Círculo de Escritores de VenezuelaAugust 12, 2008 12:56 pm

El escritor madrileño Medardo Fraile ha sido designado Miembro Correspondiente del Círculo de Escritores de Venezuela. Bienvenido, nos sentimos honrados por su incorporación como integrante de esta Asociación.

Medardo Fraile pasó su infancia en Madrid (donde nació) y también en Úbeda, de donde era su familia materna y que aparece en su única novela, Autobiografía, con el nombre de Bedua. Durante su época estudiantil, participó en la fundación de “Arte Nuevo”, primer grupo de teatro de ensayo de España tras la Guerra Civil, junto con Alfonso Sastre, Alfonso Sastre y otros;  después de obtener un gran éxito con El hermano, abandonó el teatro para dedicarse al periodismo y a la narrativa. Siempre se encontró cómodo en el relato breve, género en el que es uno de los máximos exponentes de la literatura española del siglo XX. Escribió la novela Autobiografía, según sus propias palabras, para demostrar que sabía hacer novela y conseguir que le dejaran tranquilo.

Ha publicado más de ciento cincuenta relatos breves, y más de cincuenta han sido incluídos en numerosas antologías del cuento español de Posguerra en España y fuera de España. Entre sus premios principales se cuentan el Premio Nacional de la Crítica (1965, por Cuentos de Verdad), el Sésamo, el de La Estafeta Literaria y la Hucha de Oro, además del Premio Ibáñez Fantoni de artículos periodísticos. Ha leído cuentos y ha impartido cursos y conferencias en España, Portugal, Francia, Suiza, Reino Unido, Irlanda, Estados Unidos y Canadá. Desde 1964 vive en Gran Bretaña (desde 1968 en Escocia) y ha sido el primer catedrático de Español en la Universidad de Strathclyde, Glasgow, ahora Emérito.

Algunas de sus publicaciones:

Relatos

·        Cuentos con algún amor (1954)
·        A la luz cambian las cosas (1959)
·        Cuentos de Verdad (1964)
·        Descubridor de nada y otros cuentos (1970)
·        Ejemplario (1979)
·        Contrasombras (1998)
·        Ladrones del Paraíso (1999)
·        Años de aprendizaje (2001)

NOTA: Sus Cuentos Completos se han editado dos veces: en Alianza Editorial (1991) y, ampliados, en Páginas de Espuma: Escritura y Verdad: Cuentos Completos (Edición y Prólogo de Ángel Zapata. Madrid, 2004). Entre las ediciones críticas, destaca la de Cuentos de Verdad (Edición de María del Pilar Palomo Vázquez. Madrid: Cátedra, 2000).

Cuentos infantiles

·        El gallo puesto en hora (1987)

·        Santa Engracia, número dos o tres (1989)

·        El rey y el país con granos (1991)

·        Los brazos invisibles (1994)

·        Claudina y los cacos y otros relatos (1991)

Ha escrito numerosos Ensayos y crítica literaria, y un total de treinta y cuatro libros.

Círculo de Escritores de VenezuelaAugust 9, 2008 3:45 pm

Ponencia presentada el jueves 7 de agosto de 2008, en la Sala Cabrunas de Cultura Chacao, en el marco de la Programación del Círculo de Escritores de Venezuela

 

Por: Carlos Alarico Gómez

 

Quisiera comenzar por expresarles que el tema que me adjudicó el Círculo de Escritores  para la tertulia de hoy, me presentó al principio la dificultad de su amplitud, además de la búsqueda de las coincidencias que pudieran hacer coherente la reflexión que intentaba efectuar, pero tengo que confesarles que no me fue difícil encontrarlas. En seguida vinieron a mi memoria las referencias de trabajos que escribí con anterioridad en donde toqué las dificultades del fenómeno cultural en los regímenes autocráticos que, a través de nuestra historia, han intentado siempre coartar el libre albedrío de los creadores y de los investigadores.
Una vez que tuve la idea clara en mi mente, comencé a buscar en mi archivo los datos necesarios para armar el trabajo que se me pedía y en eso estaba cuando me topé con el titular de primera página de un periódico que estaba cerca de mi computadora. En él se destacaba una noticia que me llamó mucho la atención, quizá porque intuí que allí encontraría la materia prima que andaba buscando para iniciar el trabajo que me proponía desarrollar. El titular decía: LA GISELLE DEL TERESA CARREÑO TUVO UN INESPERADO PRÓLOGO. Movido por la curiosidad, interrumpí mi faena y busqué la crónica en el cuerpo cultural de El Nacional, donde me encontré con la reseña del periodista Juan Antonio González, en la cual explicaba que el sábado dos de agosto, con el aforo de la Sala Ríos Reyna totalmente lleno -y ante la presencia de la aclamada coreógrafa y bailarina cubana Alicia Alonso-, el flamante Ministro de la Cultura, el médico veterinario Héctor Soto, tomó la palabra para pedir, en nombre del Presidente Chávez, el reconocimiento a la labor de José Luis Pacheco, actual Director del Teatro Teresa Carreño, agregando que ese teatro estaba ahora abierto al pueblo, a pesar de que “una pseudo intelectual dijo que habría que desinfectarlo con cloro”.
La clara referencia del Ministro y su lenguaje abiertamente partidista y fuera de lugar, fue subiendo de tono hasta que de pronto se detuvo e hizo una pausa para expresar, con abierto regocijo y ante la perplejidad del público, que después de tres años de intensa labor en el Ministerio de la Cultura al fin habían llegado a alcanzar un acuerdo sobre el verdadero significado de la palabra cultura. Orgulloso por el logro obtenido y por la primicia que le estaba dando a la nutrida concurrencia, el Ministro agregó que tan notable éxito se había conseguido después de vencer la opinión de quinientos intelectuales, quienes habían formulado aportes de diferente naturaleza, hasta que de pronto vieron la inutilidad de ese esfuerzo y la magnitud del tiempo perdido, ya que la verdad se les manifestó con toda precisión cuando escucharon la palabra esclarecedora del Presidente de la República, en la que definió el concepto de la siguiente manera: “Cultura es todo lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos”. 
Al terminar de efectuar la impactante revelación, agregó que todo ello se había conseguido doblegando la complejidad propia de una actividad de esa naturaleza, dificultada además por el hecho de tantas personas que trababan el excelente aporte presidencial. No obstante -y para sorpresa del alto funcionario-, el público comenzó a pedir a gritos que se iniciara la obra y algún perturbado llegó a decir, en forma impertinente: “¡El ballet, queremos el ballet!”. Luego de lo cual otros asistentes, estimulados quizá por la iniciativa de aquel entrometido, agregaron a pleno pulmón: “Giselle, queremos a Giselle!”. A lo que el Ministro respondió: “Ya estoy terminando, no se desesperen!”, pero no había manera de controlar la incomprensión del público, cuya desesperación había llegado a su clímax, lo que lo obligó a buscar una explicación y para solicitarla se inclinó sobre el micrófono, viendo de frente a los asistentes en actitud desafiante, a los que preguntó: “¿Es que aquí no hay nadie que me quiera escuchar?”. Y fue en ese momento cuando la insolencia llegó al extremo. El público, quizá influido por algún saboteador de oficio, le respondió, en forma altisonante y precisa: “¡No!, ¡sólo queremos a Giselle!”, agregando: “Esto es un ballet, no es política”.
Vencido por la incomprensión de aquella gente mal educada, el Ministro no tuvo más remedio que marcharse y, fue entonces, cuando el público pudo lograr su objetivo de disfrutar de uno de los ballets más bellos y representativos del romanticismo, la cual fue estrenada en 1841 en el Teatro de la Ópera de París, surgida de la mente creativa del maestro Adolfo Adam, quien se basó en el librero de Gautier y Vernoy, que se presenta ahora con la coreografía de Alicia Alonso, quien, como ya se dijo, se encontraba presente, asombrada quizá por lo que acababa de presenciar.
El percance me hizo recordar lo acontecido en 1928, con la desproporcionada reacción del general Gómez ante los muchachos de La Generación del 28, a los que envió a la cárcel y al trabajo forzado en las carreteras, argumentando que como no querían estudiar, él se sentía obligado a asumir el papel de padre protector y fue por ello que les hizo el inmenso favor de enseñarlos a trabajar. Una buena intención que no fue comprendida por los “beneficiados” y, mucho menos, por los analistas de la historia que en la posteridad se han ocupado de estudiar aquel suceso en el que varios jóvenes encontraron la muerte, fueron a prisión o salieron al exilio. La síntesis del drama vivido durante aquel extenso régimen dictatorial puede ser captada en el bello poema de José Pío Tamayo, una de cuyas estrofas dice así:

 

