Por Carmen Cristina Wolf

Escribir un par de frases por día es suficiente para mí. Si al leerlas un tiempo después, logran que mi pulso vaya más ligero, entonces siento que mi paso por este mundo está justificado.

Desde que nacemos no hacemos otra cosa que viajar de un aposento a otro, de una calle a otra, de un barrio al otro. Se nos hace tan normal que no llevamos cuenta de los cambios. El que siente afición por el cine, la pintura o la literatura lleva en sus sentidos una amplia agenda de palabras, hechos y ambientes. Algunos son más perspicaces para guardar detalles, como Shakespeare, Cervantes, Víctor Hugo, Virginia Woolf, Edgar Allan Poe o Atanasio Alegre. Al leerlos nos percatamos de que han presenciado las mismas cosas que nosotros, o muy parecidas, la diferencia es que las han mirado desde otra perspectiva.  

La sala del Museo Metropolitano donde están las esculturas de Rodin y Maillol la han convertido en una cafetería. Me siento ante los Prisioneros de Callais, familiarizada con sus personajes, por haberlos visto muchas veces en un libro que escribió Rilke sobre Rodin. Comprendo la fascinación del poeta Rilke por la obra de Rodin. La desolación de los prisioneros es desgarradora. Esta escultura hace pensar en la existencia de tantos hombres y mujeres injustamente privados de su libertad por razones políticas o víctimas de los secuestros. Y pienso, ¿qué puedo hacer para mejorar este estado de cosas?

Bebo una enorme taza de chocolate en una cafetería cercana al Museo de Arte Moderno de Nueva York. Siento que todo está bien en el mundo, al menos ahora. Una buena taza de chocolate o de café puede constituir la diferencia entre la felicidad o la desdicha.

¡Cuántas decisiones torpes o injustas se toman, desde ofender a otro hasta declarar una guerra, por no haber comido un buen plato de frutas o saboreado un hojaldre de manzana antes de emprender batalla contra el mundo. Se evitarían muchos problemas si nos sentáramos en un banco del parque a discutir nuestros desacuerdos, saboreando una barquilla de helado.

Compré un sombrero de pajilla en el barrio chino, el que había soñado tener junto a los paraguas y el impermeable. Al ponérmelo me vi reflejada en la vitrina de la tienda y vi a una mujer de lentes y tipo europeo, con las mejillas sonrojadas. Caí en la cuenta de que era yo misma, desde hace algún tiempo me miro poco al espejo, por eso olvido mi apariencia anglosajona. Pero mi corazón es criollo como el mango y el araguaney.