Por Lidia Salas*

Miro a través del cristal  las hortensias  violetas y  lilas reclinados al muro de piedra; más allá de la niebla, el verdiazul de los montes de los altos del estado Aragua.   Mientras subía la carretera  bordeada de eucaliptos doblados por la fuerza del viento, leía la plaquette de Maribel Proietti  Mis venas en Cuenca  ( Carmina Editores. Caracas, 2008).  En estas  páginas la poeta andariega  expresa su “ visión de mundo” a partir del paisaje de esa ciudad llamada “ La Atenas de Ecuador” , donde vivió una temporada  en contacto con escritores, arquitectos, artistas  y otros grupos de la bohemia y de la cultura.

Carmen Cristina Wolf describe la simbiosis entre escritura y lugar  cuando dice en su hermosos prólogo: “  su magia que enamoró para siempre  a la poeta por sus leyendas, sus calles adoquinadas, y construcciones  que denotan las diferentes influencias europeas, con hermosos balcones y cielorrasos labrados. ”       

           

Conocí a Maribel  hace algunos años.  Aún recuerdo la experiencia inédita de su performance  “ El árbol de Shehawee. ”    Las hojas  pintadas en la piel desnuda  de su cuerpo  y el manifiesto de la mujer que anhela descubrir sus raíces, su identidad y  su misión de vida.   Más tarde la acompañé  varias veces en su proyecto “ Martes de Musa”  donde se leían versos,   se teatralizaban poemas  mientras la tarde caía en el memorable rincón de la Cafetería del Ateneo.  La última vez la vi acompañando a Colette  Delozanne durante la exposición de sus esculturas en los espacios de La Estancia como restauradora de sus obras,  otra faceta de su trabajo como artista.

            “ Estoy aquí /  no puedo / respirar / siento un rumor turbulento “ ( pag. 13)  Así inicia la letanía de sus poesía, seguramente el contraste  entre las  costas  caribeñas de Venezuela y  las tierras andinas  produce en su ánimo esa escasez de oxígeno, sin embargo,  se deja arrastrar por el rumor tumultuoso de las palabras, de la inspiración.

Dos vertientes de  aprecian en esta lectura:  el paisaje del espacio que la sensibiliza con sus casas, puentes, ríos, pero sobre todo con los seres humanos, “ los cholitos” que venden mercaderías y los sentimientos de ese “ ser genético “ que  propician las estrofas más sentidas cuando dice:   “ Soy abrigo, / soy mujer / soy una de las tantas / casas / cuencanas.”

( pag. 34) De  esta manera establece su relación entre  sensibilidad y geografía  como homenaje a la tierra que la acoge y guarece.  Reflexión que finaliza con versos de gran riqueza semántica:  “ Cuerpo en adobe /… Mujer es casa. ”

           

            Establece en los cuatro ríos que atraviesan el paisaje:  Machángara,  Tomebomba, Yanuquay y Tarquí su alegato de belleza para dar cuenta de la cosmogonía que originan, así mismo dialoga con las calles empedradas  y con  los nuevos compañeros  con quienes comparte la sabiduría ancestral de la raza.  Tal vez por eso dice: “ Cuencanos que llevan / en sus lenguas  / espinas “ ( pag. 13) y también,    “Conjuros / de nombres / en leyendas / de mi boca  salen / otras leyendas “( pag. 24)

            Maribel Proietti hace   un homenaje de  amor y gratitud a la ciudad a la que le ofrece en homenaje su propia sangre como lo testimonia el título y las siguientes líneas: “ Mis venas / son / la media noche...”  ( pag. 28)  Auguro a esta  sencilla publicación el reconocimiento y el afecto de todos los lectores y muy especialmente de aquellos que se constituyeron en la génesis de su producción.   

*Lidia Salas es poeta y crítico literario, Miembro de la Junta Directiva del Círculo de Escritores de Venezuela    http://circulodescritoresvenezuela.org