Círculo de Escritores de VenezuelaJuly 31, 2009 3:40 pm

María Gabriela Madrid, Entre los surcos del recuerdo

Por Carmen Cristina Wolf

 

Entre los surcos del recuerdo consta de veintitrés relatos escritos entre el 2002 y el 2006 en Carolina del Norte y Nueva York, según explica su autora María Gabriela Madrid. Ha sido editado por el Círculo de Escritores de Venezuela en el año 2008 e ilustra la portada una obra de Salvador Dalí que lleva por título La persistencia de la memoria. Una síntesis inteligente de verosimilitud y acontecimientos fantásticos cargados de misterio, revela una inteligente indagación  de las pasiones a través de la psicología de los personajes, dibujados de manera certera y concisa. Con la misma soltura aborda temas ancestrales, adentrándose en los temores y las inseguridades de la psiquis que se han tratado desde la tragedia griega, hasta asuntos absolutamente actuales y polémicos, como el deterioro del planeta, la esclavitud y la tiranía. Aborda los celos, la envidia, las obsesiones, el desamor, las persecuciones por causas religiosas y el estigma de los prejuicios. Podría decirse que hubiera llegado a ser una buena discípula de Horacio Quiroga, que recomienda escribir con palabras sencillas, sin exceso de adjetivaciones, llevando a los personajes firmemente hasta el final sin que el escritor se distraiga del camino trazado con descripciones tediosas e innecesarias. Se observa en la autora una despreocupación absoluta sobre lo que puedan pensar los amigos, conocidos y la crítica acerca de su escritura. Y según  dice el escritor venezolano Heberto Gamero que los cuentos deben ser “una escultura perfecta, pequeña y precisa”, observo que María Gabriela logra este objetivo en su oficio de narradora. Los relatos de María Gabriela no se engolosinan con descripciones que nos sacan de la tensión y cuando el lector comienza a leer es como si se subiera en una cuerda de trapecista, vale decir, ella mantiene la atención del lector y éste no puede detenerse en medio del vacío.  Hay que llegar hasta el final.

Aun cuando MGM se vale de la estructura tradicional de planteamiento, nudo y desenlace, a menudo sus personajes se mueven en otros escenarios y llega a romper este hilo conductor usando recursos surrealistas sin perder la unidad temática.

 

Para los poetas como yo, sumergirse en el relato es un universo fascinante. Desde que comencé a leer a Chejov, Poe, Horacio Quiroga, Maupassant, Onetti, y volví a releer  a Borges con otra mirada indagatoria, me complace muchísimo leer este género literario, y encuentro en el libro de MG la aplicación de los secretos de los maestros, como lo señalé anteriormente.  No adjetiva innecesariamente, no distrae al personaje con cosas secundarias. Ella escribe con claridad. No describe el mundo psíquico  de los personajes, ellos se revelan por sí mismos con sus pensamientos y acciones.

 

Así como damos la bienvenida a un nuevo ser cuando la madre da a luz, de la misma manera compartimos la alegría de este nuevo hijo de María Gabriela, engendrado con el trabajo minucioso y prolijo de esta joven autora venezolana.

 

Palabras pronunciadas por Carmen Cristina Wolf el 16 de julio de 2009 en el acto de presentación del libro Los Surcos del recuerdo en la Librería El Buscón, Trasnocho Cultural. Caracas.

 

Poesía de Siempre 2:30 pm

 

                                             
  Por Magaly Salazar Sanabria
  
Para poder ver el bosque, abramos un claro entre los árboles. Son diversas las voces que animan la escritura de Andrés Eloy Blanco: ecos que trazan una nueva concepción de la hispanidad a través de una visión benévola de los conquistadores,”la semilla piadosa de las manos reales”. La asunción del trigo en la tierra llanera compendia el encuentro armonioso de dos realidades, así la manera de anunciarnos la aproximación entre dos culturas: la española y la india y más tarde, la negra.

 

El paisaje venezolano adquiere líneas decididas en la poesía del poeta centenario:En el poema Coquivacoa se lee:
   
                                     “Después, ya no muy lejos, entre el Lago y el Cielo,
                                       venía hacia nosotros la playa de arribar
                                        y en el azul clavadas, como tejiendo un velo,
                                        vimos surgir las verdes arañas del palmar” (1)

 

Esta voz del paisaje es, entre otros designios de su palabra, una búsqueda incesante que pretende romper con el exotismo impuesto por los modernistas, los cuales no lograron superar la relación entre su visión de la realidad objetiva y su imaginación

 

Lo popular, traído de la mano de un mestizaje acongojado y a la espera de una mejor suerte del destino, hace de la poesía de Andrés Eloy Blanco un ejercicio de lo venezolano, por su emoción, sus modismos, inflexiones, musicalidad, temas y paisajes.El poeta toma elementos del folklore sin grandes variaciones  que permiten  atacar la quejumbre de lo venido de Palos de Moguer. La palabra enternecida del poeta León Felipe, aquel día de México,  ante la caja oscura que contenía los restos de Andrés Eloy Blanco, dijo en su hermoso discurso:”Pero Andrés Eloy Blanco no es un poeta español ni rabiosamente españolista. Es un poeta criollo que cada vez se va haciendo más mestizo. Al final será el poeta más equilibradamente mestizo de la América española”(2)

 

Los críticos del poeta han encontrado rasgos comunes entre la escritura de Federico García Lorca y la del poeta cumanés. Pedro Beroes, apunta:

                    