Aunque venga sin lanza y sin escudo,
alta la frente, la rodilla en tierra;
¡Oh, genio de la paz y de la guerra!
Por mi patria y por Dios, yo te saludo.
He venido a pedir, aunque te asombre,
que redimas a tu patria esclavizada,
sus hombres lloran… pero no hacen nada;
y no hacen nada, porque no son hombres.
¡Resucita! ¡Levántate! ¡Camina!
A un león español venció tu espada.
Con ella vence a la pantera andina.
A tu blanco corcel, clava la  espuela.
Vuelve, vuelve, señor,
sal de la nada;
Y libera otra vez a Venezuela.
Otras de las víctimas de la época fueron los jóvenes Rómulo Betancourt y Jóvito Villalba, líderes fundamentales de la democracia venezolana, que en aquel entonces eran dos muchachos de menos de veinte años que no tuvieron miedo en enfrentarse a la dictadura más férrea que ha tenido Venezuela. Este año, por cierto, se está celebrando el centenario del nacimiento de ambos hombres. Su pasión por la libertad les ocasionó cárcel y exilio desde el mismo inicio de su vida política, como consecuencia de su participación en los referidos sucesos. 
El amor por la democracia les había nacido temprano y su liderazgo lo empezaron a ejercer desde su ingreso en la Facultad de Derecho de la Universidad Central en 1926. Villalba prefería la oratoria, en tanto que Betancourt optaba por expresarse en las páginas de la revista Billiken, iniciando así una intensa actividad en el periodismo político, aunque el líder margariteño pronto captó la importancia de escribir y se integró al equipo de redacción del periódico Centro, órgano de divulgación de la FEV y desde allí comenzó a formar un grupo de activistas políticos que daría sus frutos poco tiempo más tarde.
En febrero de 1928 estaban listos para perturbar el doctorado de dominación y despotismo que el general Gómez le estaba dictando al país desde hacía veinte años. Betancourt, Leoni, Pío Tamayo, Otero Silva y un nutrido grupo de estudiantes conformaron lo que, a partir de ese momento, iba a ser registrada en la historiografía venezolana como La Generación del 28, la cual trajo consigo la voz de protesta de una juventud culta que tendría bajo su responsabilidad la transmisión de un mensaje civilista y modernizante a la sociedad nacional.
A pesar de su eficiente aparato represivo, Gómez no pudo evitar que las nuevas ideologías ingresaran al país. Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Otero Silva y otros jóvenes universitarios habían entrado en contacto con los cambios ocurridos en el mundo. La doctrina comunista, basada en los planteamientos teóricos de Carlos Marx, ya había iniciado su primer experimento gubernamental en Rusia, mientras que en Estados Unidos se fortalecía el sistema democrático, sustentado en el liberalismo de John Stuart Mills y Adam Smith. En Europa occidental se afianzaba el fascismo italiano y el nazismo crecía aceleradamente en Alemania, mientras que los franceses insistían en su tesis del socialismo-democrático y en España se iniciaba un vasto movimiento afianzado en la encíclica Rerum Novarum que el Papa León XIII había escrito en 1894 y que en breve se va a extender a otros países, dando sustento a la ideología social-cristiana. Todos estos movimientos conforman entonces un mapa ideológico que, con ligeras variantes, aún permanece en las diferentes corrientes políticas de la opinión mundial. En Venezuela debe tomarse en cuenta, además, el tinte positivista que le imprimieron a la Causa Rehabilitadora los pensadores venezolanos Laureano Vallenilla Lanz, José Gil Fortoul y César Zumeta, la cual había tenido una discreta pero decisiva trascendencia en la clase dominante.
Al comenzar el año 28, la nueva generación universitaria ya había absorbido las ideologías vigentes en el mundo y estaba lista para dar a conocer las que inspiraron su sueño de libertad y su proyecto para lograr la igualdad social a través de la lucha por el establecimiento de una sociedad democrática, que unos años después se va a lograr en el país.
Esa estupenda iniciativa de los estudiantes de la UCV, aunado al suceso ocurrido en la mañana del lunes 13 de febrero, cuando Guillermo Prince Lara rompió una placa con el nombre del general Juancho Gómez, provocaron la ira del dictador, quien ordenó la destitución del Rector Diego Carbonell -nombrando en su lugar a Juan Iturbe- y la inmediata detención de Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Pío Tamayo y Prince Lara, quienes fueron conducidos al cuartel El Cuño. A ver lo sucedido, el resto de los estudiantes se solidarizaron con sus compañeros detenidos y Gómez los envió a todos al Castillo Libertador. La llegada a la tétrica mazmorra es descrita por Betancourt en su obra En las huellas de la pezuña (1929):
        Llegamos a Puerto Cabello destrozados por el hambre y por los barquinazos espantosos de los carretones de motor donde viajábamos… El interior del Castillo era una fortaleza de construcción española, con abovedados de recia mampostería… De pronto, una espada cae sobre el pecho de Fidel Rotondaro. Hay un revuelo de hombres, entran soldados con la mano puesta sobre la oreja del máuser…
El pueblo caraqueño protestó, incluyendo a familias de probados nexos con el régimen, por cuyo motivo Gómez les devolvió la libertad doce días después. Al regresar a Caracas fueron vitoreados, pero los estudiantes no se quedaron tranquilos y, por el contrario, se unieron a un grupo de oficiales jóvenes, dirigidos por el capitán Rafael Alvarado y el teniente Rafael Barrios, quienes el 7 de abril insurgieron contra el déspota con la participación de líderes estudiantiles entre los que se encontraban Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Juan Bautista Fuenmayor, Juan José Palacios y Raúl Leoni, entre otros. Barrios logró tomar el cuartel de Miraflores, pero Alvarado fracasó en su intento de controlar el cuartel San Carlos. El general Eleazar López Contreras, jefe de la Guarnición Militar, controló la sedición.
El Presidente de la FEV, Raúl Leoni, logró escapar hacia Colombia, en tanto que Betancourt se dirigió a Curazao. Jóvito Villalba, Fuenmayor, Alvarado, Tamayo y otros no tuvieron tanta suerte y fueron enviados al Castillo Libertador, donde Alvarado encontró la muerte, al igual que  Tamayo, aunque éste último logró que lo dejaran ir a morir en su casa barquisimetana.
         Otro caso emblemático de la terrible relación que existe entre las palabras cultura y política en la historia del país lo constituye la circulación de un pasquín clandestino durante el gobierno de Gómez, el cual llevaba el nombre de El Imparcial. Aparecía en las casas, en los bares e, incluso, en los escritorios de connotados jefes del régimen gomero. En la publicación se dejaba constancia de que El Imparcial “… es un periódico de intereses generales (sin generales), que habla poco y ‘no se vende’, circula de vez en cuando y su editor responsable es Cristóbal Colón, un náutico titular”. En cuanto a sus características editoriales, se precisaba que “… es un diario moderno, que posee sección de opinión, República por telégrafo, nota del día, comentarios sociales y clasificados económicos”. Como es de suponerse, el periódico era esperado con interés y su contenido se comentaba ampliamente en los limitadísimos centros de opinión de la capital. La policía política del régimen buscaba desesperada el origen de la misma sin poder determinar de dónde provenía, procediendo a investigar a todos aquellos cuya pluma podría haber sido la autora de aquel éxito editorial, que ponía en ridículo a los más connotados representantes del régimen, incluyendo al propio Presidente, al que dedicaron un poema llamado El Bagre, que era una clara burla de la figura del general Gómez, en el que decía:
Dijo el Águila al Bagre: -Compañero,
yo vengo del azul y en mi sendero
he entrevisto la luz del más allá.
¡Yo he visto a Dios colgando de un lucero!
Y dijo el Bagre: -Anjá.
El asunto molestó en extremo a Gómez, quien ordenó el arresto de todos los intelectuales que no se hubieran identificado abiertamente con el régimen, entre los cuales estaba el poeta Andrés Eloy Blanco, que era realmente su Director, aunque la policía lo ignoraba.
Por supuesto, el poeta fue llevado a La Rotunda y luego al castillo Puerto Cabello y la mayoría de los implicados fueron enviados a trabajar en las carreteras que el régimen construía en todo el país, gracias a la eficiencia de José Vicente Rangel, quien fue el que dirigió las obras para construir la carretera andina, llena de sangre de muchos presos de la época. Felizmente, nada es eterno y el 17 de diciembre de 1935, después de 27 años de gobierno omnímodo, el dictador muere en su casa de Maracay, a los 78 años de edad, lo que ameritó que el poeta Aquiles Nazoa le dedicara un verso, en el cual hacía ver la coincidencia de que ese mismo año murieran Gardel y Gómez, el cual dice así:
Fue muy triste el año aquel:
En junio, como se sabe,
en un accidente grave,
se mató Carlos Gardel.
Más no todo es desengaño,
junto a un mal siempre hay un bien:
En diciembre de aquel año
¡se murió Gómez también!
Eleazar López Contreras fue designado Presidente y de inmediato tomó medidas para satisfacer el ansia de libertad que sentía el pueblo de Venezuela, pero la tradición autocrática todavía prevalecía, lo que provocó la masacre del 14 de febrero de 1936. Este hecho salvaje motivó la participación de gente de la cultura, como Miguel Otero Silva, Miguel Acosta Saignes y otros más, que la tarde de ese día acompañaron al pueblo de Caracas hasta el Palacio de Miraflores, en una marcha conducida por Francisco Antonio Rísquez, Rector de la UCV, quien caminó acompañado del estudiante Jóvito Villalba, Presidente de la FEV. El Presidente recibió la comisión designada y Villalba, después de la intervención del Rector, tomó la palabra para expresar lo siguiente:
- Señor Presidente, lo que deseamos de usted es que dirija un Gobierno formado totalmente por gente sacada de las filas de la revolución democrática; con presidentes de Estado que representen las aspiraciones de sus regiones y que hayan luchado contra la tiranía; con exclusión absoluta de los gomecistas del Gabinete; que garanticen las libertades democráticas; la eliminación total de la censura; la restitución de la libertad de expresión; y, finalmente, deseamos que se eliminen los monopolios y todas las manifestaciones de feudalismo que existen en la actualidad en nuestro país. 
Como resultado, el Presidente ordenó la prisión y juicio del gobernador, procediendo a remover los presidentes de estado que habían cometido actos contra los derechos humanos, tales como José María García, en Táchira; Vincencio Pérez Soto, en Lara; León Jurado, en Zulia; y también restituyó las garantías, incorporándose a la historiografía nacional como el jefe de Estado que inició el largo camino hacia la democracia que, si bien interrumpido a veces por los imponderables de la historia política, siempre termina en un final feliz de integración y de búsqueda de los valores supremos de una nación que se precie de ser civilizada: la libertad, el respeto a la ley y la garantía de igualdad para los ciudadanos.

Quisiera terminar estas reflexiones sobre historia, política y cultura, recordando el derrocamiento de Rómulo Gallegos, lo que dejó al país en manos del comandante Carlos Delgado Chalbaud, que hasta ese momento había sido el Ministro de la Defensa. Ocurrió que el 25 de noviembre de 1948, un día después del golpe, se produjo la inesperada visita del comandante Pérez Jiménez a la Cárcel Modelo, quien llevaba la misión de verificar si los altos miembros civiles del gobierno se encontraban detenidos. Al terminar el recorrido por los calabozos, le preguntó al teniente que lo escoltaba: “¿Están todos los ministros detenidos?”. Y el oficial subalterno le respondió: “Sí, mi comandante”. Pero entonces se escuchó la voz de Gonzalo Barrios, hasta hace poco Secretario de la Presidencia, quien desde uno de los calabozos le gritó haciéndole la siguiente corrección: “No es verdad, comandante, falta uno”. Y Pérez Jiménez, curioso por saber quién era el ausente, le preguntó: “¿Quién falta?”. Y Barrios le precisó: “Falta el Ministro de la Defensa, comandante”.

Como se puede observar, cultura y política son dos elementos de peligrosa unión en la tradición histórica venezolana.

 

Señoras y señores, ¡muchas gracias por su atención!

