Ponencia presentada el jueves 7 de agosto de 2008, en la Sala Cabrunas de Cultura Chacao, en el marco de la Programación del Círculo de Escritores de Venezuela
Por: Carlos Alarico Gómez
Quisiera comenzar por expresarles que el tema que me adjudicó el Círculo de Escritores para la tertulia de hoy, me presentó al principio la dificultad de su amplitud, además de la búsqueda de las coincidencias que pudieran hacer coherente la reflexión que intentaba efectuar, pero tengo que confesarles que no me fue difícil encontrarlas. En seguida vinieron a mi memoria las referencias de trabajos que escribí con anterioridad en donde toqué las dificultades del fenómeno cultural en los regímenes autocráticos que, a través de nuestra historia, han intentado siempre coartar el libre albedrío de los creadores y de los investigadores.
Una vez que tuve la idea clara en mi mente, comencé a buscar en mi archivo los datos necesarios para armar el trabajo que se me pedía y en eso estaba cuando me topé con el titular de primera página de un periódico que estaba cerca de mi computadora. En él se destacaba una noticia que me llamó mucho la atención, quizá porque intuí que allí encontraría la materia prima que andaba buscando para iniciar el trabajo que me proponía desarrollar. El titular decía: LA GISELLE DEL TERESA CARREÑO TUVO UN INESPERADO PRÓLOGO. Movido por la curiosidad, interrumpí mi faena y busqué la crónica en el cuerpo cultural de El Nacional, donde me encontré con la reseña del periodista Juan Antonio González, en la cual explicaba que el sábado dos de agosto, con el aforo de la Sala Ríos Reyna totalmente lleno -y ante la presencia de la aclamada coreógrafa y bailarina cubana Alicia Alonso-, el flamante Ministro de la Cultura, el médico veterinario Héctor Soto, tomó la palabra para pedir, en nombre del Presidente Chávez, el reconocimiento a la labor de José Luis Pacheco, actual Director del Teatro Teresa Carreño, agregando que ese teatro estaba ahora abierto al pueblo, a pesar de que “una pseudo intelectual dijo que habría que desinfectarlo con cloro”.
La clara referencia del Ministro y su lenguaje abiertamente partidista y fuera de lugar, fue subiendo de tono hasta que de pronto se detuvo e hizo una pausa para expresar, con abierto regocijo y ante la perplejidad del público, que después de tres años de intensa labor en el Ministerio de la Cultura al fin habían llegado a alcanzar un acuerdo sobre el verdadero significado de la palabra cultura. Orgulloso por el logro obtenido y por la primicia que le estaba dando a la nutrida concurrencia, el Ministro agregó que tan notable éxito se había conseguido después de vencer la opinión de quinientos intelectuales, quienes habían formulado aportes de diferente naturaleza, hasta que de pronto vieron la inutilidad de ese esfuerzo y la magnitud del tiempo perdido, ya que la verdad se les manifestó con toda precisión cuando escucharon la palabra esclarecedora del Presidente de la República, en la que definió el concepto de la siguiente manera: “Cultura es todo lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos”.
Al terminar de efectuar la impactante revelación, agregó que todo ello se había conseguido doblegando la complejidad propia de una actividad de esa naturaleza, dificultada además por el hecho de tantas personas que trababan el excelente aporte presidencial. No obstante -y para sorpresa del alto funcionario-, el público comenzó a pedir a gritos que se iniciara la obra y algún perturbado llegó a decir, en forma impertinente: “¡El ballet, queremos el ballet!”. Luego de lo cual otros asistentes, estimulados quizá por la iniciativa de aquel entrometido, agregaron a pleno pulmón: “Giselle, queremos a Giselle!”. A lo que el Ministro respondió: “Ya estoy terminando, no se desesperen!”, pero no había manera de controlar la incomprensión del público, cuya desesperación había llegado a su clímax, lo que lo obligó a buscar una explicación y para solicitarla se inclinó sobre el micrófono, viendo de frente a los asistentes en actitud desafiante, a los que preguntó: “¿Es que aquí no hay nadie que me quiera escuchar?”. Y fue en ese momento cuando la insolencia llegó al extremo. El público, quizá influido por algún saboteador de oficio, le respondió, en forma altisonante y precisa: “¡No!, ¡sólo queremos a Giselle!”, agregando: “Esto es un ballet, no es política”.