Lo que en García Lorca es consumada perfección estética, es en
                     Andrés Eloy Blanco, intencional elemento de contraste. Esa ma
                     nera de concebir e interpretar lo popular, mucho menos inocente
                      e ingenua que la de García Lorca, trasciende casi siempre del cam
                      po estrictamente literario y cobra indefinida proyección en el marco
                      de las realidades político sociales incorporadas a la experiencia del
                      poeta. Aquí conviene dejar muy claramente establecido que sólo se   
                      trata de una pura y simple proyección de la poesía en un plano evi
                      dentemente extraliterario (3)

 

 

Es la obra de Andrés Eloy Blanco una poesía de metáforas sencillas que pulsa la emoción y la manifestación de los sentimientos sin rodeos. El empleo de las imágenes poéticas es de una gran claridad y están respaldadas por la verdad de la vida, las tradiciones, el espíritu de la gente y de la historia. Este canto llano pero con calidad lírica es lo que ha contribuido a que el pueblo venezolano recite por allí:

 

                                    “He renunciado a ti. No era posible
                                      fueron vapores de la fantasía;
                                      son ficciones que a veces dan a lo inaccesible
                                      una proximidad de lejanía”
 
                                                           o
 
                                     “Ayer vino la paloma
                                       que viene todos los días,
                                        ayer se paró en la reja
                                        y comió de mi comida.
                                        Ayer vino hasta mis hierros,
                                        ayer me escuchó tranquila
                                        y digo en el romancillo
                                        las cosas que le decía” (4)

 

Preocupado por este colectivo del cual el poeta no es sino un eco, adentrado en la esperanza y la muerte, en la sal de lo álgido, en el conflicto y en la risa, Andrés Eloy, asume una postura ante los problemas del ser humano, y lo hace a través de la solidaridad. Más que política, esta voz es solícita con el pueblo pero es también,  fuerza de libertad por la que luchó desde La Rotunda, El Castillo Libertador de Puerto Cabello, Valera y  el destierro.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                La La vocación democrática del poeta, su extraordinaria calidad humana y sus condiciones de ciudadano con alto sentido ético de la vida, hacen que la palabra llegue al alma popular como un legado de su espíritu de hombre poeta, más que el de un militante político. De Baedeker 2000, cito                                                      

 

 

                                     “Medio millón de hombres
                                       se secaron los pechos
                                       sus gritos de múltiple tono,
                                       sus imprecaciones
                                       sus sarcasmos,
                                       sus quejas,
                                       sus oscuros pedruscos de voz,
                                       y los fueron mezclando
                                       en el sombrero de un hombre”(5)
 
Mientras espera, llámese vivir el camino andado o la ilusión de la otra orilla, el poeta establece una ruptura con la herencia recibida. Según criterio de José Ramón Medina, Andrés Eloy Blanco  es un poeta que creció entre varias tendencias, ésto le da el carácter de poeta  de transición , por eso encontramos en sus primeros poemas rasgos modernistas, románticos y vanguardistas. Pero su universo creador, su ambición por captar toda expresión humana, le imprimen a su obra un carácter  de amplitud que le hace ir de lo humano a lo divino, de lo histórico a lo geográfico, de lo culto a lo popular. De esta manera, va desgajando posibilidades temáticas que reflejan su preocupación por el país, el ser, el amor, la vida. El yo poético  dice:
                                     
                                        Nací en una revuelta
                                        viví una Revolución
                                        y me voy por la puerta de un idilio.
                                        Estoy de pie en los campos
                                        que mi calor maduró  al fin para los hombres(…)
                                        De la montaña ideológica
                                        quedó una frase de divinidad sustantiva:
                                         “el Hombre es una fuerza que ama”(6)                                                                                      
El poema, Autorretrato, citado anteriormente, refleja claramente el deseo de Andrés Eloy de comulgar con lo humano que le confiere rasgos estilísticos propios.En un sentido, detectamos una  tendencia al diálogo y la plasmación de un sentimiento de confianza. Este aspecto hace que el lector sienta las confidencias del hombre auténtico:
                                                                 
                                     “(…) Y  el beso familiar a medianoche:
                                       -La bendición ,mi madre.
                                                                    Que el Señor te proteja…
                                       Y después en el claro comedor, la familia
                                        congregada para la cena,
                                        con dos amigos íntimos y tú, madre, a mi lado,
                                        y mi padre, algo triste, presidiendo la mesa.
                                        !Madre, cómo son ácidas
                                        las uvas de la ausencia!”(…)(7)

 

 El poeta se compenetra con la colectividad cuando asume la fe como bandera, así, la angustia parece alejarse, el dominio de la negación, también. De esta manera el poeta invoca la confianza:

 

                                        “Cuando se tiene un hijo,
                                          se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera,
                                          se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga
                                          y al del coche que empuja la institutriz ingles
                                          y al niño gringo que carga la criolla
                                          y al niño blanco que carga la negra
                                          y al niño indio que carga la india
                                          y al niño negro que carga la tierra” (…)(8)

 

La confianza está determinada por la absoluta responsabilidad que el escritor asume ante lo social. Este aspecto ha dejado de ser tema para transformarse en una voz. Tomás Segovia afirma: “el poeta ya no habla de lo social, sino en lo social”(9) La fe del poeta se sostiene en su manera de observar la naturaleza, el trabajo, la tierra y en su sentido de la solidaridad. En muchos poemas como “La Hilandera”, “Aparición de Giraluna”, “Caminos” y otros tantos, se siente la hondura de esa intimidad que sella la confianza.