Caracas, 7 de agosto de 2008

 

Círculo de Escritores de VenezuelaAugust 8, 2008 2:06 pm

Por Heberto Gamero Contín

…, siempre queda una parte de pesar, una ligera  sensación de pérdida acechando la sensación de ganancia; la tendencia a preguntarse, un poco ilusoriamente, lo que podría haber sido.

Henry James

Apenas llego a su apartamento en Margarita y entro al cuarto donde él solía dormir veo sus zapatos de correr en el piso del closet: los de marca famosa y aire en la goma. Recuerdo cuando los compró; los tenía puestos y me señaló sus pies con cierto regodeo. Eran flexibles como un guante usado, tan blancos que deslumbraban, de cordones gruesos, suaves y unas líneas ágiles de color azul se deslizaban a los lados para terminar en el símbolo que nítidamente los identificaba. Fue un domingo en la mañana, en la reunión que tradicionalmente hacemos en casa de Tita, donde nos contamos los chismes de la semana y tomamos el imantado café con leche que prepara una de las muchachas. Aunque seas menor que yo, me dijo Gonzalo sonriente, con estos no podrás alcanzarme; nada los iguala, son tan livianos que no se sienten y el colchón de aire que encierra la suela ayuda a una pisada más suave, ya verás. Yo admiré los zapatos de mi hermano y reí con él, confiado, sabiendo que aunque un día se sienta con ánimos de dejarme atrás, siempre esperará a que yo lo iguale para cruzar juntos la meta.    

Así ocurrió en el Maratón de Caracas en 1984. Durante meses nos preparamos con rigurosa disciplina. Nos levantábamos a las cuatro y media de la mañana ―me llamaba por teléfono para asegurarse de que ya me había despertado― y nos encontrábamos en el parque un poco después de las cinco donde con la misma rigurosidad nos esperaba Leslie Mentor, el entrenador ad honorem de todos los corredores que se dan cita en el Parque del Este y sueñan con hacer un buen papel en el maratón. Al vernos chocábamos las manos, más que para saludarnos como una forma de felicitarnos por haber cumplido una vez más, por ser puntuales, por estar ahí a esa hora de la mañana, aunque medio dormidos, aunque luego nos esperara un día de trabajo, pese a que en horas de la tarde fuésemos presa de incontables bostezos que, al menos yo, trataba de controlar con pésimos resultados. Hacíamos alguna calistenia y luego de que el grupo se completaba, en medio de gritos de aliento y animosos aplausos, salíamos a trote suave, acompasado, que luego se hacía intenso, jadeante, por los caminos todavía oscuros del parque. El aire perfumado de humedad se sentía en la cara y todo el cuerpo, fresco, muchas veces frío, mientras nuestros pasos resonaban en la noche como si de efusivos y continuos abrazos que palmean espaldas se tratara, para luego convertirse en apenas un redoble de latidos cuando entrábamos a la grama y se sentía el suelo afelpado, en ciertas ocasiones chispeante cuando se caía en algún pequeño e inadvertido charco que llovía gotas de tierra sobre nuestras piernas sudadas. Los más rápidos marcaban el camino señalado por el entrenador mientras que el resto lo seguíamos a cierta distancia tratando en vano de darles alcance. Gonzalo, que nunca fumó, poco aficionado al licor y mucho más experimentado que yo en esto de correr, miraba hacia atrás y me hacía señas con la mano para que no me quedara rezagado. Yo me esforzaba un poco y seguía de cerca las gruesas y brillantes piernas de mi hermano cuyos músculos se marcaban como raíces que se adhieren al tronco de un árbol robusto. En ocasiones me acompañaba todo el trayecto y a un ritmo más suave al que acostumbraba le sobraba aire en sus pulmones para, como si estuviese sentado tranquilamente en la terraza de un cafetín degustando su bebida favorita, hablarme durante largos trechos sobre alguna anécdota graciosa, sobre cualquier cosa que pasara por su cabeza con el objeto de distraerme, de que no pensara en el dolor de mis piernas, en la falta de aire de mis pulmones y finalmente no abandonara la carrera.
Día tras día, cinco días a la semana, cumplíamos religiosamente la rutina para estar a punto y correr, o al menos terminar con el mayor decoro, los cuarenta y dos kilómetros que significa el gran maratón.  
El día de la contienda llegamos muy temprano, descansados, premiados por habernos levantado una hora después a como solíamos hacerlo. El cielo estaba barrido de pesares, de un azul lleno de fanatismo y regado de matices de euforia hacia el este. Los corredores comenzaron a llegar por decenas mientras Gonzalo y yo, como la mayoría entusiasta, estirábamos el cuerpo y dábamos pequeños saltos para calentar los músculos y aceitar las coyunturas. Saludos iban y venían entre los amigos del parque que allí nos encontrábamos y entre los desconocidos que solos o en grupos iban llegando a la esperada fiesta anual de los corredores, que por compartir los mismos gustos al aire, al sudor, a la competencia, nos reconocíamos como lo pueden hacer los niños cuando se encuentran en una fiesta de caramelos, globos y serpentinas. Gonzalo saludaba a todo el que se le cruzaba mientras repetidamente levantaba los pies hacia atrás tocándose los talones con sus manos. A pocos segundos para la partida ajustamos el cordón de los zapatos, los relojes, el alfiler que sostenía nuestro número sobre el pecho, bebimos un trago de agua y allí, sobre las puntas de nuestros pies que daban pequeños y rápidos saltos, en medio de una algarabía de brazos, piernas, sirenas, ambulancias y gritos de júbilo, esperábamos con gran impaciencia el tiro de partida para iniciar el largo recorrido. 

Claro que estos no son los mismos zapatos que participaron en aquel maratón del 84, pero son parecidos; también tienen aire en la suela y son livianos. Me quedo mirándolos por un buen rato. No son aquéllos sin duda, pero podrían serlo, pienso. ¿Qué diferencia hay? Miro hacia el otro tramo del closet y allí están algunas de las franelas, shorts, medias y gorras de mi hermano. Todo como si nada, esperando en vano un poco de velocidad y aire fresco. Se trata de sólo objetos, me digo. Sin embargo, ningún alivio, ningún consuelo se deriva de esta conclusión.  

“Ya no podremos ir a Margarita. No es fácil para él”¾dijo Lourdes en una oportunidad, solemne, grave, con la mirada puesta sobre sus manos que se retorcían (fue uno de esos domingos familiares, mientras el café aún humeaba sobre las tazas y la conversación flotaba sobre una frágil quietud). Confundido, observé por unos segundos sus párpados gachos. Sus palabras comenzaron a martillar mi cabeza al mismo tiempo que mi espalda se doblaba como si sobre mis hombros hubiesen caído los conflictos de toda una vida, todos al mismo tiempo. En ese instante escucho a alguien que muy temprano toca la puerta del cuarto de huéspedes donde duermo cuando iba a la isla con mi hermano y mi cuñada. Ya es hora, dice Gonzalo tras la puerta. Voy, contesto remiso entre bostezos y posibles excusas de renuncia al tiempo que estiro mi cuerpo y luego lo encojo hasta hacer un ovillo. Gonzalo insiste. Sabe que a la primera nunca me levanto. Cuando salgo del cuarto, soñoliento y con los zapatos de trotar en las manos como dos botellas que un borracho acarrea por el camino, ya mi hermano está frente a la ventana, listo, mirando hacia el abandonado hotel Concorde, doblando su cintura como si bailara el hula hula y tocándose los talones con la punta de las manos como solía hacerlo antes de correr. Observa, sin darle la menor importancia, mi cara de súplica que clama por un rato más de sueño y riendo me dice que el día está despejado, bello para trotar. Y como el presentador de un suntuoso espectáculo, con la más elegante de las verónicas que pueda desplegar un apuesto torero, gira y me muestra el mar que se ve tras la ventana. Poco convencido a pesar de la vista, de los bonitos pajarracos que revolotean cercanos y de los divertidos esfuerzos para animarme que despliega Gonzalo, me pongo los zapatos con el desdén de quien recibe un no por respuesta, bostezo un par de veces más e inicio yo también los estiramientos de rigor que generan pequeñas explosiones entre mis huesos holgazanes. Luego calculamos el tiempo en que haremos el trayecto del día, siempre tratando de superar, aunque sea por pocos segundos, la marca anterior. Ya en la planta baja del edificio, después de una última calistenia que hacemos bajo una alborotada palmera atestada de cocos, ajustamos nuestro reloj y salimos a trote suave por una ancha avenida poco transitada que invita a recorrerla a diario. Después de dejar atrás el una vez gran hotel, la misma acera bordea la ribera de una laguna verde y tranquila que como un buen ejemplo refleja la belleza de los manglares que la rodean y el cielo que la cubre. A los pocos minutos de respiración rápida, cuando las primeras gotas de sudor comienzan a bajar por la frente y los músculos se sienten calientes, se olvida el sueño, la modorra, se deja de extrañar la cama para reconocer el bienestar que liberan las endorfinas sobre el espíritu y sentirse reconfortado por finalmente haberse levantado, por no haber sucumbido a las caricias de aquella almohada blanda asiento de tantas fantasías a veces verdaderas. Al ver que una expresión de júbilo comienza a aparecer en mi rostro, Gonzalo sabe que es el momento de arreciar el trote. A una señal de su cabeza apura la carrera. Yo trato de alcanzarlo, pero es inútil, por varios minutos se adelanta abriéndose paso entre las ráfagas de brisa marina, los aromas del rocío temprano y las siluetas que dejan los pájaros en el aire; hasta que de nuevo, como si hubiera bebido de alguna poción que necesita para vivir, ya satisfecho, reduce el paso y sin detenerse me espera hasta que nuevamente lo igualo. Al llegar a la playa cruzamos el muelle de los pescadores, donde ya, como una tradición del lugar, una decena de perros flacuchos nos esperan para mostrarnos sus dientes blancos, brillantes, afilados con las espinas de los pescados que trituran a diario. Entramos a Playa Valdez y nos deleitamos un rato con la vista de los coloridos peñeros de techos bajos y sus pescadores limpiando las cubiertas o preparando la red para hacerse a la mar. Gonzalo los saluda y estos le devuelven el gesto como si fuera el dueño del peñero vecino que por un momento se olvidó de las redes y se fue a corretear la paciencia a otro lado. Luego trotamos a lo largo de La Caracola, nuestra playa preferida por su paseo aislado y por la compañía de muchos que como nosotros van y vienen sobre sus pasos constantes mientras que los pelícanos clavan sus estacas en el agua, los zamuros picotean en la orilla los restos de los peces que no superaron la noche y nosotros, nosotros con los cuerpos húmedos, una y otra vez, impulsamos las piernas y brazos hacia delante, respirando el olor salado que se desliza con la brisa sobre las olas, tratando quizás, como el resto de los esperanzados, de ganarle a la vida trotando el bienestar que el tiempo nos arrebata sin tregua.   

