convento de Alba de Tormes, pero 8 días después, ya no tiene fuerzas para levantarse de la cama. El 4 de octubre, sus monjas le oyen decir: "Oh Señor mío y Esposo mío, ya es llegada la hora deseada, tiempo es ya que nos veamos. Señor mío, ya es tiempo de caminar". La tradición dice que inmediatamente después de muerta, un árbol que había delante de su celda, muerto desde hacía décadas, volvió a florecer.
Los escritos. Teresa de Jesús nos dejó toda una vida de oración, de sabiduría  experiencias místicas y una vasta obra de reflexión, así como mumerosas cartas (más de 437 epístolas conservadas). El castellano de Teresa es único. En opinión del filólogo e historiador español Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), "su lenguaje es todo amor; es un lenguaje emocional que deleita en todo lo que contempla, sean las más altas cosas divinas, sean las más pequeñas humanas; su estilo no es más que el abrirse la flor de su alma con el calor amoroso y derramar su perfume femenino de encanto incomparable".

A continuación transcribo unos de mis poemas preferidos de Santa Teresa:

Búscate en mí
Alma, buscarte has en Mí,
Y a Mí buscarme has en ti.

De tal suerte pudo amor,
Alma, en Mí te retratar,
Que ningún sabio pintor
Supiera con tal primor
Tal imagen estampar.

Fuiste por amor criada
Hermosa, bella, y ansí
En mis entrañas pintada,
Si te pierdes, mi amada,
Alma, buscarte has en Mí.

Que Yo sé que te hallarás
En mi pecho retratada
Y tan al vivo sacada,
Que si te ves te holgarás
Viéndote tan bien pintada.

Y si acaso no supieres
Donde me hallarás a Mí,
No andes de aquí para allí,
Sino, si hallarme quisieres
A Mí, buscarme has en ti.

Porque tú eres mi aposento,
Eres mi casa y morada,
Y ansí llamo en cualquier tiempo,
Si hallo en tu pensamiento
Estar la puerta cerrada.

Fuera de ti no hay buscarme,
Porque para hallarme a Mí,
Bastará solo llamarme,
Que a ti iré sin tardarme
Y a Mí buscarme has en ti

Carmen Cristina Wolf

* Encontrar más datos en www.corazones.org

Mis poemasOctober 13, 2007 10:18 pm

Nunca quise ver el sol
me asusta el resplandor demasiado atrayente.
Siempre temí la ceguera del espejo

Un día asomó en la claridad de tu presencia

Cómo no amarte
fuiste tallado en luz de pensamiento

                                         *  *  *

Cuando el mar se recoge en su concha de arena
escucho el vuelo ausente del ruiseñor
pasos lejanos anuncian  tu llegada

El sol abriga un lejano roce de lluvia

De la piel quisiéramos ser sólo lo estrujado
esa marea circundante
nos conduce a un prado de rocío
en alocadas naves

Se aproxima el esplendor
tan igual a sí mismo y siempre diferente
Y celebra la vida
                        en clave de sol

                        *  *  *

Al filo del amanecer, los cuerpos están solos con su esencia
y la sangre recorre tranquila sus dominios.

Letanía del tiempo
el viento corteja los bambúes
y riza las faldas a los árboles.
A lo lejos unos niños juegan
en el claroscuro del alba.

Abierta la ventana
la primera conciencia de ser no  será oscura
traerá su punto de celaje
mientras abrazo tu pecho levemente
con  aroma de las uvas y la sal del mar.

                       

                               *  *  *

_ ¿Qué haces allí, sentado en la quietud?  
  Todos se han ido.
  ¡Qué tanto piensas! tus amigos duermen
  los niños cesaron ya de alborotar.
  Y tú,  sigues con la mirada en un lugar lejano.

   Me lleva el alma allí
   donde no alcanzan  mis pies.

                        *  *  *
No  quiere amanecer en este día
como algunas mañanas de enero en mi ciudad.
Le exigen a la rosa que regrese a sus pétalos,

Las cosas duermen
y los pájaros cantan con más fuerza
para vencer la oscuridad y el frío.

Cantan para llamar al sol
una melodía del color del horizonte.

                        *  *  *
Mis notas crecen en los libros
como si fuese hiedra  en los peldaños
de un edificio intemporal.

En mi escritorio
la historia del mundo cabalga
sobre un caballo de madera
mientras un diccionario se enamora
de la palabra eternidad.
 
Entre los girasoles
el lenguaje encuentra su lugar
y los poetas dicen versos de amor
entre los lápices.

Selección del libro Escribe un poema para mí
Autora: Carmen Cristina Wolf
Ediciones Círculo de Escritores de Venezuela 2001