 

La comunón del poeta con su pueblo se palpa en la presencia del yo que se afirma a través del “otro”. Un yo que se resuelve en nosotros, pero que no sólo se contenta con el otro, -ella, el colectivo-, sino que también se involucra con los espacios, los objetos, las cosas: Para demostrar lo expresado, cito:

 

                                     “Cuando tú te quedes muda
                                       Cuando yo me quede ciego,
                                        nos quedarán las manos
                                        y el silencio”(10)                                                                                                                                          
                           
Y en ese nosotros llegan las voces de los antepasados. En el poema “Iraida Regina Blanco”, de Tierras que me oyeron, el yo poético musita: “Iraida:Estoy pensando en el navío/ que trajo por los mares a tu abuelo y al mío”.Así el poeta habla de los conquistadores, los que vinieron con limones de Granada, los que trajeron claveles de Sevilla. El nosotros se hace con la sangre del yo y la de Iraida, para recordar a los viejos; el que sembró el árbol y el que salvó el ave.

 

Pero ese movimiento del yo que le permite refundirse en nosotros, también es
expansión. Entonces, el colectivo surge siempre vívido, apostando por una vida mejor y esperanzada, libre y feliz. Planteamiento que no surge de un dogma ideológico sino de una sencilla convicción de ser sensible. Esta sensibilidad le hace imprimir un sello de humanismo a su poesía y no de moralismo, como algunos han señalado.

 

De cada verso, unido uno tras otro en eslabones libertarios, nace una ética que surge del poeta y cuyo sentido totalizador tiene como lazo unitivo la solidaridad. Porque la poesía de Andrés Eloy no pretende ser sólo un acto comunicador . Sus voces son afirmativas, en el sentido de hacer del deseo una consustanciación con los otros.

 

Cualquier elemento de lo cotidiano, por muy pequeño que éste sea, pero que pertenezca al oficio de vivir del pueblo, contribuye a cohesionar la obra del poeta cumanés que es la poesía de lo colectivo.

 

El poeta no es un hombre que se queda en la contemplación. Su humanismo se transforma en acción; toma partido por la vida, la libertad, la justicia, el amor. La voz del amor llega a manera de canto o de elegía. En el primer caso, el yo poético se identifica con el amor -la mujer-y lo considera motivo central de su existencia, otras veces, lo manifiesta con una sensación de fragilidad. Distingue el amor a los padres. Una dirección cósmica-erótica recrea hermosas sugerencias. Cito: “Pensé: -En sus brazos, con Ella,/!romperé, acero tus lazos!/ ¿Para qué quiere una estrella/ quien tiene al cielo en los brazos?”(11) . El amor huele a “desayuno de amor”, “traslación de la sangre”, “apuro de los poros/ con un millón de hambres y un millón de sedes”. El amor es tranquilo, apasionado, reflexivo. La ausencia es un pretexto para configurar el amor. Se tira de los hilos de la distancia, de la soledad y de la espera. El amante, volverá,  tal vez, no revestido de corporeidad, sino de aliento para darle un nuevo motivo de canto al poeta, porque en toda ausencia hay una presencia.
                                                         
La otra manera de revestirse el amor es a través de la elegía, que también revela el sentimiento de la muerte. El poema elegíaco y la reflexión acerca de la muerte tiene sus raíces  en castellano  en Disputa del alma y del cuerpo del siglo XIII, y en el planto a Trotaconventos que Juan Ruiz incluye en su Libro del Buen Amor (siglo XIV).
Más tarde, las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, le imprimieron jerarquía a este género poético. La tradición elegíaca  conserva como ejes centrales: 1) El consuelo que se concibe como una nueva vida. 2) El elogio derivado de una situación postmortal. En el caso de Andrés Eloy Blanco, la consolación está dada por la fuerza del amor, por los buenos recuerdos; en fin, por las huellas. El elogio magnificador crea un espacio fantástico. El poeta no percibe la muerte como algo negativo, la persona muerta, habita ahora lugares de misterio y de bondad, por eso se produce el consuelo. La muerte también adquiere su sentido en la vida, porque es ineludible. Es la vida la que le da verdadero valor a la muerte, porque ésta es su fin. En Andrés Eloy Blanco se perfila un sentido solidario con los hombres que se inscribe en una dimensión colectiva e histórica y va más allá de la muerte.

 

                                    “ Padre mío, perpendicular al suelo,
                                       luminoso de canas,
                                       como el sol en medio del cielo,
                                       a plomo sobre las sábanas
                                       Amigo mío, sin paralelo,
                                       amigo sin codicia y sin celo,
                                       amigo de todas las tardes y de todas las mañanas”(12)

 

En la elegía a la madre “A un año de tu luz”, la invocación se convierte en una gran energía telúrica y cósmica. El canto es un repasar la geografía: Cumaná, Paria, Margarita, lugares donde se apacentó el amor y la vida; constancia “del claro querer sin la querella”. Así se lee: “Dormir allí, pescado en la atarraya/ de tu labor de estambre y mecedora/, mi sueño, entre las dunas de tu saya”(13)

 

No se puede acallar la voz del prisionero. En sus libros Barco de piedra y Baedeker 2000, el poeta se torna universal cuando proyecta su voz . Cinco partes componen la obra con nombres de ingrata recordación: La rotunda, Castillo de Puerto Cabello, Cárcel de Puerto Cabello, El Confinamiento y La Casa de Abel. En el poema “Los grillos me han hecho callos”, se percibe:
             
                                     “Duele un dolor de pobladas,
                                       duele un dolor de dolores;
                                       alguien se queja; en la queja
                                       se quejan millones de hombres(…)
                                       Se podría estar callado,
                                       callado… pero no puedo!
                                       Los grillos le han hecho callos
                                        al silencio”(14)
El acento reivindicador  de la poesía de la prisión , es en Andrés Eloy afirmación de sus convicciones democráticas. Este verdadero humanista, nacido en Cumaná, el 6 de Agosto de 1896, habla desde sus 113 años, que conmemoramos, del callo en el corazón , del olvido de la canción, que es lo que estremece y duele. El lenguaje, el  gran taumaturgo del espíritu, conmueve por su ternura , por el armónico maridaje entre la forma del poema y el concepto verídico del trasunto humano. Podemos señalar muchos de sus versos de la cárcel , pero hay uno que por su belleza se quedará sobre estas páginas como la “Luna”:
                                                           