Nadie fue capaz de preguntarle a mi cuñada el porqué; por qué mi hermano ya no podía volver a Margarita. Tita bajó la cabeza y un mechón de cabello gris, como un abanico que se abre, se deslizó y cubrió parte de su rostro arado de arrugas. Jesús cambió de posición sobre la silla. Elsa sirvió un poco más de café dentro de las tazas ya rebosantes. Y yo, encorvado, la observaba sin pestañear. Nadie le preguntó. Todos lo suponíamos a fin de cuentas. Al menos una amarga sospecha flotaba en el ambiente desde hacía un tiempo. Lourdes, de pocas palabras y enemiga de las exageraciones, dejó de estrujarse los dedos, sacó un papel de su cartera y lo leyó con voz temblorosa. Un silencio pesado se esparció por la sala como si de pronto una tubería se hubiese roto, mojado mis pies y trepado por todo mi cuerpo hasta asomarse a mis párpados trocado en agua. Me levanté, salí al balcón y miré a lo lejos algo que no recuerdo.      
            
Un grupo compacto largó al sonido de la señal. Muy pronto los corredores más experimentados, los profesionales, diría yo, se ubicaron a la cabeza a toda velocidad y se fueron desprendiendo como lo pueden hacer las primeras risas de un grato encuentro. Por supuesto que Gonzalo y yo no íbamos en ese primer lote, pero tampoco en el último, detrás de nosotros parecía haber el mismo número de cabezas pivotantes que delante, lo que de alguna forma nos hacía sentir conformes con el trabajo que veníamos haciendo, con todo el entrenamiento que habíamos recibido en el parque, que nunca pasó de diez kilómetros diarios o de veinticinco a lo sumo un par de veces en toda la temporada. Gonzalo marcaba el paso con sus vigorosas piernas y, como acostumbraba, de vez en cuando miraba de reojo hacia atrás para chequear que su hermano menor estuviese cerca. El trecho de la autopista entre Caricuao y Santa Mónica quedó cubierto en buen tiempo entre pasos cortos y jadeos incesantes; aunque muy pronto comencé a sentir la falta de aire. El sudor bajaba hecho lluvia desde nuestras cabezas y todo el cuerpo para absorberse luego en la camiseta, el short, o salir disparado de nuestros dedos cuando nos pasábamos la mano por la frente y con fuerza lo largábamos a un lado como si arrojásemos malignos espíritus de nuestros cuerpos. ¡Vamos bien!, me decía Gonzalo de vez en cuando después de comprobar que no me había despegado de él. Yo también trataba de animarlo, ya que a pesar de que para mí siempre fue el hombre de acero, el duro de la familia, no me olvidaba de que ya se acercaba a los cincuenta. Voy bien, brother, le decía, ¿y tú? Fresco como una lechuga del páramo, me respondía, y continuaba el jadeo uniforme y el paso firme con la mirada puesta en algún punto del asfalto que hipnotiza, que hace olvidar el dolor de las piernas, el cuello, la cintura, la falta de aire. Los grupos cada vez se distanciaban más y los profesionales ya se habían perdido de vista. La ambulancia socorría a los que no se sabían administrar o no habían entrenado lo suficiente y los voluntarios surtían de agua a los maratonistas que sin parar tomábamos un trago y nos echábamos el resto sobre la cabeza sudada.      
No podría asegurarlo, pero quizás ya a la altura de la Universidad Central habíamos recorrido los veinticinco kilómetros que un par de veces habíamos hecho en los entrenamientos. No había cartel o dibujo en el piso que lo señalara ni voluntario que lo anunciara, sólo sentí como un frenazo, el peso de un infortunio, un fuerte ventarrón de frente que me dificultaba seguir avanzando y me hizo bajar la velocidad. También Gonzalo lo sintió, su rostro había perdido la primavera de los primeros kilómetros y el vaivén de sus puños había dejado de pendular a la altura de la cintura para hacerlo ahora muy cerca de sus muslos. Sin desacelerar me dijo: Vamos, no decaigas. ¡Ánimo!, gritó. Yo sentí como si me hubiera halado por la pechera y de nuevo me coloqué a su lado. Continuamos a paso constante viendo cómo muchos ya caminaban y otros se retiraban exhaustos, cabizbajos, vencidos por el rigor de la carrera y por el sol que caía con odio sobre las cabezas reverberantes. Los gritos de ánimo se repetían desde todos lados. La gente eufórica los lanzaba desde los balcones de los edificios, desde las aceras, desde los carros que esperaban, desde el frente de las casas y comercios: “¡Tú puedes. Ánimo. No te dejes. Vamos. No hay dolor. No hay dolor!”, decían una y otra vez, aplaudían y mostraban sus puños al aire en señal de apoyo. Yo ya me sentía desfallecer. Cuando Gonzalo vio el sufrimiento en mi rostro me recordó la vergonzosa  historia de cuando vivíamos en Punto Fijo y yo siendo todavía un niño salí desnudo a la calle. Creo que acababas de levantarte, dijo, y le estabas fastidiando la vida a Ramiro sin importarte que fuera más grande y gordo que tú. Siempre lo hacías a pesar de que ya habías probado el sabor del par de piedras que tiene en las manos. Él dormía y tú le halabas la cobija una y otra vez. El sólo recordarlo me da risa. Varias veces te dijo que lo dejaras en paz, pero tú le seguías halando la cobija y te reías a carcajadas al ver cómo una y otra vez se tapaba en medio de gruñidos y advertencias. Hasta que, cuando menos lo esperabas, se levantó de la cama con el puño en alto, los ojos retorcidos y corrió tras de ti hecho un demonio, ¿recuerdas? No, le dije entre dientes; lo que sí recuerdo es el final de la historia y no me parece muy divertido. Claro que es divertido, continuó Gonzalo, riendo entre suaves jadeos. Corriste por toda la casa buscando a Tita para que te protegiera, pero había ido a misa y no podía hacer nada por ti. Cuando pasaron por la sala Ramiro cayó al tropezar con una silla que lanzaste al camino. Eso empeoró las cosas. Su cara ya enrojecida se puso como el de un tomate podrido ¾vas bien, hermano, vas bien. Baja un poco los brazos e inclínate hacia delante para que el peso del cuerpo te ayude¾. Luego corriste al comedor donde dieron varias vueltas como en las comiquitas: cuando tú ibas por un lado él por el otro y viceversa, siempre riéndote, sacándole la lengua, diciéndole bola de mierda, aprovechando que eras chiquito y flaquito para con agilidad escapar de sus garras cada vez que te le acercabas temerariamente. Ramiro ya sudaba, su respiración era como la que ahora llevas, seguramente un poco de espuma estaba a punto de salir por su boca abierta cuando en un descuido casi te agarra por la cabeza y unos cuantos de tus cabellos le quedaron entre los dedos. Aterrado por lo que te esperaba si por fin te agarraba, corriste a toda velocidad hasta el zaguán de la casa y luego hasta la puerta de la calle por la que saliste como una liebre asustada y a carcajadas se la tiraste en las narices, feliz de haber escapado de una paliza. De pronto Ramiro, quien te veía a través de la tela metálica de la puerta, cambió drásticamente su cara de animal rabioso por una de muñeco malvado. Sus ojos verdes brillaron y una sonrisa maléfica se alineó en su boca. Lentamente, atento a tu expresión algo desconcertada, pero todavía burlona ¾separa los brazos del cuerpo, dale espacio a la espalda¾, cerró la puerta y le pasó llave por dentro. Ramiro por su lado, y yo, junto con Toñita, Elsa, Beatriz y Jesús que mirábamos desde la ventana, comenzamos a reírnos como nunca. Y fue en ese momento, justo en ese momento, que te diste cuenta de que estabas completamente desnudo. Si hubieses visto la cara que pusiste sí te resultaría gracioso, y mucho. Enseguida subiste una rodilla, te tapaste con las manos y comenzaste a llorar. Al escuchar las fuertes risotadas que salían de la casa, los que estaban en la zapatería de enfrente y los de la venta de bicicletas, cuando te vieron sin ropa y acurrucado delante de la puerta, comenzaron a reír también, mientras tú desesperado le rogabas a Ramiro que te perdonara, que te abriera, que nunca más le ibas a halar la cobija ni a decir groserías. Bueno, si no es por Tita que llegó poco después todavía estuvieras ahí, esperando desnudo en medio de la calle. Al menos me salvé de la paliza, murmuré. Reímos. Tú me la hubieras abierto, le dije finalmente.         
Yo continuaba avanzando como si hubiera recibido algún tipo de cuerda mecánica. Ya por la avenida Río de Janeiro, cerca del kilómetro treinta, mis piernas estaban a punto de abandonar, negándose a subir las aceras o a esquivar los huecos que de vez en cuando se presentaban. Gonzalo observó de nuevo mi rostro y bajó un poco el ritmo. Recordé cuando una vez siendo niño me regañó por no copiar un párrafo de Julio Verne a la misma velocidad que él me lo dictaba. Cuando vio aquellas gruesas lágrimas bajar por mis mejillas me acarició la cabeza y comenzó a leer más despacio. 
Nos habíamos propuesto no caminar, terminar la carrera corriendo aunque fuese al paso de las buenas noticias, pero trotando siempre. Vaya que lo intenté. Cuando llegamos al Llanito, donde los treinta y cinco kilómetros sí estaban claramente marcados sobre una llamativa tela blanca, yo no podía más: todo el cuerpo me dolía, la cadera y las piernas ya no me respondían y la presión de una gran decepción parecía dejarme sin aire alguno. Al dar la curva bajo el gran cartel mis piernas finalmente se doblaron y caí sentado sobre el pavimento. La pared, dijo Gonzalo, la famosa pared de los treinta y cinco; descansemos un minuto y luego sigamos caminando. No, le dije, no pares, recuerda el compromiso, sigue tú brother, yo ya no puedo más. Ni pensarlo, insistió, nuestra meta es terminar la carrera, no importa que lleguemos de últimos, no importa que lleguemos gateando, pero terminar. ¡Vamos!, dijo, sólo faltan siete kilómetros. Me tomó por ambos brazos, me levantó de un envión y comenzamos a caminar hacia la Plaza Venezuela. ¿Recuerdas cuando viniste a Caracas por primera vez?, me dijo. Yo manejaba el Thunderbird, ¿te acuerdas del Thunderbird? Te encantaba montarte en él. Cuando desde lejos viste los edificios te quedaste un buen rato con la boca abierta para después pedirme que te llevara a esos dos grandes que se veían a lo lejos ―respira profundo, por la nariz y por la boca. Hazlo varias veces rápido y luego con calma―. Sin tráfico alguno llegamos a las Torres del Silencio, estacionamos cómodamente, caminamos por sus pasillos relucientes y nos comimos un helado en la Plaza Caracas. Estabas fascinado con los jardines y el aire que se respiraba. Luego te llevé a la Plaza Bolívar, limpia, llena de gente sonriente que caminaba con expresión orgullosa, y ancianos de tirante, corbata y sombrero sentados conversando alegremente con las piernas cruzadas y un tabaco entre los dedos. Te pusiste a corretear las palomas mientras nosotros escuchábamos la música de antaño que un grupo de mayores interpretaba. Las autopistas te deslumbraron, recuerdo; también el Humboldt sobre el Ávila; no podías creer que unos cómodos carritos sobre cables silenciosos te llevaran hasta lo alto de la montaña ―vas bien, vas bien, no decaigas―.
Cada vez que Gonzalo me miraba yo trataba de mostrarle el pulgar, pero, ¿a quién engañaba? La respiración profunda no pasaba de mi garganta y el poco aire que tenía en los pulmones me salía por la boca con la rapidez de estar recibiendo consecutivos puños en el estómago, al tanto que mis pies se deslizaban a rastras por el pavimento caliente. ¿Recuerdas aquella muchacha de Los Caobos de la que tanto hablabas, continuó Gonzalo, la que te escribía poemas en inglés y los firmaba con gruesos besos rosas, y tú le respondías con largas cartas de páginas y páginas que nunca le entregabas? ¿La recuerdas? Linda chica… Pasabas horas hablando con ella por teléfono… Recuerdo que quisiste impresionarla demostrándole cuánto corría tu primer carro al que le habías montado unos cauchos tan anchos que pegaban del guardafango. No tuviste tiempo de cambiarlos y tampoco querías perder la cita, así que no pudiste pasar de sesenta cuando la llevaste a pasear. El ruido no les dejó ni siquiera oír un poco de música; tenían que gritar para entenderse. ¡Qué pena…! Finalmente a ella no le importó ir despacio, le dije con la voz que me salía por pedazos. Me imagino que no, dijo riendo ¾así es, hermano, poco a poco. Aunque sólo caminemos, igual vamos avanzando. Ánimo. No duele, todo es una ilusión―. Sin cesar me miraba como inquieto, preocupado. Yo trataba de sonreír y de disfrazar mi deplorable estado para que no pensara en la posibilidad de renunciar, de abandonar el maratón por mi culpa. Como nosotros, muchos también caminaban, lo que nos consoló un poco. De vez en cuando nos pasaba algún voluntarioso a paso corto con la mirada fija en el asfalto, atento a lo que éste le decía para olvidarse de sus piernas engarrotadas y cuello endurecido, reflejando nuestra propia imagen dentro de los meandros de su cuerpo. Las botellitas de agua vacías cubrían el camino, la gente aún animaba a los participantes desde las aceras y casas y todo el odio del sol se derretía sobre nuestras espaldas. Ya no nos quedaba agua que sudar ni aire que exhalar. Al cabo de un rato de endeble caminata, faltando quizás un par de kilómetros para la meta, me armé con el yelmo, la pechera y la espada de plástico que Gonzalo me regaló en una lejana Navidad y le dije que ya me sentía mejor, que si quería podíamos trotar un poco. Muy lentamente, pero corriendo como lo habíamos planeado, nos acercábamos al festín de la meta. La gente reía, aplaudía, gritaba vivas a todo el que pasaba como si cada uno de aquellos cuerpos escuálidos, ensopados de cabeza a pies, fuera el de un viejo amigo al que se le quiere estrechar la mano. Mi trote era defectuoso, atolondrado, zigzagueaba, cojeaba como un pobre arrepentido resignado a su dolor, pero avanzaba; casi con los pies a rastras, avanzaba al lado de mi hermano que me veía altivo, con el mismo orgullo que yo sentí por él desde que tuve uso de razón. A sólo unos metros de la meta Gonzalo me pasó el brazo por encima del hombro. Yo hice lo mismo. Y corriendo, como lo habíamos planeado, cruzamos juntos la meta.   

