Ves cómo roban las uvas

el pulso de las horas;
allí está la dorada constancia
de la vendimia,
fiel como las nubes
y la lluvia.
Está madura la fruta,
desde siempre madura,
en el lagar y en la copa.
De la vid la tomaste,
suave amaranto en tus manos,
para invocar el recuerdo:
ciego nudo del suplicio
macerado en tu deseo insatisfecho.
Cuelgan las uvas
y cuelgan tus fantasías,
una a una
( rojas quejas,
sol bermejo)
en el rubor de tu silencio.

 

 

 

II
El cardenal exhibe la mitra
en tu rojo amanecer de desvelo,
y a voluntad hago también mi culto,
igual que lo hace el tiempo.
Y doy mi oración y mi quebranto,
solo en el frío,
 ante la plenitud de tu efigie.

 

III
De tus ojos negros de uva plena,
Guardada de la luz y del tormento,
en la constelación de la copa,
vibra la voz de grana callada.
Celebro otra vez la delicia
y alumbro de uva el misterio:
la breve, dulce acidez
rodando en gotas
de cálido diamante,
ocultas en la sombra.

 

***
En el altar de coral
del pudor
vino la ofrenda de tus lágrimas,
afiebradas en el escondido fuego
de los odres de ansiedad
de tu secreto.