                                    “Sobre el disco de la Rotunda,
                                       negro y lleno de presos,
                                       ha venido a pararse
                                       el disco de la Luna.
                                       Anverso de luz,
                                                      
                                       reverso de noche
                                       y un carcelero tahur,
                                       frente a frente con la Esperanza,
                                       nos juega a cara o cruz” (15)
 
La injusticia de la prisión revelada sin aspavientos por el poeta. El “nos” se refiere a lo colectivo, una vez más. Esta voz no responde a .un credo de una religiosidad, es, sin embargo, un credo personal, aunque en muchos poemas aflore un sentimiento cristiano.
Para  cerrar el círculo, el lugar donde las voces se encuentran, me arrimo hasta Juan Bimba, expresión del hombre pobre de Venezuela. La musicalidad, de nuevo, irrumpe a partir de repeticiones, traslaciones semánticas -a unas palabras le suceden otras, por su evocación significativa y el repicar de la onda fónica. El lenguaje poético recrea un mundo .Inventa una cosmogonía verbal  del desabrigo. Versos como “me das tu techo en tu rincón sumido”, o “me das tu traje, en tu sudor sudado”, imprimen un movimiento a esa realidad reinventada. El grito solidario se ha expandido. Las imágenes del hombre desvalido se recogen sobre la mano abierta del yo poético que dice:
                                    “(…) y yo te doy, por lo que dando espero
                                       el oscuro esperar con que te sigo
                                       y el claro corazón con que te quiero(16)

 

*Magaly Salazar Sanabria, escritora venezolana nacida en la La Asunción, Estado Nueva Esparta.

Poeta y ensayista, Licenciada en Letras con una amplia obra publicada. Directora de Relaciones Institucionales del Círdulo de Escritores de Venezuela.

           

Literatura FemeninaJuly 21, 2009 1:12 pm

Lucila Velásquez, “Soy de un país en fuga”.

Por Carmen Cristina Wolf

El Grupo Editorial Random House Mondadori con el sello de Grijalbo, publicó a la poeta venezolana Lucila Velásquez  Memoria de mis días, una crónica y un documento socio-político imprescindible para comprender la realidad venezolana del siglo XX y lo que está sucediendo en la actualidad. Lucila, nacida en San Fernando de Apure, Venezuela, hace un recuento de sus ideas y apasionantes vivencias. Ella fue una luchadora de la resistencia en contra del gobierno de Marcos Pérez Jiménez. Vivió días de exilio en México, Panamá y Costa Rica. Narra su vida como escritora, poeta, promotora cultural, diplomática, entre cuyos resultados se encuentra la creación de la Galería de Arte Nacional junto con el Maestro Alirio Rodríguez; y su participación en la creación del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos. Esta mujer profundamente vital, inteligente, siempre con su atuendo elegante y sus sombreros europeos, es una de las voces fundamentales de la Poesía Hispanoamericana. Su extensa obra ha sido traducida en varios idiomas y publicada por importantes sellos editoriales. El Nacional celebró en octubre de 2008 la presentación de estas Memorias de una mujer llena de lucidez y coraje.

"Estas memorias fueron como una tela de Ariadna, tejer y destejer", explica Lucila Velásquez a la periodista de El Nacional Michelle Roche Rodríguez. Algunos de sus libros publicados son: Color de tu recuerdo, Poesía resiste, Los cantos vivos, Tarde o temprano, Indagación del día, Claros enigmas, Acantilada en el tiempo, Mateo Manaure, Arte y Conciencia, El árbol de Chernobil, Der Baum von Tschernobyl, Colección Lírica “Fischer Verlag” Alemania 1991; Algo que transparece, La Rosa Cuántica, El Tiempo Irreversible, La Singularidad endecasílaba, La Próxima Textura y Se Hace la luz, publicado este último por el Círculo de Escritores de Venezuela en el 2008.

Quien quiera acercarse al ars poética de Lucila Velásquez, haría bien en leer los dos primeros capítulos de Memoria de mis días, que llevan por título “Una rosa en el pecho” y “Sobre navegantes solitarios en alta mar de la palabra”. La apreciación lírica de su propia concepción de la poesía y de los movimientos del alma son de por sí una clase magistral del quehacer del escritor. Es difícil elegir algún pasaje de estas líneas porque son de tal carácter y profundidad que cuesta trabajo seleccionar éste o aquél. No obstante, transcribo algunas de las ideas  del primer capítulo:

“El girasol contiene la perplejidad del asombro en su costumbre de corola abierta al sentido de irradiación del infinito. Es evidencia de la luz en estallido de la desnudez …Desde luego que todas las flores son bellas, cada cual insinúa la singularidad de la omnisciencia  … al dar los buenos días a estas memorias he querido, a propósito, lustrarlas  con el agua de la gracia poética, gracia de Dios en la palabra, y cuyas claridades me han acompañado desde que tuve uso de razón de ser poeta”.

