por Roberto J. LOVERA DE SOLA
La muerte de Eugenio Montejo la medianoche del pasado jueves en Valencia (junio 5, 2008), ciudad de muchos de sus quereres, donde se publicó su primer poemario, Humano paraíso (Valencia: Impresiones Clima, 1959. 12 p.), que el poeta con el tiempo consideró mero balbuceo, y su primer volumen de ensayos La ventana oblicua (Valencia: Universidad de Carabobo, 1974. 184 p.), no fue sorpresiva como lo registró la prensa. La salud del gran poeta y discretísimo amigo estaba resentida desde hacía tiempo. Pero llegó la parca y sucederá lo que con los grandes creadores literarios: pronto olvidaremos que falleció porque la presencia de sus libros será constante en sus lectores siempre, de todos sus flacos volúmenes porque los registros de sus escrituras son altos y poderosos. Desde Elegos (Caracas: Editorial Arte, 1967. 37 p.) hasta Papiros amorosos (Valencia: Editorial Pretextos, 2002. 73 p.).
Hoy al llorar al siempre admirado poeta encontramos que su gran testamento creador está, sin saberlo él, sin presentirlo los escuchas, en la entrevista que le hizo el también poeta Leonardo Padrón a través de “Onda 107.9 FM” (Unión Radio) y que está ahora en la segunda serie de Los imposibles ( Caracas: Aguilar, 2007, p.357-395). De allí entresacamos hoy algunas de sus concepciones, de sus convicciones, de sus meditaciones sobre el oficio poético.
Sobre la poesía expresó que era “un melodioso ajedrez que jugamos con Dios en solitario, porque tiene algo de melodía y de geometría también y se juega con lo desconocido. En este caso hablo de Dios como lo desconocido. Y lo jugamos en soledad porque es lo más solitario del mundo” (p.367); “Aprender a escribir, enseña a vivir. La poesía…te hace conocerte a ti mismo profundamente” (p.372); “la poesía es la última religión que nos queda, algo a que aferrarnos, porque ante el mundo agnóstico que prevalece, lo que queda en la comunicación con lo desconocido es la palabra verdadera, esa palabra que te digo. Es la palabra como una especie de oración.” (p.373).
La parte última de su actividad poética la consagró Montejo a la escritura de esos bellos y sobrecogedores poemas amorosos de sus libros Adiós al siglo XX (Lisboa: Aymaría, 1992. 52 p.), Partitura de la cigarra (Valencia: Pretextos, 1999. 88 p.) y Papiros amorosos. Sobre estos textos confesó “El poema de amor necesita mucha sabiduría y mucho trabajo porque no hay cosa que confunda más que una perspectiva de enamoramiento. Lo que interesa a dos casi nunca interesa a un tercero. Además, el poema de amor está muy cercano al lugar común” (p.371) y lo hizo por pensar que “el amor es tan misterioso, sino más que la muerte” (p.372), muerte y vida, añadimos nosotros, siempre se entrelazan en el amor y en el acto erótico, al que lleva el tembloroso afecto y el susto de la pasión, entonces el tiempo se detiene y la historia cesa en el orgasmo.
Hay también en ese extraordinario palique de los dos bardos consejos sobre los libros de cabecera que Montejo recomendaba a los jóvenes poetas además de la obligatoria Carta a un joven poeta (1929) de Rainer María Rilke (1875-1926). Tales sus sugerencias que “conozcan el río del idioma, de una lengua que tiene mil años y que tiene unas maravillosas fuentes creativas. Entonces les digo: lee El Romancero y trata de averiguar por qué duró ocho siglos en la memoria del pueblo. La línea mía viene de El Romancero, Jorge Manrique (1440-1479), Fray Luis de León (1527-1591), Francisco de Quevedo (1580-1645) y luego sigo con la proyección de ellos en Hispanoamérica: lo que hay de Quevedo en César Vallejo (1892-1938)” expresó (p. 374-375).
Pero están en esa conversación sus observaciones sobre el futuro del mundo. Y dice: “Es que he pensado que después de este conflicto, si atravesamos el siglo XXI, que es el más difícil de atravesar, vendrá una época de gran espiritualidad. Esto no lo digo yo, lo han dicho grandes pensadores. Pero el siglo XXI ya está demostrando que es siglo muy, muy difícil” (p.391).
Traspasadas también están sus observaciones con su meditación sobre este país lleno de espinas, “espinado” (p.370) como lo dijo, que es Venezuela, “país de tanta luz y tanto absurdo” (p.392) como señaló nuestro Juan Antonio Pérez Bonalde (1846-1892), el de Vuelta a la patria, idea que mucho gustó a Montejo, tanto que la hizo suya.
Y la manda, el legado: ”La poesía sopla donde quiera… La poesía debe ser compañera del hombre… ese poema es necesario para tu vida, porque es la palabra en el silencio” (p.393).
