En estos días pensaba en lo que sería la vida si no existieran los libros. Desde que tengo memoria veía a mi abuelo leyendo en su sillón, y cada vez que hacíamos la tarea y le preguntábamos algo, nos mandaba a buscar el diccionario de la Academia, que antes era enorme y pesaba tanto que lo traíamos a cuatro manos. Siempre leyendo la Ilíada y la Odisea, El Quijote y Lope de Vega. Era muy interesante hablar con mi abuelo, porque siempre contaba cosas prodigiosas. Cuando leo Los libros de estos días de Roberto Echeto, en la Revista ¡Claro! dirigida por Gisela Kozac y Alberto Soria, lo leo con interés porque no sé qué extraña fascinación ejercen los libros en mí. Aunque escribo prefiero mil veces leer. A cada lugar que voy entro en alguna tienda y compro, no, no iba a decir libros porque ya están casi inaccesibles para mí, aunque a veces me obsequio uno y compro, casi siempre, libros de poemas. En realidad decía que compro bolsos de lona, los tengo de la Colonia Tovar, El Hatillo, Barnes and Nobles, Sevilla, Margarita… ¿Sabe usted  por qué? Porque donde quiera que voy, incluso de la planta alta a la baja de mi casa, llevo un fardo de libros que leo a ratos uno, a ratos otro, y me esperan hileras de ellos en las mesas, el piso, la terraza y el automóvil. Arreo con cuatro o cinco al Banco y leo mientras espero, los llevo al parque, a la cafetería, a todas partes.

Me pregunto qué sería de mí sin la lectura. Como soy bastante miope tengo toda clase de anteojos, lentes de contacto y espejuelos. A ratos leo el Libro de horas de Rilke, El vino del estío de Ray Bradbury, que se parece a mi infancia, Una habitación propia de Virginia Wolf, los poemas de Emily Dickinson o Los bienaventurados de María Zambrano, los versos de Lorca y de San Juan de la Cruz. Esos son los mejores ratos, llegar de nuevo a las páginas preferidas y sentir que estoy fuera del tiempo, en otro lugar, con el autor o la autora, en una conversación privada.

A veces me regalan una novela, No siempre el olvido de Helena Sassone, El desván de lo oculto de Álvaro Pérez Capiello, La búsqueda de Blanca Miosi, y me enciende otra clase de emoción, es el mundo de los acontecimientos, una historia en la que me veo involucrada y no puedo dejarla. Pero me faltan horas, tengo que ir a hacer mercado, hablar un rato con mamá, el quehacer cotidiano está allí, hay que salir del ático para ir al paso de los otros que nos necesitan.

Pero usted, Roberto,  me habla de otros libros que está leyendo, Las abuelas de Doris Lessing, ganadora del Nobel de Literatura 2007. Al menos alguien tiene la gentileza de hablarme de un libro que es una ilusión para mí, porque todo libro que espera por ser leído es un tesoro que espero encontrar. Muchas gracias amigo de los mejores amigos que tengo.

Carmen Cristina Wolf

Caracas, 21 de mayo de 2008