En el capítulo II Lucila intenta aproximarnos al por qué de su poesía: “En alta mar de la palabra los navegantes solitarios se guían por una estrella del corazón al pensamiento como ideal poético. Se puede creer que mi  poesía es la respuesta a una pregunta…: ¿Qué soy como conciencia? … Cuando escribo poesía, la primera estremecida soy yo misma… Para llegar a este estado de creación poética, he amado la vida. Como mujer, como ser humano, he participado intensamente de la cotidiana vibración de los días en el mundo, de las cosas que a cada minuto tienen trascendencia de animada materia…”

La transformación y el dominio estético del lenguaje  en el tiempo escritural de Lucila Velásquez es fruto de un aprendizaje constante, de refinadas lecturas que ella misma confiesa, como Santa Teresa, Sor Juana Inés de la Cruz, Enriqueta Arvelo  Larriva, Emily Dickinson, John Milton, Jorge Luis Borges y tantos otros que menciona la autora a lo largo de los treinta y seis capítulos de Memoria de mis días. Y es el resultado de un propósito claro, inquebrantable, de entregarse a la Poesía en cuerpo y alma,  de la experimentación de las formas, desde los más difíciles y originales endecasílabos y alejandrinos, métricas tradicionales volcadas en sonetos absolutamente magníficos, hasta la creación de una poesía en versificación libre de toda atadura, a la que puede ponerse fecha, 1989, con el libro El Árbol de Chernobil”, que inaugura una escritura novísima, nutrida  de los conceptos de la ciencia, y que en  palabras de la ensayista griega Efthimia Pandis-Pavlakis, Directora de la cátedra de Literatura Iberoamericana de la Universidad de Atenas, “rompe totalmente con la poética anterior y se dedica a la cienciapoesía, que se caracteriza por un lenguaje inspirado en la filosofía de la ciencia y la filosofía de la poesía.”

Es el poeta quien percibe lo sagrado en lo sensible y diviniza aquello que está sujeto al deterioro del tiempo. Lucila Velásquez ha vivido con el ser desgarrado por querer revelar desde la intuición la temblorosa fragilidad de las cosas, su amor por la Belleza  y el perseguir las huellas de la esencia del Ser. Cuando Lucila dice: “Soy de un país en fuga” condensa en una frase todo un drama interior. Ella más que nadie observa con lucidez lo que se escapa, la fuga de las horas y de las apariencias. Mas alza su mirada a lo eterno y es capaz de elevarse desde lo tangible a lo divino en este admirable soneto: “la singularidad tiene unas veces / estados subyacentes a la noche / se sienten los insumos del derroche / el cúmulo que Dios hizo con creces // y callan los silencios en la noche / se escuchan respirar las palideces / estrellas con insomnio tantas veces / despiertan de soñar a medianoche // en la ruptura de la simetría / en la raíz cuadrada de una estría / en el vuelo de un pájaro secreto // en el regreso de otra primavera / en el último instante de la espera / la singularidad es lo concreto (Poema 53 de La singularidad endecasílaba).

Algunos de sus Poemarios publicados son: Poesía resiste, Amada tierra, Color de tu recuerdo, Indagación del Día; Acantilada en el tiempo, La rosa cuántica, El árbol de Chernobil; El tiempo irreversible, Algo que transparece, La próxima textura, La singularidad endecasílaba, Se hace la luz, publicado por la Colección Poesía del Círculo de Escritores de Venezuela, que está siendo traducido al inglés. Lucila Velásquez es Miembro Fundador del Círculo de Escritores de Venezuela e integrante del Consejo Consultivo. Recientemente Anti Papageorgio ha traducido una Antología Poética de toda la obra de Lucila Velásquez al griego y ha sido publicada por Ediciones del Orto en España.

De El Árbol de Chernobyl, “Crónica de aquella ucrania primavera”, leemos:
"del Mar Mediterráneo este derrubio / ese viento mistral / esta altísima piedra / del oleaje de los Pirineos/ debajo de la pluma radiactiva /donde apoyó su abismo /el ala invicta de la paloma de Picasso / a la caída del Icaro /propagada de aleros de Guernica
y paisajes de Horta de Ebro /con cráneos y guitarras / de la mujer que llora / naturalezas muertas / del Arbol de Chernobyl".
No quedará aquí la indagación sobre la obra de Lucila Velásquez. Siento el compromiso de continuar estudiando su obra, no sólo por los profundos lazos de afecto que me unen a ella, sino por la fascinación de rastrear en sus versos algún indicio de si somos tiempo o eternidad, en una búsqueda que ofrezca también la seducción de la hermosura en el  enigma que es el lenguaje. Caracas, 19 de julio de 2009 (6.300 caracteres)
literaturayvida@yahoo.com

 

 

Poesía de SiempreJuly 16, 2009 2:09 pm

Todos han muerto

 

JOSÉ BARROETA
Y LA MEMORIA DE LA MUERTE

 

                     Por Alberto Hernández

 

1.-
En el ensayo El padre, imagen y retorno (1) el poeta trujillano José Barroeta afirma que “La elegía muestra el rostro trágico de la cultura y nos deja entrever cómo el hombre ha ido asumiendo el hecho de la muerte”. Tema recurrente, Barroeta estuvo destinado a buscar en la memoria perdida, en la infancia ambulante de una vida perseguida por el pasado. Con la muerte, con el canto a su muerte, el poeta revisó las coordenadas de la eternidad, el paisaje simbólico previsto en la tierra de los suyos.
Desde el comienzo, desde el mismo instante del primer verso, José Barroeta supo de su viaje por la muerte. El lugar de nacimiento marca el inicio. Una mirada a lo Rulfo destaca el regreso, el retorno a la memoria donde impera la muerte. En Todos han muerto (2), el pequeño país de la infancia se convierte en la nación del abandono, en la caverna de la muerte, en la arcadia del espera.
Pampanito, el imaginario trujillano del poeta, se vuelca en la nostalgia de una mujer, Eglé, único testigo de la desolación. Barroeta deja escrito este viaje hacia la sombra, hacia el lugar donde sus fantasmas ambulan en el aire, en un “bosque ruinoso”.
Mucho antes, un niño, el estadio más delicado de quien siempre desea retornar, supo de unas “galaxias para mi amor”, las mismas que hienden sus “ojeras de abandonado” en este su primer libro:

 

Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me consolaba
y estaba segura, como yo,
de que habían muerto todos.

