Por Joaquín Marta Sosa
Las antologías tienen una importancia insustituible, la de permitirnos una visión a la vez panorámica y precisa gracias a una muestra de calidad representativa de un género o de una literatura. De este modo, son un material extremadamente democrático pues sirven al especialista, al investigador y hasta al simple lector sea éste entendido o intruso en la materia. Si, además, la antología resulta amplia y los textos seleccionados guardan un valor literario difícil de discutir (como debería ser siempre), estaremos frente a una obra no sólo de consulta imprescindible sino de lectura gozosa. Es lo que ocurre con En-obra, vasto mural de la joven poesía venezolana publicada desde mediados de los ochenta del siglo recién pasado, cuya autoría se debe a Gina Saraceni (poeta ella misma, Doctora en letras, crítica literaria y ensayista, con vasta experiencia como antologista, profesora de literatura y traductora -por ejemplo, de la poesía de Rafael Cadenas al italiano-).
En esta antología habitan los poemas de más de setenta poetas nacidos, con una sóla excepción, entre 1960 y 1980, de tal modo que el bosque transparente que se ofrece a nuestros ojos abarca los cantos de algo más de un cuarto de siglo, a horcajadas entre el XX y el XXI. Esta ofrenda, además de exhaustiva y minuciosa es extremadamente completa y representativa de un país al que se le da muy bien la poesía, al punto de que en nuestra lengua, y no sólo en ella, no desmerece en calidad comparada con cualquiera otra. En efecto, si Uslar Pietri afirmó hacia finales de los 50 que la novela hispanoamericana era de las mejores del mundo y que la venezolana era la mejor de Hispanoamérica, criterio un punto excesivo, hoy, sin necesidad de exagerar, se podría decir lo mismo pero de nuestra poesía. Y a manera de expediente confirmatorio de tal valoración sirve cumplidamente esta antología. Y algo más, de allí que se titule En-obra, es una antología de poesía y poetas que aún no han dicho su última palabra, que están muy lejos de decirla, salvo en el lamentable caso de dos de ellos (Martha Kornblith y Leonardo Luzón, cuyos renglones los estarán escribiendo ahora en quién sabe cuál rincón del cosmos), por lo cual este libro anticipa que nuestros grandes poetas tendrán sucesores dignos gracias a las voces plurales, plenas de soberanía y de fuerza estética, articuladas sobre una potente conciencia moral que en nada está por debajo de nuestra tradición y que este libro documenta a plenitud.
En él encontramos de cuerpo entero a nuestra época y nuestro país, es decir, a una poesía de innegable soporte urbano; cargada de ironía y escepticismo e imbatible en el rigor de su revisión de la poética misma, en sus desafíos al lenguaje, a la palabra, a la vez que es retada por éstos; regada, sin duda, por tiempos críticos, los del hoy y aquí, donde el yo tanto poético como personal no se deja derrotar por ninguna determinación colectivista y menos aún uniformadora; entreverada a fondo bien por la cotidianidad más directa, bien por las palpitaciones metafísicas; intensamente comprometida con su tarea reveladora así como signada por un curioso desenfado reflexivo. Y prendidos en esa urdimbre asistimos a los temas humanos de siempre, seguramente porque siempre somos humanos, vistos y vividos con los ojos de una conciencia actual, que navega en el presente, ese tiempo que inevitablemente nos sella con su cuerpo inserto en este día y cuyas raíces muerden el pretérito y sus manos tratan de alcanzar el porvenir. Nada nuevo, se podría decir, pero sería decir poco pues la eterna tarea humana es la misma y distinta cada día.
La poesía es el vicio de la lectura solitaria, del estar a solas con uno mismo. De allí que la mayoría prefiera oírla (los recitales suelen estar pobladísimos) antes que leerla (nos hemos ido desacostumbrando a visitarnos a nosotros mismos, sin intermediarios como lo hace el poema, que puede convertirse en tu yo hurgado por tus propios puñales y alimentado en tu propia sangre para nutrirte de ella). Pero en el caso de esta antología, la verdad es que leerla deviene en una situación tan grata que nos es fácil abandonarla a pesar de tánto como nos compromete, y tenemos que hacerlo porque no es libro para ser leído de un tirón, sino sorbo a sorbo, copa a copa, desde la poesía de insólita finura del sacerdote Christian Díaz-Yépez hasta la oscuramente estremecedora de Patricia Guzmán, pasando por la engañosamente racional de Luis Enrique Belmonte, la hondamente arquetípica de Carmen Verde Arocha o la sobriamente esencial de Arturo Gutiérrez Plaza.
“Al final de la neblina, este verde nos aloja hasta / volverse pertenencia. / Nos levantamos en primavera para no estar solos / con el mundo” escribe Belén Ojeda; y Alberto Barrera Tyzska propone que la poética “Ha de ser limpia y brillante, / como una hoja de afeitar / hundida en una copa de vino. // Como un tallo de albahaca / sobre el hielo. // Ha de ser mortal, / siempre. // Como el deseo.” Poesía, ¿como podré decirlo?, limpia, obsesivamente honrada con la condición inexcusable de la creación, la de ser libre, la de abrirse a la imaginación para mejor apegarse a la encarnación de esta especie que somos, pródiga y enigmática, solitaria y gregaria, sedentaria y errabunda, contradictoria como ninguna otra, falaz y milagrosa, y, según se vea, jardín de mil flores o desierto donde anida un sinfín de granos de arena, cada uno con su particular composición y dimensión.
Y por si algo falta, esta obra brinda un plus: el estudio introductorio escrito por Gina Saraceni, TENTATIVAS (notas de lectura) lo denomina, informado al detalle, analítico y preciso, centrado en los poetas sin abandonar el contexto histórico y social del que emergen, suerte de mapa de ruta para que no nos perdamos en la lectura pero también para que en ella no sigamos un sólo derrotero sino para que estemos dispuesto a las decenas de poéticas que propone y hace posible.
Libro de cabecera, de viaje, de vacaciones, de labor, de escritorio, de reflexión, de alerta; en suma, de salvación de un lenguaje que por tantos lados insisten en deteriorarlo mediante usos miserablemente deshonestos. En-obra muestra la probidad hecha poesía.
Fuente: http://prodavinci.com