Como el montañista poco apasionado que conquista el pico de sus sueños y con ello se siente más que satisfecho, yo jamás volví a participar en un maratón. No así Gonzalo, que adicto a la naturaleza, al aire libre, a la disciplina y voluntad de un Monje Budista, corrió ocho maratones más a lo largo del mundo. Sin embargo, entre maratón y maratón, nunca perdimos la costumbre de encontrarnos en el parque y correr a placer entre la frescura de los árboles y los cantos de cotorras y guacamayas. Borges, es el nombre del recorrido que siempre hacíamos en el parque porque así se apellida el que lo midió por primera vez. Comienza en el cafetín que da a la Carlota, luego sube por las anacondas, atraviesa el aviario, los lagos las corocoras y los patos, bordea el jardín hidrofítico, baja por el planetario y sigue hasta el otro extremo del parque pasando por el puesto de la guardia para luego subir hasta el cafetín que mira a la Francisco de Miranda, baja otra vez casi hasta el vivero para subir de nuevo por el lago de los botes y encontrarse con la laguna Carlos Guinand, bordearla y bajar una vez más hasta pasar por donde está el águila arpía en su jaula privada y seguir cuesta abajo hasta pasar frente al barco que hasta hace poco fue la réplica de uno de los de Colón, para subir una vez más por donde están los jaguares y terminar finalmente en el cafetín donde se inicia el recorrido. Allí tomábamos un café y planificábamos el próximo encuentro. Gonzalo lo disfrutaba tanto. Sí, lo disfrutaba mucho. Pedía un café negro pequeño sin azúcar y un jugo de naranja. Mientras hablábamos, entre nosotros o con algún otro compañero, Gonzalo tomaba un sorbo de café e inmediatamente uno de jugo. Le agradaba la combinación. A veces no parábamos en el café donde se completa el circuito sino que seguíamos un poco más hasta encontrarnos de nuevo con la imponente águila arpía, siempre atenta a todo el que pasa a su alrededor con los ojos inquisidores y cabeza giratoria comparable al periscopio de un submarino que vigila. Allí, frente a su mirada penetrante, estirábamos las piernas, los brazos y movíamos nuestra cintura en círculo para tonificar las caderas. Yo abría los brazos con la esperanza de que el ave hiciera lo mismo y aunque fuese una vez verla con sus alas desplegadas, pero no, nunca nos complació, se mantenía impávida con sus fuertes garras aferradas al tronco seco que le sirve de asidero. A veces nos olvidábamos de nuestra poco complaciente amiga de cabeza gris e íbamos a estirar los músculos al estanque de las nutrias que nos recibían con estruendosos chillidos y, muy a propósito, comentábamos sobre las trivialidades siempre repetidas como qué livianos se ven esos zapatos, dónde compraste el short o qué franela tan buena la que llevas que seca tan rápido. Y es que mientras corríamos o descansábamos de la carrera Gonzalo huía de las conversaciones formales o muy serías. Cuando alguien tocaba algún tema político, de sucesos o enfermedades, él cambiaba la conversa para hablar de las nuevas máquinas adquiridas por el laboratorio de la salud en el gimnasio de la compañía petrolera, de las anécdotas de su profesión, de las de otros, de las mías, del nuevo reloj para correr que no se rompe con nada, de aquél que controla las pulsaciones, del país donde correría su próximo maratón o simplemente se callaba si finalmente no conseguía cambiar el tema. Con el tiempo entendí que el correr con mi hermano era sólo una parte de la diversión pues se trataba de algo integral, un placer físico pero también espiritual donde la actividad del cuerpo se desarrollaba en medio de pensamientos y charlas ligeras, si se quiere divertidas, que hacían de la acción una verdadera terapia para el cuerpo y la mente.

Un inesperado día, aún joven y mucho antes de que yo lo imaginara, mi hermano ya no quiso trotar.  Recuerdo que fue un sábado en la mañana, como a la siete, diría yo, antes de que llegara la multitud de los sábados ―ya qué importa la hora. Me siento estúpido pensando en ese detalle, también en la gente que aún no había llegado al parque―. Llevaba su franela sin mangas con el nombre de Maraven. Extrañamente hoy no encontré ese brillo que siempre caracterizó a los ojos de mi hermano. Busqué dentro de ellos, pero ya no brillaban. Los tenía apagados, esquivos, renuentes a mirar de frente. Unas nubes espesas y grises, las mismas que hacen temblar al público cuando aparecen en cuentos, novelas y películas, cubrían el cielo de forma tal que del Ávila apenas se veía un delgado y muy bajo cinturón verde, por no decir azul blanquecino, que apenas destacaba como una banda borrosa al norte de la ciudad; pero no llovía, aún no llovía. Pensé que se trataba de una broma. No era tal. Su expresión no dejaba dudas. De pronto sentí como si un rayo, de esos que se estaban fraguando en las alturas, me hubiera partido en dos y mi cuerpo dividido buscara sin éxito recomponer los pedazos que habían quedado regados a kilómetros de distancia el uno del otro. Las bandadas de loros parecían fuera de sus cabales; escandalizaban desesperados por los aires y entre las ramas de los árboles que tenebrosamente los escondían iban y venían de un lado a otro como si pretendieran linchar a algún pájaro malvado que les hubiera quitado el alimento.   
¿Por qué, brother?, le pregunté incrédulo, renuente a aceptar lo que parecía inevitable, contrario  también a aceptar un cambio en mi propia vida. ¿Por qué ya no quieres correr? No hubo respuesta. El tiempo se congeló en el aire y las palabras se fueron amontonando en un lejano e inaudible depósito de palabras. Aún no, me dije, le dije a mi hermano, todavía tenemos tiempo para hacer lo que siempre hemos hecho. No pasa nada. No, no pasa nada. Quizás todo se trata de una gripe. Una penosa gripe. Sí, eso es, uno de esos virus que sabotea el aire para entrar en nuestros cuerpos y quitarnos las fuerzas. Sin embargo no había tos, su respiración era normal. Pero por otro lado lucía amarillento, tieso. Su mirada imprecisa, como si mirara hacia adentro, describía un espacio entre sus pestañas que se perdía en una negrura de límites insospechados. Aterrado me pregunté si me reconocía. Por un momento su mirada me hizo dudar. Esbozó lo que quiso parecer una sonrisa en su rostro enmascarado, dio media vuelta y se encaminó hacia el lado contrario al de las anacondas. De espaldas lo noté rígido, delgado, los músculos de sus piernas flácidos y lento el movimiento de sus brazos. Lo llamé y volteó con el cuerpo completo como si una espada lo atravesara desde la cabeza hasta la cintura. Y de nuevo esa mirada, otra vez esa mirada. Su mirada hincaba en alguna parte, hería, dolía como un par de banderillas en el lomo de un toro humillado. Su mirada traspasaba tu propio cuerpo como si no estuvieras allí y sólo una silueta se levantara frente a sus ojos.