 

Me acostumbré a la idea de saberlos callados
bajo la tierra.
Al comienzo me pareció duro entender
que mi abuela no trae canastos de higo
y se aburre debajo del mármol.

 

En el invierno
me tocaba visitar con los demás muchachos
el bosque ruinoso,
sacar pequeños peces del río
y tomar, escuchando, un buen trago.

 

No recuerdo con exactitud
cuando empezaron a morir.
Asistía a las ceremonias y me gustaba
colocar flores en la tierra recién removida.

 

Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me esperaba
dijo que tenía ojeras de abandonado
y le sonreía con la beatitud de quien asiste
a un pueblo donde la muerte va llevándose todo.

 

Hace ya tiempo que no voy al poblado.
No sé si Eglé siguió la tradición de morir
o aún espera.
  
Poesía elegíaca, se mueve con la épica de un tiempo detenido, de allí que Víctor Bravo afirme: “…la poesía de Barroeta es preparación y ejecutoria de un viaje: el viaje hacia lo originario que se desprende de la inescapable carencia, de la estremecida fragilidad”. Pampanito, el pueblo andino y trujillano de las visiones de José Barroeta, se mueve con la palabra y el cuerpo de quien supo desplazarse, pero al no huir de su memoria lo enclava en toda su obra.
He allí que el padre, la sonoridad del origen, así la mujer, la revelación del origen, se sostengan permanentemente en una poética en la que la muerte es “imagen a lo largo de una estación que huye”, como los seres que bajo tierra siguen dialogando con el silencio.
Como remate de estas afirmaciones, José Barroeta nos indica el camino hacia la elegía y el retorno: “Mientras haya muerte viviré cantando (…) Cuando regrese no tendré padre ni madre. No iré más al bosque/ ruinoso y mi amada ha de esperar vestida de luto”.

 

2.-
¿Era la mujer del poema anterior la misma que en Cartas a la extraña (3) se confirma lugar y tiempo del poeta andino? Siete son las cartas que el poeta envía a la extraña. Siete son los intentos por hacerla parte de sus estremecimientos. En un principio, el espíritu siembra la mudanza de palabras, frases y augurios: el viaje hacia el interior de una mujer.
José Barroeta, el insomne de Vagancia City, busca afanosamente la voz de la extraña. Para ello se vale de una incesante sonoridad que lo desplaza frente al silencio lejano y apacible. Siete son las voces, como cabalístico agitar de las manos mientras marca en las piedras trujillanas el poema que aturde, que se moja con el licor sobre la madera de la barra  de los bebedores impenitentes.
Cartas a la extraña son los nervios al descubierto y fáciles para conducirme a la demencia los que quedan como señales, sobresaltos del sueño, del abandono de este sueño para sobrevivir noctámbulo en un nombre que se pierde en el hallazgo. Porque aéreos son los giros que el poeta hace para toparse con el fantasma. Por eso hay un antes y un después del amor, toda vez que la suerte de quien recorre las sombras es la misma de quien se esconde del mundo.  
He aquí el viaje a la infancia, al mar de 1930. La edad perdida, la generación del olvido, la poesía como balsa para una navegación procelosa: Inicia entonces el espíritu la gran/ aventura, fatalmente el mundo nos alimenta/ de miedo y de pura poesía comenzamos a vivir.
El vértigo, la pérdida, el abandono, la distancia que sacude los vientos a espaldas de los cuerpos. Una como sospecha de que la muerte recorre los campos de la vigilia, los puertos de al mirada y el encanto imposible.
El poeta se recoge en su propia desolación. La palabra se queda en el lugar del silencio, en el viaje sin destino, sin punto de referencia: Vagar contigo era como dormir en los celajes de una imaginación donde la muerte había dejado sus mejores ráfagas.
La mujer, esa extraña hecha mundo en la mirada del poeta, reniega del sonido como respuesta. La muerte, la no-invitada, o quizás la invocada sin propósito alguno, comienza a desdoblarse en la piel y los ojos.
La pérdida de todo, la huida de las cosas que la memoria destina a las carencias. Quien escapa sabe de dolores, de resacas y torturas, de soledad para encontrarse con el dios de la embriaguez: Era aborrecer la multitud, aborrecer todo cuanto me impedía sentarme a la sombra de mi cadáver y acusar desde allí el origen de una enfermedad, el alcohol, que desde la adolescencia se aposentó en mí en forma sagrada.
Luz y sombra, fantasma y destellos. El fuego en la carne de los sueños: el extrañamiento hacia los olores de la mujer, la extraña, su Nadja.

 

Por fidelidad a mi equívoco ahora me conduzco de una
manera diferente. Me he vuelto hosco, y aun cuando esto
me permite el disfrute perfecto del silencio, tiende también
a separarme de mis camaradas inolvidables.

 

Y entonces, como Rimbaud, se ilumina. En el regreso.