Vencido por la incomprensión de aquella gente mal educada, el Ministro no tuvo más remedio que marcharse y, fue entonces, cuando el público pudo lograr su objetivo de disfrutar de uno de los ballets más bellos y representativos del romanticismo, la cual fue estrenada en 1841 en el Teatro de la Ópera de París, surgida de la mente creativa del maestro Adolfo Adam, quien se basó en el librero de Gautier y Vernoy, que se presenta ahora con la coreografía de Alicia Alonso, quien, como ya se dijo, se encontraba presente, asombrada quizá por lo que acababa de presenciar.
El percance me hizo recordar lo acontecido en 1928, con la desproporcionada reacción del general Gómez ante los muchachos de La Generación del 28, a los que envió a la cárcel y al trabajo forzado en las carreteras, argumentando que como no querían estudiar, él se sentía obligado a asumir el papel de padre protector y fue por ello que les hizo el inmenso favor de enseñarlos a trabajar. Una buena intención que no fue comprendida por los “beneficiados” y, mucho menos, por los analistas de la historia que en la posteridad se han ocupado de estudiar aquel suceso en el que varios jóvenes encontraron la muerte, fueron a prisión o salieron al exilio. La síntesis del drama vivido durante aquel extenso régimen dictatorial puede ser captada en el bello poema de José Pío Tamayo, una de cuyas estrofas dice así:
Aunque venga sin lanza y sin escudo,
alta la frente, la rodilla en tierra;
¡Oh, genio de la paz y de la guerra!
Por mi patria y por Dios, yo te saludo.
He venido a pedir, aunque te asombre,
que redimas a tu patria esclavizada,
sus hombres lloran… pero no hacen nada;
y no hacen nada, porque no son hombres.
¡Resucita! ¡Levántate! ¡Camina!
A un león español venció tu espada.
Con ella vence a la pantera andina.
A tu blanco corcel, clava la espuela.
Vuelve, vuelve, señor,
sal de la nada;
Y libera otra vez a Venezuela.
Otras de las víctimas de la época fueron los jóvenes Rómulo Betancourt y Jóvito Villalba, líderes fundamentales de la democracia venezolana, que en aquel entonces eran dos muchachos de menos de veinte años que no tuvieron miedo en enfrentarse a la dictadura más férrea que ha tenido Venezuela. Este año, por cierto, se está celebrando el centenario del nacimiento de ambos hombres. Su pasión por la libertad les ocasionó cárcel y exilio desde el mismo inicio de su vida política, como consecuencia de su participación en los referidos sucesos.
El amor por la democracia les había nacido temprano y su liderazgo lo empezaron a ejercer desde su ingreso en la Facultad de Derecho de la Universidad Central en 1926. Villalba prefería la oratoria, en tanto que Betancourt optaba por expresarse en las páginas de la revista Billiken, iniciando así una intensa actividad en el periodismo político, aunque el líder margariteño pronto captó la importancia de escribir y se integró al equipo de redacción del periódico Centro, órgano de divulgación de la FEV y desde allí comenzó a formar un grupo de activistas políticos que daría sus frutos poco tiempo más tarde.
En febrero de 1928 estaban listos para perturbar el doctorado de dominación y despotismo que el general Gómez le estaba dictando al país desde hacía veinte años. Betancourt, Leoni, Pío Tamayo, Otero Silva y un nutrido grupo de estudiantes conformaron lo que, a partir de ese momento, iba a ser registrada en la historiografía venezolana como La Generación del 28, la cual trajo consigo la voz de protesta de una juventud culta que tendría bajo su responsabilidad la transmisión de un mensaje civilista y modernizante a la sociedad nacional.
A pesar de su eficiente aparato represivo, Gómez no pudo evitar que las nuevas ideologías ingresaran al país. Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Otero Silva y otros jóvenes universitarios habían entrado en contacto con los cambios ocurridos en el mundo. La doctrina comunista, basada en los planteamientos teóricos de Carlos Marx, ya había iniciado su primer experimento gubernamental en Rusia, mientras que en Estados Unidos se fortalecía el sistema democrático, sustentado en el liberalismo de John Stuart Mills y Adam Smith. En Europa occidental se afianzaba el fascismo italiano y el nazismo crecía aceleradamente en Alemania, mientras que los franceses insistían en su tesis del socialismo-democrático y en España se iniciaba un vasto movimiento afianzado en la encíclica Rerum Novarum que el Papa León XIII había escrito en 1894 y que en breve se va a extender a otros países, dando sustento a la ideología social-cristiana. Todos estos movimientos conforman entonces un mapa ideológico que, con ligeras variantes, aún permanece en las diferentes corrientes políticas de la opinión mundial. En Venezuela debe tomarse en cuenta, además, el tinte positivista que le imprimieron a la Causa Rehabilitadora los pensadores venezolanos Laureano Vallenilla Lanz, José Gil Fortoul y César Zumeta, la cual había tenido una discreta pero decisiva trascendencia en la clase dominante.