Una vez más la voz temblorosa de Lourdes leyendo aquel papel arrugado y vuelto a planchar, oloroso a linimento, a ungüento evaporado, retumbó dentro de mi cabeza. Una y otra vez se repetía. Como la sentencia injusta en el pulso de un inocente, se repetía sin cesar. Traté de engañarme, de decirme que todo lo que me taladraba el pecho eran simples e inexpertas conjeturas, que Lourdes se había equivocado, que consultó al médico equivocado, que todo se trataba de suposiciones sin fundamento producidas por el miedo a que las cosas fueran diferentes a como siempre habían sido, a que la vida me mostrara finalmente en carne propia lo cruel que puede ser; pero no, sus palabras martillaban mi cabeza una y otra vez como los reclamos de una conciencia culpable. Caminé junto a él. Lo tomé por el brazo y regresamos al sendero donde se inicia la Borges. Con palabras que pretendían ser jocosas le dije que yo tampoco me sentía muy bien, que caminar de vez en cuando era mejor que correr siempre. Que lo mejor sería alternar el ejercicio: un día correr y otro caminar, o dos días caminar y uno correr. ¿Qué opinas, brother? Podemos hacer eso. Si quieres. Me parece lo mejor: un día corremos y dos caminamos; sería lo ideal. La semana pasada me estuvieron doliendo un poco las rodillas y creo que se debió al exceso de entrenamiento. Correr cinco días a la semana como antes lo hacíamos fue mucho, demasiado. Por eso te sientes así. Por eso me duelen las piernas. Ya verás que con la nueva rutina nos sentiremos mejor. Vas a estar mejor que cuando ganaste aquel premio de esgrima en la universidad, ¿recuerdas?, o cuando corriste esos tantos maratones alrededor del mundo, o cuando recibiste tu título de geólogo y después el master en geología en la Universidad de Oklahoma ―por aquí, brother, sigamos la ruta de Borges. ¿Recuerdas a Borges, el que creó todo este laberinto de veredas secretas y que tantas veces hemos recorrido? Ven, crucemos por la laguna de los patos y bordeemos el jardín hidrofítico. Mira cómo el sol traspasa las alas de aquella garza. Vamos bien―. ¡Ah, Oklahoma!, cuéntame de nuevo lo de Oklahoma… No importa, me acuerdo como si me lo hubieras contado ayer. Ya te habías casado con Lourdes, los niños estaban pequeños, Helena de dos añitos y Gonzalito apenas de mes y medio, y a ustedes les habían otorgado una beca para que hicieran el master en cualquier universidad de los Estados Unidos. Tú lo harías en geología y Lourdes en paleontología ―bajemos por el planetario―. Durante un par de meses buscaron en las universidades más prestigiosas de ese país una que contara con servicio de guardería, pero les fue imposible. Día tras día llegaban las cartas con la negativa y el tiempo de aprovechar la beca se agotaba. Pronto decidieron probar con algunas otras no tan renombradas, ¿recuerdas?, y fue precisamente la Universidad de Oklahoma la que contaba con una estupenda guardería dentro de la misma universidad. Te pusiste tan contento que ese día corriste dos Borges seguidas en una hora y cinco minutos, un verdadero record, brother. Si no es porque en ese tiempo yo aún era un mocoso te hubiese acompañado en el recorrido. Qué buenos tiempos ―a la derecha, sigamos por donde está la guardia―. Y no quiero ni recordarte la impresión que recibiste cuando te enteraste de que nuestro Rómulo Gallegos era profesor de literatura de esa universidad. En vano trataste de encontrártelo por los pasillos, de que alguien te lo presentara, pero fracasaste en todos los intentos, nunca coincidiste con el maestro hasta que un día decidiste ir a almorzar a un sitio donde él solía hacerlo, en casa de una compatriota que vivía de preparar almuerzos a los venezolanos que allá estudiaban. Llegaste un poco tarde. Mientras repasabas la larga y única mesa en busca de un puesto libre te topaste con la mirada bonachona y penetrante de Gallegos. Comía una arepa rellena de carne mechada y bebía jugo de papelón. Te miró y miró a su lado, como autorizándote a sentarte en el puesto libre que quedaba. Pero no, te quedaste mudo, observándolo como se ven los secretos que no se quieren contar y te marchaste del lugar con Doña Bárbara sin firmar bajo el brazo. No te sientas mal por eso, brother. Si Francisco Massiani perdió una cita con Julio Cortazar porque un amigo le insinuó que estaba mal vestido, no debes sentir vergüenza porque hayas sentido miedo de presentarte ante Gallegos. Tampoco García Márquez se atrevió a acercársele a Hemingway cuando se lo encontró en una calle de París y sólo alcanzó a gritarle “¡Maestro!” desde el otro lado de la acera. Yo tampoco me hubiera atrevido si hubiese estado en tu lugar ―ahora subamos un poco y luego bajemos por el vivero―. No hay apuro, brother, caminando también se avanza. Ya veras, con esta nueva rutina de ejercicio pronto estarás mucho mejor, ya lo creo. Te sentirás tan bien como cuando eras gerente de exploración de la petrolera y descubrieron aquellos nuevos pozos en alguna parte de nuestra prolifera tierra, creo que fue en Bachaquero o en Lagunillas, o cuando tus compañeros de PDVSA crearon el Tercer Triatlón bajo techo y lo bautizaron con tu nombre, o cuando publicaste aquellos informes sobre geología que tantos reconocimientos te trajeron, o cuando te nombraron director de asuntos internacionales del Ministerio de Energía y Minas, o cuando, ya jubilado de la industria nacional, la petrolera Canadian Oxy te contrató como su gerente general ―vamos bien, no hay dolor, todo es una ilusión―. Ya verás, te sentirás mejor que aquel día cuando el propio Presidente Carlos Andrés Pérez te entregó la Medalla Mérito al Trabajo en su primera clase, o cuando tus hijos te dieron esa seguidilla de nietos que ahora te envanecen ―bordeemos el lago Guinand. Vamos brother, no te dejes―. Ahí está el águila arpía con sus alas cerradas como de costumbre. Sí, ya sé, no hace falta verlas desplegadas, sólo hay que cerrar los ojos e imaginar cuán largas son. ¡Ah!, me acuerdo mucho de aquella anécdota que a veces contabas cuando corríamos largo y yo ya no podía con mi alma y asomaba la idea de abandonar. ¿Recuerdas, la del Nursultan Nazarbaev? Sucedió en Kazajstán. Fuiste invitado por el gobierno de ese país junto con otros geólogos de Maraven para realizar  investigaciones sobre posibles exploraciones petroleras en su territorio. Estabas muy entusiasmado ya que era la primera vez que ibas al Asia y yo sé cómo… Y yo sé cómo disfrutas de las comidas exóticas, de conocer otras culturas y nuevos parajes. Bueno, resulta ser que el presidente Nazarbaev ofreció una cena en honor a los visitantes. Muy suntuosa según nos contaste. Decenas de empresarios de varias partes del mundo, políticos, empleados de gobierno y periodistas los acompañaron sentados a lo largo de una mesa que brillaba en medio de un salón decorado como el de un rey. Las alfombras de seda cubrían casi todo el piso y las paredes y techos estaban saturados de pinturas, adornos y unas lámparas gigantes que parecían de oro puro ―por aquí, ya estamos cerca del barco de Colón; respira profundo. Según la costumbre, cada invitado debía decir unas palabras y al final de ellas levantar la copa y empinarse de un tirón su contenido de vodka; también debía hacerse cuando fuera otro el que hablara. Me imagino cómo te sentías, tú que apenas tomas. Pero no hacerlo podía significar una ofensa para los anfitriones, así que tuviste que guapear con los tragos. Cuando llegó tu turno ya por lo menos seis habían hablado, y brindado, y tú con ellos, claro, como pedía la etiqueta. Tu cabeza daba vueltas y olvidaste por completo lo que tenías que decir. Cuando se sentó el gringo que estaba a tu lado y tocaba tu turno, te levantaste, respiraste profundo y lo único que se te ocurrió fue mirar fijamente al presidente y decirle: “Presidente, usted es mi hermano”. El Nursultán se te quedó mirando visiblemente sorprendido, sus ojos brillaban como piedras preciosas expuestas a la vista de un ladrón. “Así es, usted es mi hermano”, continuaste con la copa una vez más llena de vodka, “porque sus antepasados atravesaron toda el Asia Central en dirección este, y por el mar de Bering, a través de las Islas Aleutianas, llegaron a nuestra América. Por eso no veo ninguna diferencia física entre los habitantes de esta tierra y los de mi país, lo que nos convierte en verdaderos hermanos. ¡Salud!”, dijiste; y una vez más, sujetándote con fuerza al espaldar de la silla, te empinaste la copa que te correspondía. ¡Salud!, dijeron todos con voz fuerte, casi gritando, contagiados de tu entusiasmo; y en un hecho sin precedentes, el propio Nursultan Nazarbaev, presidente de Kasajstán, se levantó de su silla y fue hasta donde te encontrabas y sujetándote por la cabeza con ambas manos te estampó sendos besos, uno en cada lado de la cara, al tiempo que te miraba emocionado y te decía “hermano kazaco”. Todos rieron y brindaron una vez más por tu original intervención ―falta poco, brother, vas bien, vas bien, esta es la última curva, subamos por la fosa de los jaguares―. El cuento no terminó ahí. Una vez fuiste a una reunión en Nueva York, hacía frío y tenías varias horas discutiendo sobre el hallazgo de nuevos pozos de petróleo. Bajaste del piso cuarenta donde te encontrabas buscando tomar algo más espeso que el café que toman en el norte. Estabas parado con tus colegas en una esquina de la Quinta Avenida esperando que la luz cambiara cuando sorpresivamente, desde una reluciente limosina negra estacionada frente a ustedes, sale una mano que saluda repetida y vigorosamente y la cara de un hombre risueño que asoma por la ventana del asiento trasero y te grita: “hermano kazako, hermano kazako”. No podías creer tamaña casualidad. Se trataba del presidente de Kazajstán en persona. Cambió la luz y no tuviste tiempo de estrechar su mano. Ambos se quedaron con los brazos alzados y las miradas encontradas por largos segundos. La vida está llena de sorpresas ―ya estamos por llegar, apenas faltan unos metros. Mira la gente, mira cómo se arremolina en la meta. Gritan vivas. Te reciben con entusiasmo. También el entrenador se ríe y te aplaude. Admiran la vida que has llevado, brother. ¡Vamos. No decaigas. Tú puedes. No hay dolor. Todo es una ilusión!―. Le pasé el brazo a mi hermano por encima de sus hombros y juntos cruzamos la meta.
De pronto el cielo no soportó una gota más y estalló con furia a través de grandes agujeros que entre nubes, recuerdos, centellas, preguntas y truenos quejumbrosos mojaron por largo rato todo lo que nos rodeaba.
 