 

3.-
Si la muerte y la infancia, el segundo en el camino de Rilke, han sido los temas más recurrentes en Barroeta, el del padre tiene asiento relevante en Arte de anochecer (4), uno de los libros mejor logrados del nacido en Pampanito. El poema que le da nombre al libro pronuncia esta búsqueda, común en la poesía venezolana. El imaginario del padre, tratado con maestría por Vicente Gerbasi, reúne en Barroeta la figura de un hombre perdido, lejos de la intemperie del pueblo, bajo tierra. Una vez la muerte, otra la distancia provocada por los avatares de la historia. La guerra, el exilio y el abandono. En Arte de anochecer se debaten estos referentes, estos tormentos, el regreso al origen y la figura ansiada del ausente: “A los campos vuelvo,/ al fracaso de los iluminados”, “Si una hoja caía,/ lloraba de amor por ti, padre./ Mi vergüenza pura es soñar contigo sin puestas de sol,/ limpio de clareo día./ Luego de tu muerte no gusto de la noche…”
De esta laceración se desprende Arte de anochecer, poema nocturnal, lavado con un verbo definitorio:

 

Hay un arte de anochecer.
De la entrada del cuerpo al alma,
de la niebla a la redondez
y del círculo al cielo;
hay un arte de luz,
un campo donde anochecer
es mirar la vida
con el cuerpo cerrado.
Hay un arte de anochecer,
un descenso en la entrada del día
a la completa oscuridad.
Un intermedio donde es necesario
recibir y saber todo sin estremecimiento.
Hay un arte,
un paisaje a veces amable,
a veces torvo,
donde ascenso y descenso son accesorios
de la materia limpia.
Hay un arte de anochecer.
Quien haya vivido o soñado con bosques,
luces y demonios,
lo sabe.

 

Y él lo supo. Supo de la circularidad de la sombra, de la redondez de la luz, y así su padre, anclado en sus poemas. La celebración de la muerte, la fiesta de la vida: ambos tesoros verbales, inventario de la eternidad, del acontecer de los astros. Cuerpo vital, limpio bajo la bóveda del cielo. Lo supo José Barroeta en el varias veces nombrado “bosque ruinoso”, donde las luces y el demonio alimentaron el viaje de su obra y en su obra.
Bien lo escribió el poeta Harry Almela, a propósito del libro homenaje a Pepe, Todo ha sido soñar(5): “Acá cabe señalar que Barroeta es uno de los pocos poetas venezolanos a quienes la presencia del padre le aturde o le conmueve. Punto de referencia con el paraíso de la infancia, el padre de costumbres campesinas acerca en un país que no se caracteriza precisamente por sus sanas relaciones con la figura paterna. No es casual, además, que uno de los pocos ensayos sobre el tema del padre en la poesía venezolana, se le deba a él”.

 

4.-
Fuerza del día (6) es la recurrencia de la infancia, la muerte niña frente al paisaje familiar. Los ausentes regresan en la voz de quien permanece frente a la memoria: Esta piel ha tocado la muerte,/ hundida su dureza viva/ ha ido a los acantilados/ en busca de los ojos de marinos muertos” (…) “El buey que vi en la niñez anda entre catedrales” (…) “Había un país/ y yo era su hermano/ y una piedra/ y un árbol también”. Así continúa el fantasma del padre, la búsqueda sagrada de la palabra, de la poesía, como bien se asisten también en Culpas de juglar (7), ámbito de los sonidos interiores, de los relámpagos del páramo.
Así, la figura mítica, la perfección bíblica del tiempo: “El final y el comienzo/ son un intento de vacío.// Es posible que entre tú y yo/ el mundo haya pasado/ es posible que Dios exista”. Ese alfa y omega hacen posible la tesis poética del autor venezolano.

 

5.-
El canto a la muerte aflora con la misma fuerza de la vida en el decir del dolor. La elegía, el ritual fúnebre, el diálogo entre el ruido terrenal y el silencio de los guardados en la memoria. Con José Barroeta el lector se integra a la infancia lejana, dejada en un recodo del viaje. Los símbolos que utiliza alcanzan tal lirismo que funda un universo donde la huella de su patria chica juega papel relevante en el imaginario de los que abordan su poesía. Pampanito es pueblo de muertos. Pampanito es un resumen de la orfandad. Una tesis redonda en la poética de quien en Elegías y olvidos (8) encontró la última estación de la existencia.

 

Dónde estarán mi padre y mi madre
con sus rostros.
Dime tú Pampanito
que estás en la tierra
y en el cielo
qué piedras
qué sueño del camino
recojo.
Dime y dame
la ternura caliente de los
muertos.

 

Hasta aquí –hasta esta eternidad- los poemas de José Barroeta, mensajero de todos los afectos. Un poeta de magistral pureza, cuyos huesos limpios viajan por el cosmos, por los campos calientes de Pampanito, el pueblo del siempre retorno en su propia muerte, a la que cantó y contó. Sus últimos días estuvieron en Elogios y olvidos, asimilados por la valentía de su espíritu, de una poética incansable, sostenida. A modo de hasta luego, este eficiente aliento:

 

Mi oficio
regentar el vacío…     

 

                                                                     **
                                                     Fuente bibliográfica:

 

El padre, imagen y retorno. Caracas, Monte Ávila Editores, 1993.
Todos han muerto. Caracas, Monte Ávila Editores, 1971.
———————- Editorial Candaya, Barcelona, España, 2006.
Cartas a la extraña. Dirección de Cultura/ Universidad de Carabobo, 1972.
Arte de anochecer. Caracas, Monte Ávila Editores, 1975.
Todo ha sido soñar. Mérida. Universidad de Los Andes/ Casa de las Letras “mariano Picón Salas”, Editorial Amate, 2006.
Fuerza del día. Caracas, Casa de la Cultura Juan Félix Sánchez y Ateneo de Caracas, 1985.
Culpas de juglar. Cumaná, Centro de Actividades Literarias José Antonio Ramos Sucre, 1996.
Obra poética. 1971-1996. Mérida, Rectorado de la Universidad de Los Andes, colección El otro, el mismo,

Poesía de SiempreJuly 7, 2009 3:58 pm

Cuál promesa nos salva en las caídas?
¿De cuánta llagadura somos huella?