EL DECIR POETICO
Ahora escribimos en presente porque no hay pasado en lo escrito. La obra de Eugenio Montejo, nacido en Caracas (octubre 19, 1938), quien adoptó el seudónimo de Eugenio Montejo para firmar su obra, es una de las mejores de nuestras letras de hoy. Con hondura, con serenidad nos ha venido ofreciendo un significativo conjunto de bellas palabras a través de una creación en donde la parsimonia está siempre presente. Tanto cuando expresa su rico y transparente mundo emocional como cuando realiza la construcción de sus cuerpos poéticos. Así lo podemos ver en su libro Alfabeto del mundo. (Barcelona: Laia, 1987. 139 p.) el cual es una suma de su hacer y una síntesis de su decir poético, ha sido tan celebrado que se han publicado dos ediciones, en España (1987) y en México (1988), la primera constituyó el lanzamiento internacional de Montejo hecho por don Benito Milla (1918-1987), siempre diestro lector y editor de poesía, desde su editorial catalana. Montejo ha olvidado su primer libro. Quizá lo consideró sólo aproximación a que quería expresar. De los restantes eligió para Alfabeto… sus textos más representativos. Pero es tan autocrítico que una de sus composiciones más celebradas por la crítica, su poema “En el bosque” (Terredad. Caracas: Monte Ávila Editores, 1978, p.9), ha desaparecido de esta analecta. En Alfabeto… están sus palabras más certeras y el contenido de sus nuevas creaciones. Con ambos conjuntos se ha formado este volumen que servirá a cualquier lector para conocer el universo de la creación de Montejo.
Quienes han estudiado lo escrito por Montejo han subrayado los caracteres de sereno contemplador que tiene este creador de todo aquello que lo rodea. Su sensibilidad se mueve alrededor de motivos sencillos, especialmente del paisaje de días ya idos de los cuales un buen ejemplo es su poema “Caracas". A partir de ello nos podemos asomar a ese mundillo personalísimo e íntimo a través del cual Montejo nos muestra su visión del contorno. De allí que sus diversos libros se reiteran presencias como las ciudades ya desaparecidas, los periplos, el mar, la mujer amada, los árboles, el tiempo, algunos animales. Con tales motivos ha cincelado una obra compacta, nerviosa, verbalmente limpia (por no decir pura e incluso transparente, palabra esta última que es una de las que mejor le calza), con un ritmo interior que es el de la conciencia, donde la delicadeza, de expresión y de sentimientos, siempre está presente y en la cual nos topamos con una serena emoción. Esto que hemos dicho es evidente en composiciones suyas como “Orfeo", “Los árboles", “Terredad de un pájaro", “Septiembre", “En el bosque", “Arqueologías", “Un samán", “Hombres sin nieve” y “Mural escrito por el viento". A estas podrían añadirse otras como “Algunas palabras", “Pueblo en el polvo", “Caracas", “Creo en la vida", “Canción", con lo cual podríamos formar un conjunto que permitiría a cualquier lector de poesía, comprender las particulares características de la poesía de Montejo que puede ser seguida en Alfabeto… a través de toda su evolución, desde Elegos hasta Trópico absoluto. (Caracas: Monte Ávila Editores, 1982), accediendo a la vez a su nuevo libro Alfabeto…, que llena la parte final del volumen que comentamos, en el cual los caracteres de su hacer se reiteran con la misma belleza y profundidad a las que Montejo nos tiene acostumbrados.
Después de Alfabeto… desde Adiós al siglo XX, volumen en donde está el poema “Amantes", se inició la etapa singular del cultivo del poema amoroso, que llena sus últimos libros Partitura de la cigarra y sus Papiros amorosos, del cual existe una segunda edición aumentada (Papiros… Caracas: Fundación Bigott, 2003. 68 p.). Pese a ello es imposible soslayar para cualquier lector de poesía, o para todo hombre que ame a una mujer, la belleza, hondura y singularidad de estos espléndidos poemas amorosos uno de los cuales ha servido para universalizar a Montejo al ser citado el titulado “Milagro puro” (Papiros… ,p.35) en uno de los diálogos de la celebrada película “21 gramos” (2003), dirigida por Alejandro González Iñárritu y escrita por Guillermo Amaga, la cual obtuvo el “Oscar” de la Academia de Ciencias Cinematográficas de Hollywood, lo cual es consagratorio. Su protagonista fue el actor Sean Penn.
Si un día de 1984 dijo apasionadamente el historiador Asdrúbal González ante nosotros que Montejo era el más grande poeta de Venezuela desde ahora, ido él, su lugar lo toman el barquisimetano Rafael Cadenas y la valerana Ana Enriqueta Terán. ¡Y qué sea por muchos años!
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.