Definitivamente estos zapatos no son los mismos con los que mi hermano corrió aquel maratón del 84,  pero quizás sean los que usó para correr el maratón de París en el 2002, pienso, o el de Honolulú el año antes, o el de Roma, o el de Nueva York, o el de Estocolmo, o el de Cancún, o el de Londres, o algún otro, quién sabe. Recuerdo que cuando compraba unos nuevos dejaba los viejos aquí. Tomo uno de ellos y me siento en el piso a detallarlo. Su cuero está endurecido, inflexible, amarillento, el aire de su suela de goma ya no transparenta la luz, se ve turbio, los cordones se han ennegrecido, el plástico de sus puntas desconchado y ya no se aprecian las líneas y letras que identifican la marca. Descarto también que sean los mismos que una vez me enseñó en la reunión de los domingos. No pueden ser, me digo. No, repito en voz alta mientras lo hago girar lentamente entre mis manos. Tomo ambos zapatos como quien de pronto le da la mano a un extraño que se presenta solo y los tiro a la basura. Luego me acuesto. Es un sueño intranquilo. Entre patadas al vacío y vueltas de almohada corro un largo Maratón con mi hermano, el más largo del mundo. Nos levantamos a las cuatro y media de la mañana como solíamos hacerlo cuando entrenábamos y después de chocarnos las manos y hacer una breve calistenia comenzamos la gran carrera. Trotamos sin parar por infinitas veredas de conchas marinas que crujen como galletas bajo nuestros pies y que luego se convierten en una fina arena para después dar paso a un camino de algas franqueadas por setos de manglares y corales. Él va marcando el paso con sus piernas de roble mientras yo lo sigo a corta distancia con la mirada puesta sobre sus huellas que flotan. Sudamos copiosamente pero no se siente el calor ni el cansancio; el cuerpo no duele y el aire va y viene dentro de nuestros pulmones como lo hace en la placidez de un encuentro fraternal. A una señal de mi hermano igualamos nuestros cuerpos y aumentamos la velocidad hasta que la fuerza del viento nos hunde las mejillas, peina el cabello y los setos pasan borrosos a nuestro alrededor. Respiramos la magia de la Gran Sabana, navegamos por el Amazonas, admiramos la obra de Niemeyer en Brasilia, saludamos al Cristo Redentor de Río de Janeiro, respiramos el olor del Río de la Plata, disfrutamos de un baile de tangos en el Paseo Florida de Buenos Aires, bordeamos la costa atlántica de Sudamérica atestada de ballenas, pingüinos y leones marinos hasta llegar a la Patagonia donde aminoramos la velocidad para luego trotar plácidamente sobre el helado canal Beagle frente a Ushuaia, sobre el lago Fagnano entre montañas, y sobre los blancos e imponentes glaciares que marcan el fin de la gran cordillera andina. Gonzalo ríe a placer y una vez más aumenta la velocidad. En segundos pasamos a la Patagonia chilena, subimos a las alturas de las Torres del Paine, nos regocijamos con sus lagos lechosos, verdes y azules, navegamos por sus fiordos e islas, avistamos los colores terrosos del desierto de Atacama, los altiplanos de Bolivia y Perú con sus elegantes llamas y vicuñas que por segundos nos acompañan, bordeamos el Titicaca atestado de truchas, visitamos la ciudad imperial del Cuzco, los volcanes de Ecuador y corremos por la doble costa de Colombia hasta encontrarnos con el lago de Maracaibo y reducir el paso. Al llegar a la Plaza Venezuela Gonzalo no voltea. No me espera para cruzar la meta. Sigue de largo. Se pierde entre la gente. No me espera y se pierde entre la gente. Pregunto por él. Nadie lo ha visto. Su número no figura entre los participantes. Tampoco su nombre. Pero, ¡corrió, corrió conmigo!, le digo a alguien, búsquelo; por favor, búsquelo, inténtelo, revise una vez más… Al no encontrar respuesta pretendo gritar pero ningún sonido sale de mi boca, apenas un vaho, un aliento desnudo, un aire estéril que se regresa al llegar a mi garganta. Cuando ya me siento desfallecer y muero como si me hubieran enterrado vivo boqueando el nombre de mi hermano perdido, salto de la cama sudando y escondo la cabeza entre mis manos. Luego cruzo los brazos. Aprieto con fuerza mis hombros y comienzo a moverme como si sobre una terrible indecisión me encontrara. Bailoteo mi cuerpo por no sé cuánto tiempo con la mirada puesta en algún sitio gris que de vez en cuando parece relampaguear cuando una vaga esperanza ilumina la ventana. Al cabo me refugio en la almohada, la abrazo con fuerza y me dejo caer a un lado.

Duermo otro rato. Al despertar de nuevo estiro mi cuerpo, me incorporo pesadamente y me asomo a la ventana. La playa está serena y el día soleado. Bello para trotar, me susurra mi hermano al oído. Me visto y hago una corta calistenia con la mirada puesta en las ruinas del Concorde. Cuando ya me dispongo a salir me detengo un momento. ¿Por qué no?, me digo. Me quito los zapatos, voy hasta el cesto de la basura, retiro los zapatos de mi hermano, me los pongo y salgo a correr a La Caracola. Es verdad, tiene razón Gonzalo, no importa su aspecto actual, nada los iguala. Voy a trote manso y constante imaginando que sigo las hercúleas piernas de mi hermano que comienzan a sudar. Éste voltea, me hace la señal de costumbre y apura la carrera. Yo trato de alcanzarlo pero es inútil, se adelanta por el camino que bordea la laguna de manglares. Mientras veo cómo se aleja y se pierde entre olas y aromas marinos me invade un miedo terrible de llegar a la meta.  

Gracias a Heberto Gamero por la autorización para publicar su Cuento en este Blog

http://literaturayvida.blogsome.com

Círculo de Escritores de VenezuelaAugust 6, 2008 12:21 am

PENSAMIENTOS Y AFORISMOS

"Los demás no tienen el poder de herirnos. Includo si alguien nos injuria o nos golpea, o si nos insultan, siempre es nuestra elección considerar lo que sucede como ofensivo o no. Si alguien nos irrita, es solo nuestra propia reacción lo que nos irrita. Cuando alguien parezca provocarnos, recordemos que es solo nuestro juicio del incidente lo que nos provoca. Tratemos de no reaccionar en el momento. Tomemos distancia de la situación. Adoptemos una visiónmás amplia. Serenémonos."   Epicteto, versión de Sharon Lebell

"En el arte es difícil decir algo que sea tan hermoso como no decir nada. Wittgenstein

Selección: Carmen Cristina Wolf

Círculo de Escritores de VenezuelaAugust 2, 2008 4:05 pm

Por Lidia Salas

 

El   jurado  del   LXIII  Concurso  de Cuentos  de  El Nacional  al  emitir el veredicto que adjudicaba  el  Premio   de  Ganador  al   relato  Los zapatos de mi hermano, de  Heberto Gamero  resumió la  anécdota  desarrollada  con  un lenguaje literario como “ la metaforización del acto de correr como expresión universal de la vida” .  Como lectora consecuente con  los textos ganadores
de este  evento  a  través de los años, encuentro impecable el juicio de Alexis Márquez Rodríguez, 
Krina     Ver   Da  Costa  y  Freddy    Castillo  Castellano.    Me sedujo   al  igual  que  a  ellos,  la
intensidad,  la  capacidad  de  síntesis  y  los diversos  planos  narrativos  de  un  tema tratado con verosimilitud  y  pasión:    el  atleta  que  se  enfrenta  a las  distancias  para llegar con dignidad al
final  de la carrera  no es diferente  al ser humano que se entrena,  para  transitar  con  paso  noble   los  espacios vitales y tal como sucede en la literatura teme arribar a la meta. 

 

Lo     que  para un   lector  desprevenido  puede  aparecer  como  una   metáfora  fácil    el demostrar  la  relación  de  semejanza  entre  el acto de participar  en  una maratón y   el ejercicio mismo  de  la  vida,   en  el cuento de Gamero  es  desarrollado  mediante  la    sensible expresión de  unos  personajes  en los que  esta  relación  está  apenas sugerida,  pero   los   acontecimientos narrados conforman una trama en donde la humanidad, la sinceridad,  la  honestidad  expresan la urdimbre de la vida, con sus alegrías, desencuentros y tragedias y en el centro del discurso, como piedra  angular    de la  estructura  del   mismo,   el doloroso  asombro  ante  lo  impredecible,   la nostalgia de lo perdido,   el  temblor   del   hombre   a causa de   la mortalidad   de  su   destino  y   la inmortalidad de sus sueños.

 

El   protagonista   logra   comunicar   con  vivacidad     la   descripción   de  los   diversos espacios:     Caracas con sus  avenidas,  plazas  y  sectores;   el  parque  del Este  con  el verde de los árboles,   el agua   de   los   lagos  y  las jaulas de los animales;   la  isla  de Margarita con los

 

hoteles, playas  y el  azul  del  mar  rodeando  los cuerpos y los caminos.  Expone igualmente las    emociones  y  sentimientos  de  los  personajes:   la   modorra   de   quien   se   despierta   en  las      madrugadas para entrenar, el cansancio  que  produce  el  esfuerzo  físico,  el  dolor y la angustia  de los rezagados, la conciencia de los corredores de la  finitud del tiempo y  de  la vulnerabilidad  del ser humano ante los retos.

