No son muchos los ejemplos de hombres ligados al poder que hayan sido capaces de hacer buena poesía. Entre los más antiguos está Adriano, el emperador Publio Elio Adriano, nacido en Itálica, en la antigua Bética de los romanos, muy cerca de Sevilla, en el año 76 de la Era Cristiana, y muerto en Baia, cerca de Nápoles, a los sesenta y dos años, o sea, en 138. Fue, desde luego, el hombre más poderoso de su momento, y sin embargo tuvo el tiempo y el talento de escribir, poco antes de su muerte, una de las joyas de la lírica romana (Animula vagula, blandula, hospes comesque corporis…), un poema breve que con inigualable maestría trata de la nostalgia del tiempo ido, de ese devenir que muchos años después tocaría el también español Jorge Manrique en las “Coplas” que dedicó a su padre muerto. Un tercer español es el otro caso notabilísimo de hombre de poder que supo también ser poeta y humanista: Alfonso X el Sabio, nacido en Toledo en 1221 y muerto en Sevilla, muy cerca de donde nació Adriano, en 1284, a los sesenta y tres años. Del rey sabio se conocen cuatrocientas veinte “Cantigas” en gallego, entre las que se destacan las “Cantigas de Santa María”, dedicadas obviamente a la Virgen. También se le tiene como autor de varios libros jurídicos, científicos e históricos, aunque él mismo, en un arranque de algo que tampoco es muy frecuente entre los hombres poderosos, nos hace saber que buena parte de esas obras que se le atribuyen no son de él, cuando en la “General estoria” nos dice: “El rey faze un libro, non porque l’él lo escriua con sus manos, mas porque compone las razones dél, et las enmiendas et yegua e enderesça, e muestra la manera de cómo se deuen fazer, e desí escríuelas qui él manda; pero dezimos por esta razón que el rey faze el libro. Otrossí cuando dezimos “el rey faze un palacio", o alguna obra, non es dicho porque lo él fiziese con sus manos, mas porquel mandó fazer e dio las cosas que fueron mester pora ello; e qui esto cumple, aquel a nombre que faze la obra, e nos assí ueo que usamos de lo decir” (Citado por Francisco Rico en Alfonso el Sabio y la “General estoria”, Ediciones Ariel, Barcelona, España, 1972, p. 98). Curioso párrafo en el que el rey, sabio y modesto, mezcla el “nos", plural, con el “veo", singular, no para hacer gala de una licencia poética, sino quizá para que se entendiera que aunque estaba obligado a usar el pronombre plural de los reyes, se sentía igual a los demás seres humanos, a pesar de la inmensa cultura que lo distinguía de casi todos sus contemporáneos. Hay quien querría agregar a esta lista de dos al rey Shlomo, el rey Salomón, quizá el más grande de los reyes de Israel, que reinó entre el 974 y el 937 antes de Cristo y debe haber vivido unos sesenta años, pero en realidad los “Cantos del Rey Salomón” son de autor o autores anónimos, y la referencia al gran rey se debe a que fueron escritos, como canciones dedicadas a la unión perfecta entre el hombre y la mujer, durante su reinado, por lo que se le podría aplicar también aquello de cuando dezimos “el rey faze un palacio”, etcétera, etcétera, etcétera. Para ser coherentes, en este caso debemos entender y aceptar que, si seguimos el razonamiento de Alfonso X el Sabio, el poeta o los poetas que compusieron los versos salomónicos debían estar muy cerca del rey, y por ende eran o debían ser personas cercanas al poder.
Pero dejemos de lado el poder. Lo que interesa es la poesía, y para comentar muy brevemente el “Canto a la mujer”, de Luis Alberto Machado (Editorial Poiesis, Caracas, Venezuela, 1996. 120 páginas no foliadas), hay que pensar más en esos poetas cercanos a Salomón que en Adriano o Alfonso el Sabio. Aun cuando en la obra de Machado hay a la vez lírica y mística. Además de un sorprendente dominio del oficio de poeta. Pero es que en los cuarenta y nueve poemas que contiene el “Canto a la mujer” se nota una clara huella de los cantos bíblicos, aun sin que haya un ápice de imitación. Son cuarenta y nueve poemas de inmensa belleza, en los que el motivo, una mujer que es la mujer, brota desde todos los costados, omnipresente como la luz, como el sonido permanente que acompaña todo el tiempo las canciones del poeta enamorado. Desde los cinco primeros versos (Tú estabas allí / al principio, / cuando Dios creó / los cielos / y la tierra - Poema 1) se hace presente la combinación de amor y mística, de “Canto a la mujer” y adoración a Dios, que el poeta imprime a todos y cada uno de los poemas que ofrece al lector en este libro.
Siguiendo, como apunté, el ancho camino de los cantos bíblicos, Machado mezcla aforismos con metáforas que el lector debe descodificar para llegar a la profundidad de sus ideas. Hay en varios de los poemas un erotismo sublimado que recuerda a algunas figuras del Siglo de Oro español (y de nuevo nos topamos con la España de Adriano y de Alfonso el Sabio), pero no se trata del erotismo por sí mismo, sino de un claro sentido de lo trascendente (Ven conmigo / a sembrar / las semillas del mañana. / Incendiaremos la tierra / con los frutos / de la vida - Poema 4) que a veces se fija en ideas recurrentes (Todos los caminos / pasan / por las venas / de tus pies - Poema 18) o (Te vi venir / desde el principio / con la claridad de la noche / sobre tus huellas - Poema 22) hasta volverse plural (No dejemos / ninguna de nuestras obras / atrás - Poema 37) y llegar al paroxismo de ofrecer su propio sacrificio (Y desde ya / aquí / y ahora / frente al Diablo clamo / que yo / no quiero salvarme / si no estamos todos - Poema 44) como una clara renuncia al individualismo, al egoísmo que parece imponerse en estos tiempos, todo lo cual puede resumirse en un solo verso, el Juntos enterremos a la muerte con que termina el Poema 47 que bien podría ser el final del poemario, a no ser por la reiteración contenida en el 49 y la coda, puesta allí para que no haya duda de que el poeta quiere evocar la Biblia.
En resumen, “Canto a la mujer”, de Luis Alberto Machado, es un libro excelente, hecho por un hombre que conoce el poder, que ha sido y puede ser poderoso, pero que ha terminado por preferir la lírica, la inútil lírica que sólo sirve para demostrar que el ser humano no es un simple simio, sino que es capaz de utilizar la palabra y las ideas, y convertirlas en belleza, en expresión.
Luis Alberto Machado nació en Caracas el 21 de enero de 1932, lo que implica que, afortunadamente, ya ha superado los sesenta de Salomón, los sesenta y dos de Adriano y los sesenta y tres de Alfonso X. En el quinquenio 1969-1974 fue Secretario General de la Presidencia de la República, y en el quinquenio 1979-1984 fue Ministro de Estado para el Desarrollo de la Inteligencia, luego de haber publicado en España “La revolución de la inteligencia”, un libro que ha tenido gran repercusión en el mundo entero, y en el que sostiene que todo ser humano puede desarrollar su inteligencia hasta límites insospechados, y hasta puede llegar a ser un verdadero poeta. Para probarlo con su propia vida, publicó en 1976 su Canto a la materia, y ahora, veinte años después, ofrece al mundo este “Canto a la mujer”. No me atrevo a afirmar de manera categórica que así queda probada la tesis de Machado, pero sí me atrevo a asegurar que lo que queda probado, más allá de toda duda, es que Luis Alberto Machado es un auténtico poeta.
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