Lucila Velásquez: Palabra en fuga siempre hacia lo eterno
Por Carmen Cristina Wolf
Con el sello de Grijalbo, Ramdom House Mondadori nos ofrece Memoria de mis días con Ruiz Pineda y Betancourt, el Che y Fidel, de la poeta venezolana Lucila Velásquez. Una obra de más de quinientas páginas que se inician con una explicación necesaria para entender y abarcar la Poética de esta mujer fraguada entre la escritura y la batalla por las banderas de la Libertad. Leamos en estas líneas la esencia de sus días:
“Se puede creer que mi poesía es la respuesta a una pregunta del corazón: ¿Qué soy como conciencia? “ (…). El contacto con la poesía de Lucila Velásquez ha sido para mí bosque inagotable de metáforas del Ser que florece en la condición humana y en las cosas. “Creo en la sinceridad del acto poético”, decir coherente con el verbo, la voluntad y las acciones de su existencia. Habla Lucila de las posibles influencias recibidas en su escritura, y confiesa su definitiva afición por el endecasílabo de Garcilazo y de Góngora, “los dos poetas que con más admirada dedicación he leído y estudiado.”
Afirma, en cuanto a su forma de versificación, que la suya se desenvuelve con igual libertad creadora en el uso del endecasílabo y del octosílabo, métrica tradicional que cultiva con la misma preferencia que el verso libre, donde ha encontrado avenida amplia para “la experiencia del poema moderno”. Revela que no tiene “ismos” poéticos y detesta los preconceptos en poesía.
Su escritura podría “dividirse” en tres grandes etapas: La primera abarca los primeros cinco libros: Color de tu recuerdo, 1949; Amada tierra, 1951; Los cantos vivos, 1955; Poesía resiste, 1955; y En un pequeño cielo, 1960. En un segundo período publica Tarde o temprano, 1964; Indagación del día, 1969; y Acantilada en el tiempo, 1982. Ellos cierran un ciclo coherente y constituyen una de las obras más sólidas y reconocidas en la poesía hispanoamericana.
El año 1989 marca una tercera etapa en la obra de Lucila, con El Árbol de Chernobyl, que implica abordar cambios radicales en su pensamiento poético, a partir de la incorporación del cosmos en la cotidianidad de lo humano. Se suceden las ediciones de Algo que transparece, 1991; La Rosa Cuántica, 1992; El Tiempo irreversible, 1995; La Singularidad Endecasílaba, 1995; La Próxima Textura, 1997; y Se Hace la Luz; 2004.
Regresemos de nuevo a las Memorias, imprescindibles para adentrarse en los acontecimientos de la primera mitad del siglo XX. Herida a veces por avatares y desencuentros, pero jamás abatida en las luchas libertarias ante la persecución política de que fueron objeto ella, sus familiares y amigos, por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, Lucila relata sus experiencias en la clandestinidad, su amistad con Ruiz Pineda, Alberto Carnevali, Antonio Pinto Salinas Rómulo Betancourt, Jorge Dáger, José Angel Ciliberto y Benito Raúl Losada, entre otros. Relata cómo conoce a personajes de otros países y de otras luchas, como Ernesto Che Guevara y Fidel Castro; el exilio en Ciudad de México, donde vivió en medio de penurias y angustias lejos de su familia, desde 1954 a 1958. Hace recuento de sus trabajos como Periodista, de los Premios obtenidos y de los cargos diplomáticos que ejerció. Cuenta su participación en la creación de la Galería de Arte Nacional y en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos.
Este libro es testimonial y referencia histórica trascendente para comprender nuestra realidad social y política de entonces y de ahora. Escribe Juan Carlos Zapata: (…) Ayer era el feudo de los Pérez Jiménez y sus esbirros. Hoy, el feudo de los Chávez y sus acólitos, civiles y militares, demagogos y fascistas. Y eso es precisamente lo que Lucila Velásquez reclama en esfuerzo de hora final a quien fuera su amigo (…) Porque el reproche de Lucila a Castro tiene origen y razón en el apoyo incondicional que el dictador de Cuba le ha prestado al nuevo dictador de Venezuela.”
Qué valioso viene siendo este libro para adentrarse en las formas poéticas clásicas, modernas y post-vanguardistas. Y entender toda una Poética de la cienciapoesía, más bien diríase cosmopoesía que estrena Lucila Velásquez para las futuras generaciones.
Se me permitirá transcribir al cierre de esta nota, unos versos que traslucen el oficio de una pluma consagrada a tiempo total a la escritura de lo indecible. Podrá observarse en este soneto la ruptura con las formas estrictas del uso de las mayúsculas, así como el despojo de signos de puntuación, mas se conserva la perfección del endecasílabo y de los catorce versos divididos en dos cuartetas y dos tercetos, atendiendo a las formas del soneto:
“si el cosmos es el eco que perdura
del cruce del misterio y la palabra
si es el estado de la encarnadura
del milagro de tierra que se labra
si es la noción de la belleza pura
que junta lo infinito y la palabra
y tanta realidad lo transfigura
a volver otra vez si descalabra
también es una estrella en el deseo
de espacio y tiempo a eternidad que asola
cielo y tierra en la fuga que rastreo
cada vez que me escucho y soy yo sola
y tengo resonancia en el orfeo
que llevo en mi ceguera de amapola”
(Poema 12 de La Singularidad Endecasílaba)
Lucila, rosa tiempoespacial de breve tallo, girasol en la búsqueda del sueño, continúa entre nosotros tu peregrinar por la redoma azul, te amamos en tu precisa y luminaria palabra en fuga siempre: “Adónde huye mi palabra (…) / Hombre / bello cuerpo a mi lado / cambiándose el alma todos los días / urgido de llegar primero / al paraíso perdido en mi ser” (…)
Caracas, 25 de octubre de 2008