 

En  la  línea  de  los pasajes   de los diversos  maratones, el autor intercala  el   plano  del pasado      remoto  con    los   acontecimientos  de  la  infancia,   de  la casa de  los mayores y las  reminiscencias  de  ese hermano exitoso,  modelo  y  camarada,   prototipo  de     otra  Venezuela   ahora  fenecida,  la  de la meritocracia y  la investigación,  la de los viajes y  las  recompensas  y   casi  sugerido   el   anuncio   de  la  tragedia  en  ese  papel  que  estruja  la cuñada,  la  pena  ante     lo irremediable de un destino cruel que condena en vida a quien  fuera un  ícono del movimiento,
de la superación y de la alegría de vivir.

 

El  lenguaje  preciso,  las imágenes  que  representan al mundo  exterior  con  sus matices, las  sensaciones captadas por una sensibilidad aguda están expresadas con la misma elegancia de
las    figuras  patéticas  que conmueven  profundamente  al  lector  por  la sinceridad  con  la  que   se transmite la ternura,  la nostalgia, la tristeza y dolor ante la derrota de la muerte en la frase que cierra la historia.
 Como Miembro de la Junta Directiva del Círculo de   Escritores de Venezuela celebro el que un narrador  como  Heberto Gamero,   quien  desde  su vinculación  con  esta asociación  se distinguió  por  la  seriedad con  la  que asumió  su  vocación  por  la   escritura   se  haya hecho merecedor a un premio tan reconocido en la historia  literaria  del  país.   Reitero  la  amistad  y la gratitud  por  el   entusiasmo  con el que ha participado en  nuestro  proyecto  de promoción y divulgación  de  las  letras  con  la visión de una  cultura  nacional    integrada   a    los    valores universales de las letras  y del arte.   Agradezco   en  nombre  de  todos  y   de  cada  uno  de los integrantes  del Círculo  su  generosidad  al donar el valor del  premio,    para   contribuir con la realización de tan alta  misión.    

 

La Autora: Licenciada en Letras, escritora colombo-venezolana con extensa obra publicada, Miembro de  la Junta Directiva del  Círculo de Escritores de Venezuela.

Círculo de Escritores de VenezuelaJuly 28, 2008 8:47 pm

BIENVENIDA LA ESCRITORA MARÍA ISABEL NOVILLO

Se encuentra en Caracas la escritora de Mérida María Isabel Novillo, voz poética de gran sensibilidad y certera escritura. Tuve la fortuna de conocerla y de leer el poema Maestra Vida, una hermosura que conmueve el alma.

En http://noticias.eluniversal.com/verbigracia, leemos: Porta un anillo, "insignia natural de los solitarios", que la señala como perteneciente al grupo
de aquellos que "guardan la llave tras el amor / de sus pupilas", un anillo fundido al fuego de sus -diríase- alquímicos saberes (de los que hiciera gala con su poemario Metálica virtud, merecedor del Premio Casa de la Cultura de Maracay/ 1992). María Isabel Novillo escribe a la escucha de los acordes musicales que guían sus pasos por los meandros del lenguaje poético, desde sí misma y tras la rosa de la promesa que, como sugiere, es práctica de quienes integran el linaje de los suyos:
los peregrinos, imagen emblema con la que da título al nuevo libro
del que aquí adelanta algunos textos
Fuente: http://noticias.eluniversal.com/verbigracia
Rosalía de Castro, en Santiago de Compostella escribe:
El sábado 7 de octubre se trasmitió por Radio Portales , en el programa Carretera Cultural, una entrevista en las que conversamos, entre otras cosas, de este Encuentro. La entrevista realizada por Carlos Calderón resultó muy interesante, ya que participó una escultora y otra poeta. Corto se hizo el tiempo para comentar todo lo que hubiésemos querido compartir con los auditores. Entre ello, un poema de una excelente poeta venezolana: María Isabel Novillo, de su libro Poemas Peregrinos. Este poema representa para mí el símbolo del entrecruzamiento de pueblos y culturas que tan bien se vio reflejado en este encuentro de Galicia, una verdadera fiesta de las letras y de la hermandad de los países del mundo en palabras de mujer.

MAESTRA VIDA

Poema de María Isabel Novillo

Era una mercader de Templo.

Tenderete pequeño entre sus faldas:
una sobre otra, al uso de su raza.
Ofrecía campanas y cristales de cuarzo
sentada en la escalera -hacia la izuierda
entrando- a las puertas de la Catedral de Lima.

Te compré una campana de raro timbre, puro.
No los cuarzos que, aunque bellos, te dije,
eran caros. (Uno no sabe cuán pobre está)

y tú: "señora, señora" me decías
ajustando los precios
con la voz cantadita, bajita, de tu raza.

Y hubo algo. Me miraste a los ojos.

Tus ojos de quietud:

Silencio y soledad del altiplano.

Hubo algo

(Imposible decir el cómo la lección
entra y te toca)

"Señora, tómelos. De regalo"

En tus manos, modestas, la luz era cristal.

Lucía, te llamabas.

Sí. Claro que ví la miseria en Lima.

Ví la mía.

Señora, me decías. Y no sabes
que todo el Señorío

iba en tí.

Fuente: http://anamariavieiravera.blogspot.com


 

Círculo de Escritores de Venezuela 7:22 pm

Ya hemos encontrado
en la librería
la forma, el nombre, el paraíso
llegamos a los confines de la tierra

Hola Eugenio!
habrás ído a la China
a San Petersburgo
no sé si a Kenia pero sí a Islandia

estarás muy arriba en la cumbre
junto a tus ángeles guardianes
diciéndonos a todos
sigan escribiendo desde allá

que yo leo todo…

 

 

Poema inédito de la escritora venezolana Maite Ayala,
Integrante del Círculo de Escritores de Venezuela

http://literaturayvida.blogsome.com


 

Círculo de Escritores de VenezuelaJuly 27, 2008 3:01 pm
La poeta y restauradora de obras de arte Maribel Proietti regresó de su visita a Cuenca, Ecuador, donde acudió invitada por la Casa de la Cultura. Muy vien acogida por su obra poética y por su encanto personal, desarrolla el proyecto de dar a conocer a los escritores venezolanos en Ecuador, como embajadora del Círculo de Escritores de Venezuela. Trajo un ejemplar  del diario impreso  El Mercurio del pasado 23 de mayo, donde se reseña lo siguiente; 
Diario El Mercurio, Ecuador.- (fundado en 1924)
Incorporación del novelista Carlos Vásconez como Miembro Correspondiente del Círculo de Escritores de Venezuela: "La Junta Directiva del Círculo de Escritores de Venezuela incorporó como Miembro Activo al ecritor cuencano Carlos Vásconez, por su calidad en la creación literaria, asi como por compartir el estudio y difusión de la literaturay fomentar el diálogo con la finalidad de desarrollar proyectos culturales. Vásconee4z nació en 1977. Narrador que ha incursionado en el cuento breve, el relato y la novela… ha publicado varios libros, el último de ellos "la raza extinta", como parte de la colección Palabra al Día de la Casa de la Cultura Núcleo El Azuay." (p. 5A)
Información complementaria de Carlos Vásconez
Círculo de Escritores de VenezuelaJuly 24, 2008 9:08 pm

Angela Reyes y Juan Ruiz de Torres en gira por América


Según las Noticias de Actualidad de  la Revista Prometeo (http://www.prometeodigital.org )

los poetas directivos de la Asociación Prometeo, Angela Reyes y Juan Ruiz de Torres regresaron a Madrid tras una extensa serie de intervenciones poéticas y académicas. En México (Casa del Poeta, en el D.F, coordinado por Dana Gelinas; con la prof. Marisa Trejo, en el Centro Jaime Sabines y la Universidad Autónoma de Chiapas, en Tuxtla Gutiérrez, y en la Universidad Intercultural de Chiapas, de San Cristóbal de las Casas). En Vancouver, Canadá (Universidad de Columbia Británica), durante el congreso de la Asociación Canadiense de Hispanistas, presidido por la prof. Emilia I. Deffis, Juan Ruiz de Torres intervino en sesión plenaria con su ponencia "La mirada oblicua en poesía"; a esa sesión asistió el Sr. Embajador de España, D. Mariano Alonso-Burón; también en Vancouver, el Registro Creativo de la A.C.J., que preside Nela Rio, ofreció su homenaje a Ruiz de Torres, y Angela Reyes presentó la Revista "Oriflama". También en Vancouver, Ruiz de Torres habló sobre poesia a los miembros del Proyecto Sur Vancouver, de Lucy Ortiz.
En Montreal, Angela Reyes disertó sobre sus poetas fundamentales, en la Universidad Concordia. Los contactos y proyectos en colaboración con Prometeo surgidos de los dieciocho encuentros son muchos, y veremos su realización en los próximos meses.
(Junio 2008)

Poesía de Siempre, Círculo de Escritores de VenezuelaJuly 20, 2008 11:08 pm

Poema de Enrique Gracia Trinidad
Dificultades

Lo más difícil es que el corazón

recorra su distancia sin heridas,

que el tiempo tenga besos suficientes

entre las páginas del libro que hace piedra la Historia.

Lo más difícil es

que las fotografías rocen sin abrasar

las horas degolladas,

acaricien sin daño

los encajes oscuros de las horas que fueron.

Lo más difícil es que la rutina sirva para tejer

una canción de cuna

que adormezca y abrigue los caballos sin alma del olvido.

Lo más difícil es que nuestros versos

rescaten hoy de nuevo la canción más oculta, sin sangrar,

sin hacer de la vida cotidiana un esperpento.

El resto es siempre fácil, sucede simplemente.

(Del poemario A Quemarropa)

Fuente: La poética del vértigo, Antología. Estudio y selección

de Enrique Viloria Vera,  editado por Jirones de Azul España 2007

*Enrique Gracia Trinidad. Nacido en Madrid en 1950.

Poeta, ensayista, editor, traductor, antólogo,

con una extensa obra publicada. Voz fundamental de la literatura española.

Miembro Correspondiente del Círculo de Escritores de Venezuela