A INGRID BETANCOURT
Un hálito desfallece en la selva. A cada minuto vuelan las campanas de su alma. Ya no hay fuerzas. Es sólo una señal de su propio calvario. Un circo romano del revés se apodera de su frágil grito para acallarlo con gritos de ignominia. En algunos corazones florece la vergüenza; en otros, el desprecio. Propio de un imperio que se resiste a morir –el de la muerte-, hace crujir sus huesos como las inservibles hojas que engordan la tierra. Ella, pobrecita, levanta la vista y no ve el cielo. Se deja estar ante lo inevitable. Ahora no hay hijos, marido o madre que puedan confortarla. Está sola y casi inerte. Pero una consigna, quejumbrosa como un ruego, tal vez logre hacer lo que es apenas posible: creer en la redención humana. Es por ello que le imploro: "no te mueras Ingrid; por favor, no te mueras…"
© Juan José Mestre