Al comenzar el año 28, la nueva generación universitaria ya había absorbido las ideologías vigentes en el mundo y estaba lista para dar a conocer las que inspiraron su sueño de libertad y su proyecto para lograr la igualdad social a través de la lucha por el establecimiento de una sociedad democrática, que unos años después se va a lograr en el país.
Esa estupenda iniciativa de los estudiantes de la UCV, aunado al suceso ocurrido en la mañana del lunes 13 de febrero, cuando Guillermo Prince Lara rompió una placa con el nombre del general Juancho Gómez, provocaron la ira del dictador, quien ordenó la destitución del Rector Diego Carbonell -nombrando en su lugar a Juan Iturbe- y la inmediata detención de Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Pío Tamayo y Prince Lara, quienes fueron conducidos al cuartel El Cuño. A ver lo sucedido, el resto de los estudiantes se solidarizaron con sus compañeros detenidos y Gómez los envió a todos al Castillo Libertador. La llegada a la tétrica mazmorra es descrita por Betancourt en su obra En las huellas de la pezuña (1929):
Llegamos a Puerto Cabello destrozados por el hambre y por los barquinazos espantosos de los carretones de motor donde viajábamos… El interior del Castillo era una fortaleza de construcción española, con abovedados de recia mampostería… De pronto, una espada cae sobre el pecho de Fidel Rotondaro. Hay un revuelo de hombres, entran soldados con la mano puesta sobre la oreja del máuser…
El pueblo caraqueño protestó, incluyendo a familias de probados nexos con el régimen, por cuyo motivo Gómez les devolvió la libertad doce días después. Al regresar a Caracas fueron vitoreados, pero los estudiantes no se quedaron tranquilos y, por el contrario, se unieron a un grupo de oficiales jóvenes, dirigidos por el capitán Rafael Alvarado y el teniente Rafael Barrios, quienes el 7 de abril insurgieron contra el déspota con la participación de líderes estudiantiles entre los que se encontraban Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Juan Bautista Fuenmayor, Juan José Palacios y Raúl Leoni, entre otros. Barrios logró tomar el cuartel de Miraflores, pero Alvarado fracasó en su intento de controlar el cuartel San Carlos. El general Eleazar López Contreras, jefe de la Guarnición Militar, controló la sedición.
El Presidente de la FEV, Raúl Leoni, logró escapar hacia Colombia, en tanto que Betancourt se dirigió a Curazao. Jóvito Villalba, Fuenmayor, Alvarado, Tamayo y otros no tuvieron tanta suerte y fueron enviados al Castillo Libertador, donde Alvarado encontró la muerte, al igual que Tamayo, aunque éste último logró que lo dejaran ir a morir en su casa barquisimetana.
Otro caso emblemático de la terrible relación que existe entre las palabras cultura y política en la historia del país lo constituye la circulación de un pasquín clandestino durante el gobierno de Gómez, el cual llevaba el nombre de El Imparcial. Aparecía en las casas, en los bares e, incluso, en los escritorios de connotados jefes del régimen gomero. En la publicación se dejaba constancia de que El Imparcial “… es un periódico de intereses generales (sin generales), que habla poco y ‘no se vende’, circula de vez en cuando y su editor responsable es Cristóbal Colón, un náutico titular”. En cuanto a sus características editoriales, se precisaba que “… es un diario moderno, que posee sección de opinión, República por telégrafo, nota del día, comentarios sociales y clasificados económicos”. Como es de suponerse, el periódico era esperado con interés y su contenido se comentaba ampliamente en los limitadísimos centros de opinión de la capital. La policía política del régimen buscaba desesperada el origen de la misma sin poder determinar de dónde provenía, procediendo a investigar a todos aquellos cuya pluma podría haber sido la autora de aquel éxito editorial, que ponía en ridículo a los más connotados representantes del régimen, incluyendo al propio Presidente, al que dedicaron un poema llamado El Bagre, que era una clara burla de la figura del general Gómez, en el que decía:
Dijo el Águila al Bagre: -Compañero,
yo vengo del azul y en mi sendero
he entrevisto la luz del más allá.
¡Yo he visto a Dios colgando de un lucero!
Y dijo el Bagre: -Anjá.