Lidia Salas                        
Fragmento del poema XIV, Mambo Café
Lidia Salas nació en Colombia y reside desde hace muchos años en Caracas.  Es Magister en Literatura de la Universidad Central de Venezuela, poeta, ensayista, crítico literario y profesora de Idiomas. Autora de los poemarios:  Arañando el silencio, Mención de Honor del Primer Concurso de Poesía Libre de la Universidad de Córdoba, Colombia (1984),Coautora con Elena Vera de la Antología Quaterni Deni.  (1992).  Mambo Café, 1º Mención de Concurso de la I Bienal del Ateneo Casa de Aguas (1994). Venturosa Premio Unico Mención Poesía del VII Concurso Nacional del IPASME (1995) . Luna de Tarot  (Ediciones Círculo de Escritores de Venezuela. 2000). Y de las Plaquettes Sedas de Otoño (Taller Editorial El pez Soluble, 2006). Itinerario Fugaz editado por la Universidad Nacional Abierta en 2008.
Ha sido invitada a la Celebración de la  Semana Hispánica por la Universidad de Clemson (Carolina del Sur, USA) en 1989 donde leyó su ensayo “Voces de mujeres en la poesía Venezolana” y a la II Bienal de Poesía Hispanoamericana en la Universidad de George town, Washington. Usa 1997, en donde disertó sobre la vida y obra del poeta chicano Tino Villanueva. Presentó una ponencia sobre la novelística de Marisol Marrero en el Octavo Encuentro Internacional de Escritoras 2008, que se realizó en Caracas. Recientemente dictó una conferencia sobre la vida y obra de Enriqueta Arvelo Larriva en la Sala Cabrujas del Centro de Cultura Chacao en Caracas.
De una selecta obra publicada, he elegido un poema de  “Sedas de otoño”, plaquette editada  por El pez soluble (Caracas 2006).
         Estos versos evocan un pasaje en la vida de Sherezada,  protagonista de Las Mil y una Noches, prisionera del poder absoluto en un lugar de costumbres atávicas. En cualquier país puede erigirse un gobernante que pretende ser dueño de la vida y la muerte de sus súbditos, y desea que le rindan pleitesía a todos sus caprichos. La sensibilidad  de Lidia capta un drama íntimo y en forma de collage dibuja una mujer  que puede ser cualquiera de nosotras, o ella misma como espectadora y con una gran ternura salva a Sherezada de su destino trágico a través  de la inocencia:

Matices
Extraviada en la ciudad de nadie.
Me orienta la anciana que lo ha perdido todo.
En el templo, mi plegaria se extingue
                            Ante el silencio de la llama.
El aroma de la cera derretida es hermosa respuesta.
Vi las esencias y los aderezos en el bazar e jades.
Sherezada ignora la amenaza terrible del Islam.
En su jardín, es íntima la muerte
Como aliento de azahar en la penumbra.
Soy otra en los brazos del extraño
Aquella que el tiempo deshizo en nostalgias.

Traduce mucho de lo que pienso sobre la escritura de Lidia Salas esta aproximación a su poesía  que expresa el poeta Marco Ramírez Murzi en 1994, sobre el libro de Salas Mambo Café:  “… es una expresión de la nocturnidad. Del humo. Da la compañía, entre rostros errantes. De la música de Jazz, que cae, gota a gota, sobre el alma… Es una poesía fuerte, de palabras que se callan paro se sugieren, de pasiones que se muestran a medias y solidamente se esconden… Lidia me ha sorprendido … por la fuerza con que dispara en la poesía, hasta herir mortalmente. Por el poder absoluto que aprisiona bajo su piel. Por este verso caribeño, auténtico, destellante, expresivo, diciente y significante …”
Refiriéndose al libro Arañando el silencio, Gustavo García Márquez escribe lo siguiente: “La semántica de estos poemas despojada de falsas posturas innovadoras y laberínticas figuras que alejan la poesía de hoy del ejercicio mismo de la vida nos devuelve al tiempo cuando el hombre podía compartir con los poetas los mismos sueños, una nostalgia idéntica, el silencio de siempre”…
Acerca de su obra Venturosa, leemos estas impresiones de la escritora venezolana Magaly Salazar Sanabria: “Es un texto de simultaneidades profundas, manifestado como una unidad … el claroscuro de la muerte y la esperanza. La muerte va en busca de la vida… La prpuesta metafórica de Venturosa habita los umbrales de la metafísica, por eso el lenguaje establece una polaridad dramática entre la desdicha y la posibilidad de la vida, entre la muerte y el eros, entre la separación y el deseo.”
Lidia Salas es una poeta de profunda reflexión filosófica, de esencias. Su poética, sin embargo, está sembrada de sensualidad y gozo por la existencia, aunque constantemente vuelve la mirada a la severa interrogante de lo efímero, al difícil camino de los hombres y mujeres del mundo. Y ella no pierde nunca la delicadeza, el cuidadoso respeto por las palabras, la sutileza y una inocencia que cae como rocío en el espíritu. Leamos este poema:
Arañando el silencio:

         Sigue el niño
d tu infancia agazapado
e las palabras
y tu acento
siempre incierto;
         sosteniéndote a la espera
             Con el miedo a las alforjas …
          Ese grito en tus pupilas
como pájaro enjaulado en el silencio …

         La voz poética de Lidia Salas canta sin miedo, transmite con fuerza un “encantamiento voraz”, un placer y embeleso que siempre sorprende al lector, como ella misma escribe a su admirado Ray Charles cuando canta
“Georgia on my mind”:

Ray Charles
las sedas de tu grito
y el impávido gesto de tus dedos
establecen a Georgia en mi memoria

Tu piano de sangres hechizadas
era dulce celada en los encuentros
Era rojo tizón de otros labios
¡Cómo ardieron los tenues crisantemos!

         Así arde en fuego inextinguible el ars poética de Lidia Salas y los lectores no nos cansamos de leer sus versos de magia y hechizo.