El asunto molestó en extremo a Gómez, quien ordenó el arresto de todos los intelectuales que no se hubieran identificado abiertamente con el régimen, entre los cuales estaba el poeta Andrés Eloy Blanco, que era realmente su Director, aunque la policía lo ignoraba.
Por supuesto, el poeta fue llevado a La Rotunda y luego al castillo Puerto Cabello y la mayoría de los implicados fueron enviados a trabajar en las carreteras que el régimen construía en todo el país, gracias a la eficiencia de José Vicente Rangel, quien fue el que dirigió las obras para construir la carretera andina, llena de sangre de muchos presos de la época. Felizmente, nada es eterno y el 17 de diciembre de 1935, después de 27 años de gobierno omnímodo, el dictador muere en su casa de Maracay, a los 78 años de edad, lo que ameritó que el poeta Aquiles Nazoa le dedicara un verso, en el cual hacía ver la coincidencia de que ese mismo año murieran Gardel y Gómez, el cual dice así:
Fue muy triste el año aquel:
En junio, como se sabe,
en un accidente grave,
se mató Carlos Gardel.
Más no todo es desengaño,
junto a un mal siempre hay un bien:
En diciembre de aquel año
¡se murió Gómez también!
Eleazar López Contreras fue designado Presidente y de inmediato tomó medidas para satisfacer el ansia de libertad que sentía el pueblo de Venezuela, pero la tradición autocrática todavía prevalecía, lo que provocó la masacre del 14 de febrero de 1936. Este hecho salvaje motivó la participación de gente de la cultura, como Miguel Otero Silva, Miguel Acosta Saignes y otros más, que la tarde de ese día acompañaron al pueblo de Caracas hasta el Palacio de Miraflores, en una marcha conducida por Francisco Antonio Rísquez, Rector de la UCV, quien caminó acompañado del estudiante Jóvito Villalba, Presidente de la FEV. El Presidente recibió la comisión designada y Villalba, después de la intervención del Rector, tomó la palabra para expresar lo siguiente:
- Señor Presidente, lo que deseamos de usted es que dirija un Gobierno formado totalmente por gente sacada de las filas de la revolución democrática; con presidentes de Estado que representen las aspiraciones de sus regiones y que hayan luchado contra la tiranía; con exclusión absoluta de los gomecistas del Gabinete; que garanticen las libertades democráticas; la eliminación total de la censura; la restitución de la libertad de expresión; y, finalmente, deseamos que se eliminen los monopolios y todas las manifestaciones de feudalismo que existen en la actualidad en nuestro país.
Como resultado, el Presidente ordenó la prisión y juicio del gobernador, procediendo a remover los presidentes de estado que habían cometido actos contra los derechos humanos, tales como José María García, en Táchira; Vincencio Pérez Soto, en Lara; León Jurado, en Zulia; y también restituyó las garantías, incorporándose a la historiografía nacional como el jefe de Estado que inició el largo camino hacia la democracia que, si bien interrumpido a veces por los imponderables de la historia política, siempre termina en un final feliz de integración y de búsqueda de los valores supremos de una nación que se precie de ser civilizada: la libertad, el respeto a la ley y la garantía de igualdad para los ciudadanos.
Quisiera terminar estas reflexiones sobre historia, política y cultura, recordando el derrocamiento de Rómulo Gallegos, lo que dejó al país en manos del comandante Carlos Delgado Chalbaud, que hasta ese momento había sido el Ministro de la Defensa. Ocurrió que el 25 de noviembre de 1948, un día después del golpe, se produjo la inesperada visita del comandante Pérez Jiménez a la Cárcel Modelo, quien llevaba la misión de verificar si los altos miembros civiles del gobierno se encontraban detenidos. Al terminar el recorrido por los calabozos, le preguntó al teniente que lo escoltaba: “¿Están todos los ministros detenidos?”. Y el oficial subalterno le respondió: “Sí, mi comandante”. Pero entonces se escuchó la voz de Gonzalo Barrios, hasta hace poco Secretario de la Presidencia, quien desde uno de los calabozos le gritó haciéndole la siguiente corrección: “No es verdad, comandante, falta uno”. Y Pérez Jiménez, curioso por saber quién era el ausente, le preguntó: “¿Quién falta?”. Y Barrios le precisó: “Falta el Ministro de la Defensa, comandante”.
Como se puede observar, cultura y política son dos elementos de peligrosa unión en la tradición histórica venezolana.
Señoras y señores, ¡muchas gracias por su atención!
Caracas, 7 de agosto de 2008
